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GENTE CORRIENTE

Toni Bofill: «La Navidad nos vende ilusiones que no existen»

Pasó de dibujar planos de chalets para ingleses ricos en la Costa Brava a restaurar cerámica y hablar de ella a la gente

Carme Escales

Toni Bofill: «La Navidad nos vende ilusiones que no existen»

Joan Castro ICONNA

Pocas horas después de realizar esta entrevista –el pasado sábado– entre las paredes de la antigua fábrica que hoy acoge el Terracotta Museu de La Bisbal d’Empordà, Toni Bofill (Palafrugell, 1963) volaba a Bangkok. Allí se tenía que encontrar con Philip, un amigo australiano con el que elegirá destino al azar y compartirá un viaje. Esta vez durante tres semanas. Cuando Bofill regrese a su trabajo, en el museo donde alterna su tiempo  entre la recepción y guía de visitantes y la restauración de cerámica, las fiestas habrán acabado. Lejos quedan ya las Navidades en las que el tió les cagaba a él y a sus hermanos figuras de yeso y pinturas para decorarlas.

–Las figuras se rompen, como la Navidad.
–Creo que la tradición ya está quebrada. Yo he tenido pareja con hijos, y por un niño o una niña haces lo que sea para que lo pasen bien. Pero en los últimos años la Navidad es consumir lo innecesario, bombardeo publicitario, ilusiones que en realidad no existen. Yo vuelvo de viaje y escucho siempre: «Menos mal que se ha acabado».

–Además de los niños, los mayores también defienden la unión familiar en Navidad.
–Yo tuve suerte. Mi madre estaba enferma y me decía: «Ya me encuentro mejor. ¿Tienes ya tu visado? Ve a ver mundo, cuando vuelvas ya lo celebraremos, no te preocupes». 

–¿La disfrutó alguna vez la Navidad?
–De niño, cuando mi padre nos hacía las figuras del pesebre, pequeños demonios con su horca en una cueva y una olla con fuego debajo en la que metíamos personajes. Más tarde las hacíamos nosotros también.

–La arcilla de la zona ha dado a la cerámica ampurdanesa un sello propio, ceràmica de La Bisbal. Y a usted un trabajo.
–Sí, y es uno de los mejores trabajos de mi vida. Me ha permitido recuperar el francés y poder poner en práctica el inglés durante todo el año. Estoy en contacto con la gente y restauro piezas. Yo crecí rodeado de cerámica, mi padre hacía el mantenimiento en una fábrica de corcho, pero desde joven siempre había trabajado la arcilla. Hoy tiene 86 años y todavía me resuelve dudas.

–El trabajo del restaurador es transparente, pasa desapercibido.
–Está poco valorado, sí. En cambio, yo cuando restauro siento que por un rato soy escultor y pintor. La restauración es medio arte, medio técnica, como todo arte en sí.

–¿Se puede vivir solo de restaurar?
–Yo, antes de entrar en el Terracotta Museu, me pasé seis o siete años buscando un trabajo digno en esto. Pero no lo encontré. Por eso ahora poder compaginar la recepción de visitantes del museo con la restauración los ratos en los que no hay nadie me satisface muchísimo. Aprovecho también para fotografiar las obras y el museo por fuera y por dentro con diferentes luces del día. La fotografía es otra de mis pasiones.

–¿Qué es lo que más disfruta explicando a los visitantes del museo? 
–El funcionamiento de los hornos de llama invertida para cocer las piezas. Eran los que tenía la fábrica que ocupó antes el espacio. Hay un panel donde se explica, pero cuando entramos dentro del horno y cuento cómo se reparte el humo que sale por debajo y es aspirado por la chimenea para aprovechar así todo el calor les encanta, y a mí también. Ha venido gente que trabajó con ellos y entonces soy yo quien escucha.

–¿La tradición ceramista promete?
–Pese a la complejidad del momento, hay jóvenes ceramistas con base tradicional que están renovando este arte. Considero que La Bisbal, a partir del museo, en el que tenemos escuela de cerámica (www.terracottamuseu.cat), podría en unos años volver a hacer resonar su nombre y tradición ceramista a nivel internacional. La crisis ahora es económica, energética, nos timan con el precio de la energía, pero también es crisis no saber valorar la energía del artista.

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