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J.A.C.C.: "La drogadicción crece a tu lado y si puede, te mata"

Albert Bertran

J.A.C.C.: "La drogadicción crece a tu lado y si puede, te mata"

Es uno de los miembros más veteranos de Narcóticos Anónimos de BCN. El jueves celebra sus 28 años 'limpio'

Núria Navarro

Hace 28 años –concretamente desde el 10 de enero de 1991– que encabeza su lista de propósitos con un imperativo: mantener bien lejos al monstruo de las drogas, que en los 80, solo en su calle –la de la Atlàntida, en la Barceloneta–, mató a seis. J.A.C.C., 65 años, es uno de los miembros más veteranos de Narcóticos Anónimos (NA) de Barcelona, que cuenta con 29 grupos mensuales.

–Éramos tres hermanos y dos murieron de sobredosis. Yo consumí desde los 18 a los 38 años. Quintitos, porros, grifa, chocolate, coca... Y a partir de los 20, me instalé en la heroína.

–¿Es pertinente preguntar el porqué? Parece usted un hombre sólido.
–No me ha conocido atracando gasolineras, ni llevándome el dinero de la comida de mis hijos para meterme.

–No, señor.
–Era tímido y tenía una especie de vacío que llenaba de esa forma. Cuanto más tomaba, más supermán me sentía. Tuve tres sobredosis. Estuve casi sobre el mármol de la morgue. Probé –sin éxito– muchos programas de rehabilitación, y entré en Narcóticos Anónimos tras un ultimátum de mi familia. Yo estaba casado –con una adicta– y tenía tres hijos, los dos primeros nacidos en EEUU. Cuando el menor tenía un año, no sé, sentí que no podía verme como me habían visto los otros dos.

–¿Recuerda el día que entró en NA?
–Llegué en un estado deplorable. Yo me veía como un degenerado, alguien sin derecho a nada, y lo primero que aprendí en NA es que tenía una enfermedad crónica, progresiva y mortal. En seguida me di cuenta del valor terapéutico de un adicto ayudando a otro adicto.

–Nadie le daba lecciones desde un podio.
–Exacto. Solo me daban toques como "sigue viniendo", que es lo único que se me quedó de la primera reunión. Venía de un mundo en que cuanto más hijo de puta era, más arriba subía. Y aquí me daban abrazos, me dedicaban palabras balsámicas, me decían: "¡Date un oportunidad, te la mereces!".

–¿Se sentía... protegido?
–Me decían: "Te vamos a querer mientras no sepas quererte". Es un proceso largo, en el que vas adquiriendo principios. Yo era estibador del Port y de tener una gran carpeta de expedientes, ocho años después de entrar en NA –donde sigues tres grandes principios: honestidad, receptividad y buena voluntad– notaron el cambio y me propusieron formar parte de un equipo de atención a la juventud que tenía problemas con la droga.

  

–En NA hablan de los '12 pasos'.
–Son la clave para ir adquiriendo nuevos principios. El primero es aceptar tu enfermedad, impotencia e ingobernabilidad. El segundo, saber que hay un poder superior a ti que te quiere y te cuida... Para mí, ese poder superior está en la mirada de un niño, en una puesta de sol, en todo lo que me hace entrar en el sano juicio. Luego, hay que reconocer los defectos de carácter, hacer un detallado inventario moral de uno mismo y una lista de personas a las que hiciste daño, y estar dispuesto a enmendar.

–¿Ha pedido perdón?
–A muchos. Unos lo aceptaron y otros, no.

–¿Cuánto se tarda en olvidar la droga?
–La enfermedad va creciendo a tu lado y en el momento en que te descuidas, te pone contra las cuerdas y si puede matarte, lo hace. Es la más democrática que existe, pilla al de la calle y al del palacio. No respeta nada. Cuando pasas situaciones difíciles, se encarga de estar presente. Como consecuencia de mi pasado, estas Navidades he tenido conflictos familiares que no me lo ponen fácil.

–Son las fechas más emocionales.
–Sigo necesitando de los pasos. Del grupo. Del padrino. Pero soy consciente de que ya no jodo y que solo quiero amor, tranquilidad y calidad de vida. Aunque siempre llevo encima un directorio de NA. Viaje a Tel Aviv, Manchester o París. Va adonde yo vaya.