Los mejores y peores Reyes de Carlos Zanón

Se acaban las fiestas y el escritor cierra la serie en la que cuatro autores (los otros son Mikel Santiago, Care Santos y Rosa Ribas) han rememorado momentos muy íntimos

El escritor Carlos Zanón.

El escritor Carlos Zanón. / ANNA PORTNOY

6
Se lee en minutos

Carlos Zanón nació en Barcelona en 1966. Escritor (o poliescritor). Novelista, poeta, ensayista, letrista de rock and roll. Es uno de los renovadores de la novela negra con obras como 'Yo fui Johnny Thunders', en la que lo social es más importante que lo policial. Su última novela es 'Marley estaba muerto'.

LOS OJOS DE UN INOCENTE

Pasé de creer que ‘Ben-Hur’ era un pasaje de la Biblia a no creer en nada. Pero nunca ha menguado mi entusiasmo por las fiestas navideñas y el día de Reyes.

Tienen casi todo lo que me gusta: no trabajar, comer, beber, verte con familia y amigos, jurar que nunca más te verás con familia y amigos, y los regalos; benditos sean, los regalos. Me encanta darlos y recibirlos.

 veces tengo la sensación de que los regalos que me gustaría recibir u obsequiar están por encima del nivel de familia y amigos que ostento, pero puede que sea solo fatua presunción. Aunque, ¿quién no ha visto un regalo 'hipercool' y llega a la conclusión de que no tiene cabida en ninguna casa de tus allegados y que nadie repara en que te encantaría recibirlo tú? Por fortuna, no creo en el más allá, ni en castigos divinos o sucesos paranormales.

En mi familia no hubo educación religiosa alguna –de hecho, yo no hice la comunión porque la catequesis coincidía con los partidos europeos del Barça–, pero sí adoración por los péplums y las pelis religiosas 'made in Hollywood'. Rezar, he rezado poco. De hecho, no paso de las dos primeras frases y he de buscar el resto en Google.

Una de mis últimas oraciones fue a finales de los 80 y, no, no fue para evitar que no se separaran los Smiths. Aunque no creo en brujas ni males de ojo, tengo probado que cuando me ocurre una desgracia le siguen tres o cuatro en las siguientes 12 horas. Es como si las acumulara y me las endosaran cada cierto número de días que yo desconozco. Como si mi cuerpo fuera un pararrayos. Como si Moisés, ya en el desierto, recordara que me había librado de las siete plagas y me las enviara todas de golpe, a destajo.

Así, en el que fue mi Peor Día de Reyes, la misma tarde me dejó mi novia, me comunicaron que no me renovaban el contrato de trabajo en una librería de libros de Derecho de la que no quiero decir el nombre pero sí que empezaba por 'B' y acababa en 'sch' y en medio había una vocal que no era ni la 'a' ni la 'e' ni la 'i' ni la 'u'. Además, al salir, mi coche, que se hallaba bien aparcado en un chaflán, se había convertido –por culpa de un mamón que se había saltado el semáforo– en uno de esos archivadores acordeón para facturas y recibos.

O sea, 5 de enero: sin chica, sin trabajo, sin coche. En estado de medio 'shock 'decidí acudir a la fiesta que unos amigos hacían en su casa cada noche de Reyes. Allí reinaba la alegría. Tenían árbol de Navidad, alcohol, un pesebre, comida, más alcohol, estrellas brillantes, cigarrillos, los Pogues, desechos humanos, camellos y más alcohol. En esa batidora conseguí euforizarme lo suficiente como para plantar cara al mundo.

Acudí a la fiesta con mi vespa. Hay una foto con el casco puesto, en el interior del cual están mis ojillos de ebria ardilla dopada.

Estoy a punto de marchar para llegar a mi piso, donde nadie me esperaba, donde no tendría regalos de mi chica, donde debería pensar qué haría sin curro y cómo le diría a mi padre lo del coche. Pero debía afrontar todo ello. Así que, desoyendo, ruegos y lamentos de sirenas, orcos y camellos, salí de aquel piso, poseedor de un egomaniaco autocontrol y diciéndome que, en fin, dado que los dioses ya se habían saciado con mi sangre, me dejarían en paz por unos meses.

