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Jerónimo Ruiz: "Mi historia no es la de Billy Elliot"

Xavier González

Jerónimo Ruiz: "Mi historia no es la de Billy Elliot"

Núria Navarro

Sigue causando extrañeza que un niño diga que quiere ser bailarín. Jerónimo Ruiz (Gavà, 1997) lo anunció a los 7 años. Perseveró. Y es el Billy adulto–¡uno de 194 centímetros, por cierto!– en el Billy Elliot El Musical del Nuevo Teatro Alcalá de Madrid.

–¿La suya es una historia parecida a la de su personaje?
–No. Yo tengo unos padrazos [él, pediatra; ella, maestra]. Nunca han cuestionado mi decisión.

–¿Cómo le dio por ahí?
–Mis dos hermanas mayores hacían baile como extaescolar y yo, fútbol y básquet, y luego taekwondo y batería. Un día fui con mis padres al teatro a ver el espectáculo de danza de una hermana y aluciné. "Quiero bailar", le dije a mi madre a la salida.

–Menudo flas.
–Me apuntó enseguida. Hice hip hop, y después contemporánea, clásica, flamenco... Y cuando fuimos toda la familia a acompañar a mi hermana a ver cómo eran las pruebas de acceso al Institut del Teatre, ella dijo que no quería entrar y yo di un paso al frente.

–No tenía aún la edad.
–Me preparé. Nos presentamos 120 y cogieron a 20 niñas y 10 niños. Tras graduarme, entré en la compañía IT Dansa: 5.000 horas de baile en tres años, con giras por Francia, Alemania y Bélgica. Hice publicidad, desfilé en el 080, me presenté a unas ocho audiciones y me aceptaron en una ciudad a dos horas de Budapest. Miré por Google Maps y no vi ni un McDonald’s, así que decidí seguir estudiando en el Conservatorio de Danza María de Ávila de Madrid.

–¿Y le salió el musical?
–El año pasado, una amiga me dijo que el Billy adulto se había lesionado y que hacían pruebas. El día antes, iba por la calle mirando el móvil y, con lo alto que soy, me dí contra un toldo de hierro y me abrí la cabeza. Con una grapa y, sin dormir, me presenté. A lo cuatro días debutaba.

–¡Qué vértigo!
–Sentí pánico porque tenía que enganchar al Billy niño a un cable y hacerlo girar como si fuera un helicóptero. Solo lo había podido ensayar dos veces.

–¿Se le ha caído alguno?
–Se me desmayó uno. Entre que había cenado poco, lo fuerte que le di al giro y el humo, vi que empezaba a temblar, blanco, y lo abracé. Nunca me había asustado tanto.

–¿Y el público, qué tal?
–El primer día que estrené estaba Raphael. "¡Si llega a estar mi abuela, se muere!", pensé.

–Meteórico todo, ¿no?
–He tenido mucha suerte. Me ha cambiado la vida. Hago ocho funciones a la semana. Aunque este año lo he pasado mal porque... lo he dejado con mi novia. Ella estaba en Alemania y yo no podía viajar.

–¿Cuántas veces le han preguntado si tenía novía?
¿Si era gay? Sigue habiendo topicazos.

–¿Cómo los combate?
–Bailando. Juzgamos que los hombres no bailan porque nunca los han puesto a bailar. El baile es un deporte mal publicitado.

–¿A sus padres les intrigó su sexualidad?
–A mi padre, no. Y mi madre, como a los 15 años nunca hablaba de chicas, me preguntó si era gay. Le dije que no y no se habló más.

–Total, ni un mal trago...
–Cuando tenía 18 años, mis amigos de bachillerato iban de fiesta y mi vida era danza las 24 horas. Quise tirar la toalla, pero seguí... Solo aguantas las horas y las lesiones –me he luxado el hombro cuatro veces y al final me lo operaron– si hay pasión. 

–Billy Elliot dice que bailar "es algo eléctrico".
–Tienes la piel de gallina todo el rato. Es encontrarte a ti a través de tu cuerpo.

–¿Dónde le encontraremos en unos años?
–Quiero bailar más, hacer coreografías. Me encanta el estilo de vida que lleva Alexander Ekman.

–¿Qué estilo tendría una coreografía sobre su vida?
–Sería una salsa. Soy calmado, pero cuando bailo me transformo.