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diez claves para entender la tasa de moda

Tobin para los de letras

POR ANTONIO BAÑOS

En 1999, en Seattle, se vivió una explosión de lo que ahora llamaríamos indignados. En los años siguientes, el movimiento antiglobalizador consiguió un hueco en la agenda política. Y una de sus reivindicaciones, la tasa Tobin, llegó a ser muy popular. Proponía gravar las transacciones financieras, una iniciativa que reposaba desde los 70 en el sueño de los justos hasta que Ignacio Ramonet y la revista Le Monde Diplomatique la auparon al debate público. En aquellos años en los que la globalización funcionaba como una seda, la tasa Tobin parecía una idea perrofláutica de antisistemas utópicos. Hoy, con el colapso general del sistema, un presidente de derechas, Nicolas Sarkozy, la ha hecho suya y asegura que la piensa aplicar aunque sea en solitario. Estas son las claves de la tasa Tobin.

1 ¿Qué es exactamente la tasa Tobin?

La tasa Tobin sería como una especie de IVA que se aplica a cada movimiento financiero. Cada operación de compraventa estaría gravada con una tasa que podría ir desde el 0,05% que se propone hoy en día, al 0,1% original de James Tobin. Ya en 1936, Keynes sugirió que se debían gravar los movimientos especulativos que habían llevado al mundo al crack de 1929, pero no ha sido hasta la crisis del 2008 que se ha extendido el consenso político para llevarla a cabo. Si tenemos en cuenta los millones de operaciones diarias de este mercado y las inmensas cantidades que se mueven, la aplicación de una tasa podría llegar a constituirse en un ingreso estructural para muchas economías. Sería, además, un arma en manos de los estados para evitar ataques especulativos o excesos en los mercados. ¿Demasiado bonito para ser verdad? Lo bueno de las crisis es que lo que parece imposible se convierte en imprescindible.

2 ¿Quién fue su inventor y quiénes son sus partidarios?

James Tobin fue un economista laureado con el Nobel del ramo en 1981. Norteamericano de pro, sirvió en un destructor durante la segunda guerra mundial, y a su Gobierno durante la Administración Kennedy desde el Consejo de Asesores Económicos, un poderoso organismo que orienta la política económica del presidente. Tobin era un keynesiano que creía que el Estado debía intervenir estimulando la producción y el consumo para evitar recesiones. Cuando, en agosto de 1971, el perverso presidente Nixon se cargó el sistema monetario de tipos fijos que funcionaba desde el final de la guerra, Tobin vio, rápidamente, los problemas de especulación que eso podría acarrear. En 1972, propuso un impuesto para las transacciones de divisas. Su idea no se aplicó y en su día apenas tuvo repercusión. Murió mayor y feliz a los 84 años.

3 ¿Qué estaría gravado y cómo?

Tobin creía que solo se debían tasar los intercambios de divisas. Desde una perspectiva clásica, ahí es donde se encontraban los problemas especulativos que podían afectar a las naciones. Sin embargo, el mercado financiero hoy está tan lleno de productos tóxicos (swaps, CDS, derivados) que los ámbitos de tasación se multiplican. Una de las posibilidades es la llamada tasa Spahn (por el economista Paul Bernd Spahn), que solo se pondría en marcha cuando se detectasen movimientos especulativos peligrosos. Pasado el ataque, se desactivaría. Otra propuesta vino del congresista yanqui Anthony DeFazio, que propuso gravar los productos derivados como operaciones a corto, swaps o CDS que tienen una función exclusivamente especulativa. Pero todas la variaciones tienen en común la idea de que cada movimiento financiero debe ser fiscalizado de algún modo.

4 ¿De cuánto dinero hablamos?

El mercado financiero es el gran negocio del siglo. El tamaño del mercado de derivados en el 2010 fue de unos 600 billones de dólares, 10 veces más que todo el PIB de la Tierra, que sumaba unos 60 billones de dólares. Es decir, que solo con dinero financiero se podría comprar 10 veces todo lo que existe en el planeta. Las transacciones financieras suponen un 75% más que el comercio de cosas reales. Un mercado que sigue creciendo. El Banco Internacional de Pagos revela que el mercado solo de divisas movía el año pasado un volumen más de un 20% superior al del 2007. Es la actividad más rentable del mundo. Sin apenas costes de maquinaria, sin riesgos de distribución ni problemas para encontrar clientes. Por eso la Tobin sería una cantidad significativa de dinero. Depende, claro está, del importe de esa tasa. Se habla de unos tipos de entre el 0,05% o del 0,1%. Pero, en cualquier caso, la horquilla que se maneja está entre los 300.000 y 700.000 millones de euros anuales, o sea entre el 0,6% y el 1% del PIB mundial. Según la Fundación Ideas, en España esa cantidad podría ser de hasta 6.300 millones de euros anuales. Para que nos hagamos una idea, el rescate a Grecia fue de 110.000 millones. Con una tasa Tobin media, se la podría rescatar tres veces cada año. Un lujazo.

