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Yo intenté matar a Hitler

La película '12 minutos para matar a Hitler' recrea la historia real de un atentado fallido para acabar con él en una cervecería de Múnich

Nando Salvà

Adolf Hitler, en la cervecería de Múnich donde tuvo lugar el atentado, minutos antes de la explosión.

Adolf Hitler, en la cervecería de Múnich donde tuvo lugar el atentado, minutos antes de la explosión. / CORDON

El personal de la Bürgerbräukeller no lo podía creer. Adolf Hitler y sus acompañantes, un grupo de veteranos del partido nazi que incluía a Heinrich Himmler, Joseph Goebbels y Reinhard Heydrich, habían pasado más de una hora en la conocida bodega cervecera de Múnich. El Führer había pronunciado un discurso y, mientras escuchaban, Himmler y los demás habían acumulado una gran factura. Sin embargo, después se habían ido a toda prisa, sin pagar.


La camarera encargada de atenderlos,  Maria Strobel, apenas tuvo tiempo de empezar a limpiar el desorden cuando, exactamente a las 21.20, una gran explosión tuvo lugar a un par de metros detrás de ella. Un pilar de piedra se desintegró por el estallido, lo que derrumbó parte del techo. Aunque aturdida, Strobel sobrevivió. Otras ocho personas no fueron tan afortunadas, y 63 más resultaron gravemente heridas. Mientras salían al exterior del recinto, la tarima donde Hitler había estado arengando yacía aplastada por los escombros. El Führer, por su parte, se relajaba en una limusina, camino a la estación de tren.


La bomba explotó la noche del 8 de noviembre de 1939, menos de tres meses después del estallido de la segunda guerra mundial. Rusia seguía siendo un aliado de Alemania, y Estados Unidos estaba aún lejos de implicarse en el conflicto. El artefacto fue obra de un solo hombre, un carpintero. Se llamaba Georg Elser.


La historia de Elser permaneció en los archivos ocultos de la historia alemana durante años, tal vez porque hacía a los alemanes sentirse incómodos en tanto que demostraba que durante el nazismo, pese a la versión oficial, la resistencia sí fue posible.

DEL DIRECTOR DE 'EL HUNDIMIENTO'

Llega a nuestras pantallas '13 minutos para matar a Hitler', que recrea y contextualiza este atentado fallido. Dirige Oliver Hirschbiegel, que ya obtuvo el mayor éxito de su carrera reconstruyendo precisamente los últimos días de Hitler en el búnker de Berlín en la imprescindible 'El hundimiento' (2004), antes de sufrir un batacazo en Hollywood con 'Invasión' (2007), remake de 'La invasión de los ladrones de cuerpos', y de ser universalmente ridiculizado con el biopic 'Diana' (2013), sobre Lady Di. 


Según Hirschbiegel, acontecimientos recientes demuestran que la historia de Elser sigue de alguna forma vigente. “Pensemos en Edward Snowden –sugiere el director alemán–. Fue testigo de lo que le puede suceder a un sistema supuestamente democrático, y le perturbaba tanto que decidió hacer pública una información a pesar de que haciéndolo corría el riesgo de condenarse de por vida. En ese sentido, es heredero de Elser”. 

Nacido en 1903, Elser no era un tipo particularmente inteligente pero sí hábil con las manos: un ebanista experto poco interesado en la política, aunque había votado a los comunistas. Esencialmente, no era más que un miembro típico de la clase obrera alemana, y nada en él sugería que fuera un luchador. Pero detrás de esa fachada se ocultaba alguien que veía que las condiciones de los trabajadores eran peores que nunca, que todo el que se opusiera al régimen era enviado a campos de concentración, y que el país estaba al borde de la guerra. Alguien convencido de que había que corregir el mal camino. De que era necesario matar a Adolf Hitler.

LA OBSESIÓN DE FÜHRER POR SU SEGURIDAD

El Führer era conocido por su obsesión por la seguridad, que le hacía cancelar reuniones o cambiar bruscamente de planes con frecuencia. Tan solo había una cita anual ineludible en el programa del líder nazi: cada noviembre viajaba a Múnich para participar en una conmemoración del llamado Putsch de Múnich, el golpe de estado fallido de 1923 por el que él mismo y otros miembros del Partido Nacionalsocialista habían sido condenados a prisión. Rodeado de cientos de camaradas, pronunciaba el tipo de discurso calculado para enardecer a sus seguidores.


Con esa cita en mente, Elser tomó un tren hacia Múnich en noviembre de 1938 –diez meses antes de que los alemanes invadieran Polonia– y asistió a la celebración, donde realizó anotaciones sobre el diseño de la bodega y se sorprendió al darse cuenta de las laxas medidas de seguridad. Durante el año siguiente, se preparó metódicamente. Obtuvo un empleo mal pagado en una fábrica de armas con el fin de hacerse con explosivos de alta potencia. Un trabajo temporal en una cantera le suministró dinamita y detonadores.   

