05 ago 2020

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PRUEBAS DE ACCESO A LA UNIVERSIDAD

El muro burocrático de la selectividad

La familia de una joven catalana que debía examinarse ha pasado semanas de desinformación y nervios

Los alumnos que acrediten una enfermedad pueden presentarse en septiembre con las mismas garantías

Carlos Márquez Daniel

Anna juega con la arena de la playa de Vilassar de Mar, la mañana del martes. 

Anna juega con la arena de la playa de Vilassar de Mar, la mañana del martes.  / SERGI CONESA

Tendría 13 o 14 años cuando lo vio claro. Con esa edad, lo normal es que te deslumbre una canción, una película, un chico o una chica. Las cosas de la adolescencia. Anna, en cambio, quedó prendada por la física cuántica, la ciencia que estudia las características, comportamiento e interacciones de partículas a nivel atómico o subatómico (visto en internet...). Esta joven del Maresme, de 17 años, tuvo claro que esa sería su profesión. Estudió y estudió y estudió, y acaba de cerrar el bachillerato con matrícula de honor. Todo a punto para el último obstáculo: la selectividad. Pero no podrá ser, porque semanas atrás, Anna, quizás vencida por la presión, colapsó. Y los efectos secundarios de los medicamentos que ha estado tomando apenas le permiten sostener un bolígrafo. Deberá presentarse en septiembre, cuando espera que la nota le cuente como si hiciera la prueba estos días. Así será, presuntamente, pero el proceso no ha sido nada fácil.

La joven activista sueca Greta Thunberg puso en el mapa mediático el síndrome de Asperger, un trastorno del desarrollo que se incluye dentro del espectro autista. En este hogar hace ya tiempo que conviven con esta condición. Anna, a la que hemos cambiado el nombre para no agobiarla más, fue diagnosticada precisamente a los 13 años. “Su percepción de la interacción social es completamente diferente a la del resto de personas. Ella se sentía distinta, y eso limitaba sus relaciones con los demás y no le ayudaba a entender el mundo que la rodea”. Marta habla de Anna, su hija, con mucho más orgullo que inquietud. Y no solo porque sus notas sean para enmarcar, sino porque ha sabido adaptarse a un entorno que en algunos momentos quizás le parecía hostil. Ha jugado un papel fundamental la familia, con mención especial para su hermano, de 15 años, uno de sus mejores amigos y, posiblemente, la persona que más y mejor la entiende. También la escuela concertada de Mataró en la que estudia ha sido de gran ayuda. Todo, en definitiva, parecía encarrilado para que Anna, con la mochila del Asperger, y como debe ser, pudiera iniciar los estudios superiores y cumplir su sueño de dejar huella en la física cuántica.

Anna, con los libros de texto para preparar la selectividad / sergi conesa

Empezada la cuarentena, a mediados de marzo, empezaron a notar que a Anna le costaba dormir. Hasta el punto de que en 15 días apenas durmió 10 horas. Agotada y superada por la situación, acabó colapsando. Se asustaron y, como es obvio, fueron al hospital. Era finales de abril. Estuvo ingresada durante tres semanas y regresó a casa con una medicación que ha afectado a su capacidad cognitiva y motora. “Hemos descubierto que las personas con un trastorno del espectro autista son más vulnerables, no solo al estrés, sino también a según qué tratamientos”. No podía escribir porque las manos le temblaban, y tampoco era capaz de retener la información. Ahora ya le han retirado casi todas las pastillas y puede empezar a concentrarse, pero ni mucho menos está preparada para afrontar las pruebas de acceso a la universidad (PAU). Ella aspira a entrar en Ciencias Físicas en la UAB, donde solo hay 70 plazas y se pide una nota altísima. En circunstancias normales, pan comido para Anna.

"Eso que pide es muy raro"

Marta empezó a buscar información sobre la posibilidad de aplazar la convocatoria a septiembre sin perder la opción de entrar en la Autònoma. Llamó al servicio local de organización de las PAU de Mataró, pero ahí no sabían nada. Le dijeron que llamara a la central de Barcelona; misma respuesta, ni idea. Tampoco en la escuela les sonaba esa opción de saltar de junio a septiembre. Finalmente, pidió hora en la secretaria de Universitats, donde se presentó el pasado lunes. La persona que la atendió no fue de gran ayuda. “Me dijeron que eso que pedía es muy raro. Fueron muy amables, pero no sabían de qué les estaba hablando”. Llenó la solicitud, que previamente, sin obtener respuesta, había enviado por correo electrónico, y volvió para casa. “Hemos ido dando palos de ciego, no entiendo cómo no se tienen más en cuenta este tipo de situaciones”, lamenta la madre.

"Hemos ido dando palos de ciego, no entiendo cómo no se tienen más en cuenta estas situaciones"

Sí las tienen en cuenta. Lo que ha fallado, seguramente, es el flujo de información, precisamente en el año en el que más gente, por culpa de la pandemia, habrá necesitado de este servicio. Un portavoz del Departament d’Empresa i Coneixement, del que dependen las universidades, explica que los alumnos en esta situación “deben tener una acreditación médica emitida por el seguro social (su CAP de referencia) conforme no puede asistir a las pruebas”. “Este certificado -prosigue- debe entregarse al vocal del centro de su secundaria que a su vez debe transmitirlo al coordinador de la PAU que tenga asignado”. A partir de ese momento, la comisión organizadora de la selectividad evalúa el caso para valorar la excepcionalidad del mismo. Si cumple los requisitos, puede presentarse en septiembre con idénticos derechos que si lo hubiera hecho en estos cuatro días de julio.

Parece lógico. Quizás no lo sea tanto el mal rato, la desinformación. Mientras los hechos se suceden, Anna sigue centrada en recuperarse, aunque le está costando gestionar el hecho de estar en casa durante los días en los que debía poner la guinda a un historial académico de película. Todo llegará, la física cuántica puede esperar.