5 ¿Cómo recaudarlo en un mercado global y digital?

¿Es una tasa fácil de recaudar o aún más fácil de evitar? Hay disparidad de criterios. Joseph Stiglitz está convencido de que la tecnología de hoy la hace viable mientras que Strauss-Kahn opinaba que, precisamente, la tecnología permite eludirla. Con la Tobin pasa como con los melones, hasta que no se abren no se sabe. El sector financiero opera sin dinero real, son apuntes bancarios y transacciones registradas virtualmente. Los sistemas de pago son diversos, y algunos mercados, opacos. Como los OTC, mercados over the counter constituidos privadamente, sin autoridad central y fuertemente especulativos, que serían difíciles de controlar. El complejísimo entramado informático que constituye la espina dorsal de los mercados tiene algunos cuellos de botella donde la autoridad sí podría establecer su recaudación. Pero a nadie se le escapa la dificultad de controlar unos mercados que podrían desplazarse, de forma virtual e inmediata, a países en los que no se aplicase la tasa para operar desde allí.

6 ¿Crearía más inestabilidad en los mercados? 

La tasa Tobin tiene en realidad dos funciones. La primera, evidentemente, es conseguir dinero de un sector desregulado y en constante expansión que apenas paga impuestos. La otra es evitar que ese mercado y sus arrebatos de locura, perjudiquen a la llamada economía real e incluso la estabilidad de los estados. La Tobin es un arma disuasoria que podría utilizarse para enfriar los ánimos de los mercados cuando estos se lanzan en plan jauría contra una economía con signos de debilidad. Como la crisis de deuda soberana del pasado agosto, por ejemplo. Los gobiernos, aumentando la tasa o ampliando su ámbito, harían menos atractivas las operaciones especulativas, reduciendo de paso la volatilidad de los mercados. Otro efecto que se podría conseguir es que, al bajar la rentabilidad de las operaciones financieras, estas se redujesen. Un mercado financiero más pequeño y más previsible daría tranquilidad a la economía real que podría recibir financiación de aquellos inversores que ya no verían la especulación como un deporte del todo vale que da altísimos beneficios. Se trata no solamente de recaudar, sino de reflexionar sobre un tema mucho más importante como es el de la recuperación del control político, de los ciudadanos, sobre esta especie de Far West que son los mercados financieros.

7 ¿Los mercados la aceptarían o se irían a paraísos fiscales?

Uno de los grandes misterios de nuestra época es el de los mercados. Quienes son, a qué dedican su tiempo libre (si es que tienen) y en qué lugar se enamoraron de nuestra deuda soberana. Y una de las dificultades de la aplicación de la tasa Tobin es precisamente esa, el temor a la reacción de los mimados mercados que ya sabemos que es destructiva e imprevisible. Hay quien cree que lo que favorecería la tasa es la ocultación de capitales, que abandonarían la transparencia y transitarían a través de paraísos fiscales para eludir el impuesto. Piensen que, gracias a potentes ordenadores y a complejos algoritmos, hay muchos inversores que trabajan en el llamado High Frecuency Trading, un sistema que permite dar una orden de compra cada 20 milisegundos, 50.000 órdenes al segundo. Por pequeña que les parezca la tasa, a esas velocidades de operación, la pérdida de rentabilidad es muy importante. Los agoreros hablan de falta de liquidez o de refugio de los capitales en commodities o sea, en materias primas o valores seguros como el oro. Sin embargo, tenemos experiencias parciales de imposición de tasas sobre determinadas actividades financieras como las de Suecia durante los años 80 o en Brasil, desde 1993. Allí se aplicó, de forma informática, un impuesto para transacciones interbancarias. En ninguno de los dos casos ni en otros, ocurrió nada fuera de lo normal.

8 ¿A dónde iría el dinero recaudado?