Que ya ese 6 de enero, sería el principio de mi resurgir. Pero en algo me había equivocado. Miren otra vez la foto. Fíjense en esos ojos dentro del casco. Son los ojos de un inocente.

Son los ojos de alguien que aún no sabe que le han robado la moto. 

DÍA DE GLORIA A CABALLO

Tuve una infancia feliz. Toda mi vida lo ha sido, aunque uno siempre encuentra motivos para estar mal, sentirse triste, melancólico o insaciable. Además, fui un niño bueno, repelentemente bueno, y quizás por eso, aunque continué siendo un adolescente tibiamente bueno, me esforcé en ser un joven extrovertido, compulsivo y tenaz en lo de buscarme problemas, que dio como resultado un adulto inestable e insatisfecho, y por ahí ando, dirigiendo mis pasos hacia el abuelo más gruñón y tocapelotas de la residencia El Deceso. Como era bueno, y mis padres aún más, siempre tuve unos Reyes esplendorosos, con un montón de juguetes esperándome en el comedor.

La noche de Reyes me costaba dormir. Mi hermana y yo poníamos alfombras en el pasillo para, en cuanto nos despertáramos, ir pisando algo que no fuera el casquete polar hasta el lugar donde los Magos habían dejado nuestros regalos. Hubo uno que nunca me trajeron y, pensándolo bien, mira que era fácil de conseguir. Se trataba de un taparrabos de piel de leopardo como el que llevaba Tarzán en las películas de sobremesa.

Largometrajes en los que siempre mataba a un cocodrilo en el río previo chotis, donde a un par de porteadores negros siempre les aplastaba una estampida de ñus y un villano cobarde se ahogaba en arenas movedizas porque la rama que había de salvarle se rompía.

Me chiflaban esas pelis y ahora pienso que a Darwin le hubiera encantado –dado su parecido con Chita– conocer a mi yaya y así ahorrarle un montón de problemas con los creacionistas de su época. Pero volviendo al tema: ni Melchor ni Gaspar ni Baltasar me dejaron nunca el taparrabos. Puestos a elegir, recuerdo un día de Reyes que bien pudo ser el Mejor. Tendría 3 o 4 años y SSMM me regalaron un caballo blanco con crin y todo. Era enorme. Hasta me podía subir sin que tocara el suelo con los pies.

Las pezuñas estaban sobre unas barras metálicas y ruedas, con lo que debí correr lo mío por la terraza, aunque eso no lo recuerdo. También debía ser un caballo fornido porque yo era un niño fuerte, hermoso, sano, o sea, gordo de manual de endocrino.

Por aquella época yo aún no era consciente de ser gordo. Para eso necesitas a niños y niñas que te lo digan y recuerden, por si se te olvida un solo minuto. Tengo fotos de ese día. De hecho, hasta prefiguro un escorzo equino velazquiano. Entre los mofletes se pliega una sonrisa. En la foto se ven, a los pies del jamelgo, más regalos. En el piso de abajo vivían mis abuelos y los Reyes me dejaban allí los más voluminosos.

Noticias relacionadas

Un día pregunté la razón y mi abuela me dijo que era porque los camellos estaban cansados de subir pisos. Con el tiempo, supe que los camellos suben a cualquier casa, o tú vas a la suya, y nunca se cansan. En fin, la verdad era que mi abuela Scrooge subía a medianoche a mi casa y robaba los paquetes más grandes. Oh, la familia, qué hermosa comunión de llagas, amor y secretos. Ese mismo año los Magos me trajeron un 'parking' de tres pisos que en cinco minutos, después de que me sentara sobre él, se convirtió en uno de los primeros aparcamientos subterráneos de Barcelona.

El caballo tuvo ese día y muchos más de gloria. Luego, ya sin ruedas para no dar la murga, solo fue un asiento privilegiado que siguió sosteniéndome a pesar de los kilos suplementarios. Acabó en el garaje detrás del taxi de mi padre. Un día se lo darían a alguien. No lo recuerdo. Lo que no olvido es que aquel caballo blanco nunca se dejó montar por nadie que no fuera yo.