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el personaje de la semana

Hervé Falciani, el terror de los evasores

El nuevo goteo de nombres de propietarios de cuentas opacas en la filial del HSBC en Ginebra incluidas en su lista y su anuncio de colaborar con Podemos le han vuelto a poner bajo los focos

Pero sigue llevando una vida de fugitivo y nadie más que él sabe qué le impulsó a encabezar la mayor filtración de datos bancarios de la historia

NÚRIA NAVARRO

No hay consenso sobre Hervé Falciani. O es un ladrón o es un símbolo total de la lucha contra la corrupción. «Si algo sé es que no tengo la posibilidad de ser un cobarde», ataja él con el mismo aplomo con el que en el 2007 descargó y se apropió de la base de datos de la filial del HSBC en Ginebra en la que trabajaba como informático. Lo cierto es que después de aquella maniobra, 130.000 propietarios de cuentas opacas de 200 países (2.600 relacionados con España) han dormido infinitamente peor, o han corrido a regularizar su situación -el difunto Emilio Botín pagó 200 millones a Hacienda-, o han desfilado por los telediarios, como ha ocurrido esta semana con Fernando Alonso, el exvicepresidente del Barça Alfons Godall o las pías monjitas de San José de Gerona que resulta que tenían 2,7 millones en Suiza.

A cambio del destape de evasores, servido a la opinión pública en dosis homeopáticas y aquí no precisamente por el ministro Montoro, Falciani vive una vida de prófugo digna de una novela gorda de Ken Follet. Su nivel de protección es superior al de algún ministro, duerme entre Francia, España y Bélgica y sus encuentros con la prensa no se confirman hasta el último minuto. Está, admite, en la mirilla telescópica de clientes inescrupulosos (narcotraficantes y señores de la guerra, entre otros) y de gestores de la banca sin alma. «No me preparo para que mañana me maten -confesó a este diario en un castellano más que aceptable-, solo he integrado esa

posibilidad».

Ahora bien, lo que este monegasco de 43 años se llevará a la tumba son las motivaciones que le impulsaron a arriesgar el pellejo de forma vitalicia. Mientras él explica que le movió «el deber como ciudadano» ante las intolerables prácticas de la gran banca y un «instinto asesino contra los que han atacado nuestros intereses», su presunta examante e inicial compañera de peripecia, la francolibanesa Georgina Mikhael, aseguró a Vanity Fair que Falciani robó los datos para venderlos al mejor postor y con la millonada pagar su divorcio de Simona Calcagno y estrenar una palpitante vida junto a ella.

Momento cumbre

Ya con los datos en el pendrive, el operativo tuvo su momento cumbre en Beirut, donde Falciani adoptó el nombre de Ruben Al-Chidiak y encaminó sus pasos al Banco Audi, filial de HSBC, para mostrarles el percal. Él explica que de ese modo quiso hacer saltar las alarmas en Suiza después de que las autoridades helvéticas se encogieran de hombros ante su denuncia, mientras que la despechada Mikhael asegura que en Líbano sus planes de venta se torcieron y que él cambió de discurso.

La cosa es que fue detenido a finales del 2008, su ordenador confiscado y, aprovechando una debilidad policial, se esfumó. Interpol dictó orden de busca y captura, y él huyó a Francia, donde el fiscal jefe de Niza se quedó encandilado con aquella lista de defraudadores que incluía nombres a investigar tan jugosos como el de Patrice de Maistre, el asesor financiero de Liliane Bettencourt, la patrona de L'Oréal.

Francia le protegería, sí, y compartiría su lista, pero Falciani, que es un tipo listo, prefirió ser cazado en España donde había fiscalía anticorrupción y la posibilidad de extradición parecía de baja intensidad. Así que se embarcó en Sète y se dejó pillar en el puerto de Barcelona. Pasó unos meses en la cárcel de Valdemoro, se presentó en la Audiencia Nacional disfrazado de Christian Bale en La gran estafa americana, y en mayo del 2013 quedó libre.

Libre pero, como decíamos, condenado a la ocultación. Cuenta él que todo este tiempo se ha ido ganando la baguette teletrabajando para el Inria, un instituto público francés de investigación numérica, y que no ha parado de ayudar graciosamente a las fiscalías de España, Alemania y Francia, a partidos como el PS francés, a redes ciudadanas como X Net -participó en la filtración de los correos de Blesa y fue cabeza de lista del Partido X en las europeas-, a las agencias tributarias de Italia, Argentina y la India y hasta a la mismísima CIA. «Hervé es su propia marca», asegura una íntima suya, algo molesta por los titulares sobre su reciente «fichaje» por Podemos. «Él no ficha, es un ente libre», recalca, señalando que su compromiso con Pablo Iglesias se circunscribiría a la redacción de un informe sobre cómo combatir el fraude.

Agazapado e hiperactivo

Y así anda el responsable de la mayor filtración de datos bancarios de la historia. Agazapado, hiperactivo y sin soltar prenda sobre sus interioridades. De su boca nunca hemos oído que estuvo casado siete años con una mujer 10 años mayor que él, Morrisette, ni qué pese a todo el trajín aún continúa la relación con su segunda esposa, volcada en su hija de 10 años afectada de una enfermedad genética. Pero sí han trascendido migajas como que es un lector empedernido del Financial Times, que emplea el patinete como vehículo urbano y que le gusta el fútbol por demás. Algún día un editor le pagará una fortuna por su verdad. H

Hervé Falciani