Acceso a la universidad

"He sacado un 13,8 en la selectividad gracias a mi buena memoria"

Pablo Mariano ha rozado la perfección en las PAAU, pero asegura que se ha beneficiado de un sistema educativo que no valora "otro tipo de inteligencias" al margen de la retención de contenidos

Pablo Mariano, cerca de su casa, en el distrito de Sant Martí de Barcelona, este viernes

Pablo Mariano, cerca de su casa, en el distrito de Sant Martí de Barcelona, este viernes / Ferran Nadeu

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Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

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Cada año la misma historia, el reportaje con los chicos y chicas que han sacado las mejoras notas en la selectividad. Pablo Mariano es uno de ellos, pero no cree que ese número, en su caso es un 13,8 sobre 14, le defina como persona, como estudiante o como futuro profesional. Huye del tópico. Y lo hace convencido. "Lo único que demuestra es que tengo más memoria que el resto". Con su afirmación, en la que hay que añadir un expediente impecable y mucho esfuerzo, este joven de Poblenou (Barcelona) de 17 años tumba todo el sistema educativo contemporáneo.

Quiere estudiar Biología Ambiental y obviamente entra sin despeinarse. Empieza a finales de septiembre, así que tienen por delante tres meses de merecido asueto. Acaba de llegar a Menorca y en nada se marcha con amigos a un camping de Blanes. Entre un plan y otro, atiende a este diario, con la petición de que no se le reconozca en la foto porque no tiene la sensación de haber hecho nada excepcional.

Pruebas de selectividad el pasado 8 de junio en el campus de la Ciutadella de la UPF

/ Ferran Nadeu

Hizo la primaria en la escuela Arenal de Llevant y la secundaria y bachillerato, en el Institut Front Marítim. Siempre en el barrio, cerca de casa y rodeado de amigos y amigas de toda la vida que, proclama, "son mejores que yo en un montón de cosas". Le inquieta el encasillamiento, porque insiste en que sus buenas notas "se deben a la capacidad de retener información en un sistema educativo basado en la memoria". No tiene sentido, proclama, que cuando eres pequeño te enseñen a trabajar en equipo y a realizar proyectos cuando luego terminas la educación "con una carrera de fondo de dos años en la que se trata de sacar mejor nota que el que tienes sentado al lado". Está convencido de que su gente le supera en otro tipo de inteligencias que académicamente no tienen valor pero que el día de mañana serán fundamentales. Tras esa humildad se esconde un enorme respeto hacia lo que está por venir. Porque siempre ha querido dedicarse a la naturaleza, vivirla de cerca, sobre todo en África, continente en el que algún día espera poder trabajar.

Sin método

No preparó las pruebas de acceso a la universidad de manera metódica. "Dediqué más tiempo a las asignaturas que sabía que llevaba peor, pero no tenía organizado el día a día, hora a hora". Siempre ha sacado buenas notas, así que se conoce bien. Sabe, por ejemplo, que las lenguas se le atragantan más que las Matemáticas o la Física. Catalán, Castellano e Inglés son de hecho las culpables de que no haya alcanzado por un suspiro el 14, símbolo de la perfección académica. No le preocupa lo más mínimo. Está satisfecho por la nota, pero más lo está por haberlo conseguido el año "en el que más confianza en mi mismo me ha faltado". Por una cuestión de presión y expectativas, de ser demasiado exigente con uno mismo. Y además, en el año de la pandemia, con la dificultad añadida de las restricciones o las clases a distancia. "Todo esto nos ha preparado para el futuro, nos ha servido para comprobar cómo reaccionamos en situaciones complicadas. Creo que iré a la' uni' con más seguridad", concluye.

"Por presión y expectativas, este ha sido el año en el que más confianza en mi mismo me ha faltado"

Sobre el papel de los jóvenes durante el año del covid, Pablo lamenta que constantemente se les haya señalado como causantes de las oleadas del virus. "Por la noche estamos en la playa y eso indigna a la gente, pero a nadie le llama la atención que por la mañana esa misma playa esté repleta de familias sin mascarilla. O que los bares y restaurantes estén llenos de personas adultas pero no de jóvenes". Todo esto le parece "injusto". "Como si fuera necesario culpar a alguien y nos ha tocado a nosotros. Puro morbo". Le sabe mal, además, porque algunos amigos suyos lo han pasado mal, porque a la presión por alcanzar una nota que determina el resto de tu vida se ha unido el coronavirus y todas sus incertidumbres y traiciones.

Trimestre fantasma

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Una cosa buena sí tuvo la pandemia. Cuenta Pablo que el tercer trimestre del curso anterior fue un espejismo. Solían bromear con que las vacaciones habían empezado a mediados de marzo desde el momento en que empezó el confinamiento y desde el Govern se dijo que en la recta final del curso no se bajaría la nota. Él, sin embargo, vio la oportunidad de tomar la senda contraria: la de mejorar su expediente a base de dar un poco más de lo esperado. Y lo logró. De todas maneras, esos tres meses sin clase han acabado pasando factura, pues muchos de los conocimientos que debían tener asimilados en junio quedaron aplazados para el siguiente curso, lo que ha obligado a comprimir el año educativo para que de cara a la impenitente selectividad no quedara nada en el tintero.

Sobre el futuro, Pablo es un chico con las cosas muy claras. No solo porque sabe que quiere dedicarse a los animales de la sabana africana. También porque cree que todo lo que consiga será gracias a su esfuerzo. "La situación laboral es un asco, y es legítimo ser pesimista. Pero esa es una realidad que debe ayudarnos a estar más alerta. Lo que yo creo, porque así me han educado, es que si te formas bien, eres espabilado y, aunque suene duro, tienes los contactes adecuados, acabas tirando adelante. Te tienes que buscar la vida porque nadie te va a regalar nada, y si te lo regalan, cuidado...".