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Manolita Nevado: "El sufrimiento se me agolpa en la memoria"

Ferran Nadeu

Manolita Nevado: "El sufrimiento se me agolpa en la memoria"

Núria Navarro

Manolita Nevado (Peñarroya, Córdoba, 1922) le llegan los recuerdos de la guerra y la posguerra como olas de un mar oscuro. Una y otra vez. Hasta anegarla. Es difícil comprender cómo ha podido soportar tanta desdicha. Y aun así, los suyos cuentan que es una mujer que irradia luz, que se ilusiona con nada, pura energía. Este es un pequeño homenaje a su valentía y un modesto recordatorio a los nostálgicos del franquismo.

–Mi padre era minero en Peñarroya, hasta que lo despidieron por fumar dentro de la mina. Nos fuimos a un cortijito que teníamos en Hinojosa del Duque, y fue nuestra perdición. Mi madre, que estaba muy enferma de cáncer, murió cuando yo tenía 11 años. Como no había dinero para semillas y a mi padre no le contrataban de bracero, tuvimos que salir a pedir por las calles.

–Llegó la guerra. Y se enamoró a los 15.
–De Martín, un muchacho de Hinojosa del Duque. Mi padre marchó al frente y yo me quedé con la abuela. Franco había dado permiso a la guardia mora para que se lo llevaran todo por delante, y Martín, que iba a llevar a las vacas a otro pueblo, le dijo a mi abuela: "Señora Isidora, ¿por qué no deja que me lleve a Manolita a casa de mis padres?". La pobre, que lo vio honrado, dijo que sí. Me tapó con una capa negra y cruzamos el Guadiana a caballo.

  

–¿La acogieron bien los padres?
–Muy bien. Él les dijo: "No pienso tocarla hasta que acabe la guerra". Al poco lo movilizaron, y combatió en La Chimorra. Luego nos refugiarnos en un cortijillo de Villanueva de Córdoba. Venían las 'pavas' y, tatatatá, ametrallaban a la gente que corría a refugiarse en las zanjas. Vi caer a madres, a hijos... Así, hasta que terminó la guerra.

–No fue el final.
–No. Martín regresó y yo quedé embarazada. Un día que cosía en la puerta, vino la Guardia Civil a por él. "No he hecho nada", dijo. Pero se lo llevaron a la cárcel de Belmez. Nos dieron autorización para casarnos, pero había quien decía que, después de firmar los papeles, los mataban, y no quise. Estando él dentro, en 1940, nació Martín y, aprovechando el cambio de guardia, conseguí que lo conociera. "Nunca pensé yo en tener un hijo tan hermoso", me dijo en un papelito que escondió en un pan.

Reconfortante.
–Pero mientras él estaba confinado, un pez gordo del Ejército de Franco me dijo que lo pondría en libertad si consentía estar con él. Me violó, con mi hijito al lado.

–(...)
–Y un día me dijeron que fuera a Belmez. Me tiraron el petate de Martín desde dentro de la prisión y me dijeron: "Esto es lo que queda de él". Lo echaron en una fosa común y ahora me han contado que han puesto una plaquita con su nombre.

"Mientras Martín estaba en la cárcel, un pez gordo del Ejército franquista me violó, con mi hijito al lado"

–¿No le quedaba familia propia?
–Un hermano pequeño al que encontraron medio muerto en la calle. A mi padre lo habían matado unos meses antes. Y hace poco me he enterado de que mi abuela Isidora, con 97 años, fue condenada a prisión por la denuncia de una vecina. Rondó por cárceles de Córdoba, Málaga y Girona hasta que la soltaron. Tenía 100 años.

–¿Y qué fue de usted?
–Mis suegros me cuidaban bien, pero la novia de mi cuñado tenía ganas de pelea. Me monté con mi bebé de pecho encima de un camión de pescado que iba rumbo a Sevilla. Dejé al niño con familiares de mi marido y me empleé como ama de cría en una casa rica, hasta que me enteré de que no lo alimentaban.

–¿Los familiares?
–Sí. Volví a Pozoblanco, lo puse en manos de mis suegros y me fui a servir a Córdoba.

 –Otra separación.
–Sí. Pero en una feria conocí a Antonio, un señor fino de Granada que me ofreció cuidar de una hija que tenía. Me llevaba 40 años, pero era tan noble y bueno conmigo que entré de criada y quedé de señora. Como había dejado a una familia en Argentina, no nos pudimos casar. Fue el hombre que más he querido. El padre de mi segundo hijo, Pepe, que es canela en rama.

–Escampaba la tormenta. Al fin.
–No. Antonio se había hecho con la chatarra del Ejército y subió como la espuma, pero se centró en mí y en mi hijo –le compró un acordeón y le dio la carrera de música–, y un encargado le procuró la ruina. Tuvimos que venir a Barcelona. Yo me empleé, de noche, en un matadero de pollos de la calle de Tànger. Durante años. Antonio murió. Mi primer hijo, también. El sufrimiento se me agolpa en la memoria.