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GENTE CORRIENTE

«Un libro también sirve como objeto de unión»

Bibliotecaria de mujeres de Brians 1. Montse Pérez se desvive, pese a no tener presupuesto, por llevar libros hasta el último rincón de la cárcel

Gemma Tramullas

«Un libro también sirve como objeto de unión»

NURIA PUENTES

Casi todo en la biblioteca del módulo de mujeres U de la prisión de Brians 1 es reciclado o fruto de donaciones: ordenadores, libros, revistas... Incluso las bonitas sillas azules proceden del desmontaje de una instalación artística. Fue la inquieta Montse Pérez, bibliotecaria de mujeres desde hace 10 años, quien se las pidió al artista, las cargó en una furgoneta y las trajo aquí. Con cero presupuesto, ha logrado que este pequeño espacio se parezca a una biblioteca pública, con sus clubs de lectura, sus presentaciones de libros y una media de 150 préstamos al mes [contacto: jusbiblbr1.dj@gencat.cat].

–¿Cuando estudiaba la carrera se imaginaba trabajando en una cárcel? Nunca. Algunos compañeros hicieron prácticas en prisiones, pero yo ni me lo planteé. Me presenté a la plaza de bibliotecaria en Brians 1 porque me quedaba cerca de casa. Pero la practicidad la pagué cara.

–¿Por qué? Si nunca has pisado una prisión y no tienes ninguna formación, la entrada es durísima. En un módulo la estructura es muy jerárquica y las normas son muy rígidas. A veces vives situaciones provocadas por compañeros, por internas o por el entorno que en mi caso se manifestaron en una crisis de ansiedad. Las bibliotecas de centros penitenciarios son las trincheras y nadie las tiene en cuenta.

–¿Qué es lo que más se lee? Hay mucha mujer aquí por narcotráfico y La Reina del Sur [una novela de Pérez Reverte sobre una mujer relacionada con el tráfico de drogas] es un éxito. También gusta mucho la novela histórica, los libros sobre interpretación de sueños –en la cárcel se sueña mucho–, obras religiosas, códigos legislativos y revistas.

–¿Qué ha aportado usted a la biblioteca? Creo que dinamismo. Tenemos presupuesto cero, pero hago muchas cosas y por eso me desgasto tanto.
 
–¿No hay ni un duro para libros? Ni uno. Funcionamos con donativos. La editorial Penguin Random House nos dona muchos libros, pero se publican muchas otras cosas interesantes y por eso soy tan pedigüeña. Llamo a las editoriales, a los autores y recorro las bibliotecas de los alrededores. Le pongo mucho morro porque es para nuestra biblioteca. 

–¿Suelen reaccionar bien los autores? Sí. Care Santos, por ejemplo. Me puse en contacto con ella sin conocerla y ahora es amiga de la biblioteca. Intenta venir una vez al año y nos regala libros. También invito a autores que escriban sobre vivencias propias y retos personales porque pienso que pueden ayudar a las mujeres.

–Usted se encarga de que los libros lleguen  hasta el útimo rincón de la cárcel. Si alguien no tiene libro es porque no quiere. Los martes por la mañana voy al Departament Especial [donde las internas viven aisladas 21 horas al día] y hago un taller de lectura con el libro Yo (Alba Editorial), que a través de unas preguntas les anima a escribir sobre sus vidas. Por las tardes les llevo los préstamos celda por celda. 

–¿Qué ha aprendido sobre su trabajo? Estar aislado de la sociedad no quiere decir estar aislado de la información y para mí es importante ofrecer este acceso. De hecho, yo abriría internet –con filtros, para evitar un mal uso– para que los internos accedieran al conocimiento de forma libre.

–¿Y a nivel humano? ¿Qué ha aprendido? Que el libro también sirve como objeto de unión. Hago un taller de lectura con enfermas psiquiátricas y esto te conecta mucho con el sufrimiento. Cuando alguien viene a pedirte un libro en préstamo hay que saber leer entre líneas, porque a lo mejor lo que necesita es hablar. Es bonito llegar por las mañanas y sentirte bienvenida. Si he sobrevivido es porque aquí me siento útil.

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