También aquí hay una gran diversidad de sugerencias. Tenemos un problema conceptual y operativo, ya que se trata de un impuesto sobre una actividad transnacional. Para ser exactos, el mercado financiero (aunque pase por la City y Wall Street) no existe físicamente. Se trata de un espacio continuo donde no hay ni tiempo ni territorio. Pertenece a las redes. Imaginen a un inversor español, que opera a través de una hedge fund británica especulando sobre caucho de Malasia, propiedad de una compañía de las Cayman en una operación desde la bolsa de Hong Kong. El problema estriba tanto en saber sobre qué lugar físico del proceso gravamos, como sobre qué país revierte ese dinero. Algunas oenegés y entidades sociales como Unicef propusieron en el 2010, la llamada tasa Robin Hood (Robin Hood tax). Se trata de una variación de la tasa Tobin que debería ser recaudada por alguna entidad internacional adscrita a Naciones Unidas o por un organismo creado al efecto con supervisión internacional y destinada íntegramente a cooperación para el desarrollo. Tengamos en cuenta que, según el Programa de las Naciones para el Desarrollo, para erradicar el hambre en el mundo se necesitan 50.000 millones de dólares, seis veces menos de lo que se podría recaudar al año poniendo una tasa relativamente baja a los capitales financieros. Debemos tener en cuenta también que, al moderar la especulación sobre, por ejemplo, los precios de los alimentos, el beneficio para los más pobres se redoblaría. Otro ejemplo, la previsión de recaudación española a través de la tasa (6.300 millones anuales) sería el doble de lo que quería ahorrarse el Gobierno con la congelación salarial a funcionarios en el 2011. O sea, que daba para la paga extra y un jamón por barba.

9 ¿Puede un solo país aplicarla o deben hacerlo todos?

Nicolas Sarkozy, gran impulsor de la tasa, tiene la fe del converso. En 1999 sostenía en un debate electoral con el socialista Hollande: «La tasa Tobin es un absurdo porque nosotros la aplicaremos y ningún otro país lo hará». Hoy, según parece, los problemas derivados de su aplicación en un solo país ya no lo son tanto para el pequeño Napoleón: «Mi convicción es que si nosotros no damos ejemplo, no se hará», comentó el mandatario francés esta semana. Lo cierto es que el consenso en la Eurozona para gravar de alguna manera el sector financiero es cada vez más poderoso. En el 2001, la Asamblea Francesa ya aprobó su futura aplicación, El PSOE hará de la tasa Tobin el primer debate de la próxima legislatura. Incluso Merkel ha considerado interesante su aplicación siempre que sea consensuada por toda la Eurozona. Se trata de una medida práctica pero que tiene también una utilidad simbólica de cara a la ciudadanía. Una especie de quid pro quo tras tanta austeridad y recortes, ahora pagarían (un poco) los culpables de la crisis. 
Ya que hablamos de un mercado global y escurridizo, la coordinación entre estados sería fundamental para su éxito. Aunque quizá se esté exagerando ese movimiento de pánico. A muchos operadores de la Eurozona, aceptar la tasa les puede salir más barato que el traslado y generarles un plus de respetabilidad y prestigio que puede ser, también, muy rentable.

10 ¿Cómo ayudaría la tasa a salir de la crisis?

La aplicación de la tasa Tobin sería tanto más eficaz en cuanto se aplicase en un gran número de países, cosa que hoy parece poco probable. Sí parece creíble que la Eurozona la adopte a corto o medio plazo, necesitada de gestos de autoridad frente a los mercados. En ese escenario, la tasa Tobin ayudaría en tres frentes. Primero, el político. Se daría un mensaje claro a los mercados de que la soberanía está tocada pero no hundida y de que la política aún está por encima del mercado global. El segundo aspecto sería el control de las operaciones que generan más volatilidad y peligro. En especial las que afectan a la deuda pública de los Estados en dificultades. Una tasa selectiva podría dar sosiego sobre todo a italianos y españoles, que serían capaces de financiarse mejor evitando así extremar los recortes y las subidas de impuestos. El tercer aspecto es el más evidente: el dinero recaudado. Se calcula que, de aplicarse en la UE, el monto sería de entre 55.000 y 58.000 millones de euros año. Algo más que el PIB de Lituania. En el caso de Europa, ese dinero podría ir tanto al aval de deuda como a financiar rescates o programas de estímulo. Ayudaría, pues, a restablecer la función original del capital financiero que era favorecer la inversión productiva. El dinero financiero es como una nube. Da vueltas al planeta pero sin tocar nunca el terreno, la economía real. La tasa Tobin sería una invocación a la lluvia, una manera de conseguir que ese dinero regase a empresas y particulares.
 
 
 

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