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LAS CONDICIONES LABORALES

Precariedad con corbata

Un informe revela que la vulnerabilidad en el empleo trasciende a todas las categorías

VÍCTOR VARGAS / BARCELONA

El alto nivel educativo continúa siendo una de los avales más fiables para obtener un trabajo de elevada calificación en España. Pero, a diferencia de lo que sucedía tradicionalmente, ya no puede garantizar que el desempeño de la tarea se desarrolle en un entorno exento de situaciones de precariedad laboral. La vulnerabilidad en el empleo trasciende ya los puestos peor cualificados y se está erigiendo en un fenómeno transversal que afecta a profesionales de toda condición.

Esa es una de las principales conclusiones del proyecto Sophie, que determina de qué manera las políticas sociales afectan a la salud. Carme Borrell, coordinadora de la iniciativa y miembro de la Agència de Salut Pública de Barcelona, y Joan Benach, responsable del grupo de investigación en desigualdades en la salud de la UPF, presentaron los resultados del informe centrados en el mercado laboral. Pero, ¿qué se entiende por precariedad laboral? Benach esbozó un escenario en el que confluyen «contratos temporales, incapacidad para decidir sobre las condiciones del trabajo, la indefensión ante situaciones de abuso, el bajo nivel salarial y la imposibilidad del empleado de ejercer sus derechos».

El estudio, desarrollado entre el 2011 y el 2015, revela una prevalencia de la precariedad en el empleo del 48% en España y la sitúa en el 42,6% en Catalunya en el 2010 -últimos datos oficiales disponibles-, con una incidencia mayor entre las mujeres (51,4%) que entre los hombres  (34,1%). El del sexo no es el único parámetro que condiciona las desigualdades laborales que acaban repercutiendo en la salud, recordó Benach, que enumeró el origen geográfico, la edad y el estrato social. El 25% de los trabajadores españoles cree que puede perder su empleo en los próximos 6 meses, muy alejada del 10% en los países que lideran la clasificación: Luxemburgo, Noruega y Dinamarca.

EFECTOS EN LA SALUD

El informe sostiene que la percepción de vulnerabilidad laboral tiene un impacto negativo en la salud, y destaca que el 20% de los empleados de entre 45 y 49 años de aquellos identificados como de cartera -alta educación, elevada calificación y flexibilidad laboral- considera que su estado de salud es malo. Para entender la extensión del fenómeno, basta con comprobar que la cifra coincide en la misma franja de edad entre los empleos considerados estándar: puesto estable, oportunidad de formación y presencia de representantes de los trabajadores.

Más previsibles en el guión son las cifras de los trabajos de precariedad no sostenible -mayoría de mujeres, bajo nivel educativo, jornada parcial, bajos ingresos-, que se sitúa en el 32%, y los empleos instrumentales -oficinistas, operarios de servicios y de la industria con un puesto estable -, que ronda el 40%. El peor resultado se lo llevan los puestos de precariedad intensiva (obreros, agricultores) y trabajos de elevada intensidad, con casi la mitad de los casos en los que las circunstancias adversas derivan en un diagnóstico de mal estado de salud.