A pesar de no poseer formación alguna en la fabricación de bombas, comenzó a trabajar en el diseño de un dispositivo de detonación utilizando un indicador de coche y el mecanismo de un reloj. En los meses siguientes, Elser regresaría a Múnich para estudiar la seguridad y medir las dimensiones del pilar central situado tras el podio del orador. También visitó la frontera suiza para diseñar una ruta de escape.

Solo había un cita anual ineludible en el programa del líder nazi: cada noviembre viajaba a Múnich 


Aquel agosto, a medida que Hitler alimentaba la tensión con Polonia y Europa se dirigía a la guerra, Elser se trasladó de nuevo a Múnich y comenzó los preparativos finales para instalar su artefacto. Para ello se convirtió en cliente habitual de la bodega. Cada noche cenaba allí y esperaba la hora del cierre tomando una cerveza. Entonces se escondía en un trastero del que salía después de las 11.30 para dedicarse a ahuecar el pilar. El ruido del martillo sobre la piedra era tan fuerte que únicamente golpeaba cada pocos minutos, haciendo coincidir cada impacto con el paso de un tranvía o el lavado automático de los urinarios. Así actuó durante 35 noches. La investigación del carpintero había revelado que Hitler siempre iniciaba su intervención aproximadamente a las 20.30, hablaba durante unos 90 minutos y luego, durante un rato, se mezclaba con la multitud. Por eso dispuso su bomba para que explotara a las 21.20, en mitad de la diatriba habitual del Führer. La noche antes de la ceremonia, tras hacer una verificación final, activó el temporizador y, a continuación, salió de la ciudad.

UN CAMBIO DE PLANES


Si hubiera prestado más atención a los periódicos, Elser habría sabido que la densa niebla había provocado el cierre del aeropuerto de Múnich ese mismo 8 de noviembre. Hitler tendría que regresar a Berlín en tren y su discurso hubo de adelantarse. Finalmente empezó a hablar a las 20.00, media hora antes de lo previsto. Al concluir, Hitler se disculpó ante todos los acólitos que insistían en que se quedara a hacer el brindis habitual y salió de la cervecería hacia la estación a las 21.07. La bomba de Elser explotó a las 21.20. Erró su objetivo por tan solo 13 minutos. No fue hasta que su tren hacia Berlín se detuvo brevemente en Nuremberg que un Hitler incrédulo se enteró de lo cerca que había estado de la muerte.

Durante los siguientes seis años el mundo sería azotado por un derramamiento de sangre sin precedentes. La segunda guerra mundial fue el conflicto más mortífero de la historia de la humanidad, con un resultado final de entre 50 y 70 millones de víctimas.

Cuando Hitler se enteró de que el hombre que quiso asesinarlo era un humilde carpintero, se negó a creerlo

Elser fue detenido cuando trataba de cruzar la frontera con Suiza. Se le encontraron pruebas incriminatorias, entre ellas apuntes sobre cómo fabricar explosivos y una postal de la cervecería de Múnich. Sus rodillas estaban raspadas a causa de su trabajo en el pilar, y más tarde las camareras lo identificaron como un visitante frecuente, así que no tardó en verse obligado a confesar.

EJECUTADO EN 1945


Cuando Hitler se enteró de que el hombre que quiso asesinarlo era un humilde carpintero, se negó a creerlo. Se veía a sí mismo como un defensor del trabajador corriente. Asumió que Elser debía haber trabajado para los comunistas, o los ingleses, y exigió pruebas para apoyar su teoría. Los métodos de la Gestapo para interrogar a Elser incluyeron barras de metal bajo las uñas de los dedos, arenques muy salados para comer, drogas e hipnosis.


Pero ninguna de esas torturas logró que Elser cambiara su versión. Finalmente, fue enviado al campo de concentración de Dachau y no fue ejecutado hasta 1945, pocos meses antes del fin de la guerra. La tardanza en matarlo generó especulaciones acerca de si podría haber sido un títere nazi usado con el fin de aumentar la popularidad de Hitler.


“Él no era consciente de ello, pero Georg Elser estuvo a punto de erigirse en el gran salvador de la humanidad. Eso basta para considerarlo un héroe”, opina Hirschbiegel, y es difícil discrepar con él. Si Elser hubiera tenido éxito, obviamente la segunda guerra mundial habría ocurrido de otra manera. El Holocausto podría no haber sucedido y es probable que millones de vidas se hubieran salvado. El muro de Berlín nunca habría sido derribado, más que nada porque nunca habría sido construido. Nunca antes y nunca después en la historia de la humanidad, 13 minutos tuvieron un coste tan alto.

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