Álex de la Iglesia: "Me gusta cómo huele el papel, incluso comérmelo"

Se considera un neurótico y un 'freak' (que no un friqui, no se confundan) y exprime sus obsesiones y una fina ironía en su segunda novela, 'Recuérdame que te odie'

El cineasta Álex de la Iglesia, que hoy abre el festival de Málaga con ’El bar’.

El cineasta Álex de la Iglesia, que hoy abre el festival de Málaga con ’El bar’. / LUIS RUBIO

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KINO VERDÚ

"Felipe, ¿qué haces? ¿qué pasa?". Un pequeño y magro perro alargado no para de ladrar. ¡Ah!, claro, que se llama Felipe, ¿qué nombre es ese para un perro? Un momento. Por supuesto. Esta es la casa de Álex de la Iglesia (en un céntrico barrio madrileño). Felipe defiende su morada y con sus ladridos avisa al director de cine y escritor (acaba de publicar su segunda novela, 'Recuérdame que te odie', en la editorial Planeta) de que un intruso se ha colado en su espacio, un piso de altos techos que parece una porción del Gran Bazar de Estambul. Cachivaches infinitos, horror al vacío. Su novela es precisamente el principal motivo de la entrevista. Aunque aprovecha para contarnos (Álex, no Felipe), bajo la fulminante mirada de un esqueleto de esos de antigua consulta de médico, que está a punto de estrenar su primera película como productor, 'Musarañas', y que se encuentra escribiendo el guion de otra junto a su inseparable Jorge Gerrikaetxebarría. Del resto (incluido su filme sobre Leo Messi, que se estrenó en Río de Janeiro el pasado 2 de julio, y la boda con su musa, Carolina Bang, el 28 de junio), ni se habla.

La novela es un poco delirante. Un detective que pierde los papeles.

Es un clásico del misterio. Al principio, la idea era reírme un poco del género actual de novela de misterio que se basa en una especie de contubernio histórico extraño con altas dosis de simbología, en el que está implicada la 'Divina Comedia', o el Pentágono, o grandes personajes, libros históricos… En fin, reírme un poco de eso y de que el personaje cree que todo refiere a todo. Todo lo que le rodea son pistas para encontrar, no a un asesino, sino a alguien que ha desaparecido. Me parecía gracioso que formase parte de su neurosis y que, efectivamente, todo estuviera asociado con su crimen, o no, o que fuera su propia neurosis, su propia paranoia la que le hace ver que todo refiere a todo... Que es algo que, por ejemplo, a mí me pasa mucho y creo que, en general, pasa mucho en la sociedad actual: la gente tiene ese punto de vista egocéntrico, de que todo se refiere a uno mismo.

Pero usted no es así.

Yo lo hago porque sí soy así, porque efectivamente sufro eso. Si alguien me dice "buenos días", yo pienso: "¡Ah!, ¿así que ayer fueron malos?". Llegas a ese punto, pero sí soy consciente de eso e intento luchar contra ello, y esta novela es para reírme de mí y de todas las personas que somos neuróticas y vivimos en un mundo de referencias, en una especie de mundo referencial obsesivo.

¿Una especie de terapia medicinal?

Yo creo que el arte... mejor borra esa palabra, perdona, suena fatal. El trabajo creativo tiene mucho de eso, de obsesivo y terapéutico. Hay una implicación moral, estética. Lo que hacemos es un reflejo de nosotros mismos, no lo que intentamos o soñamos. Lo que hacemos no es más que nuestra propia definición. Nos definen nuestros actos.

Juegos de rol, cómics, sangre, cine negro, absurdo, sexo salvaje, ¿aparecen muchas de sus, diríamos, pasiones, obsesiones?

Hombre, me gusta todo lo que excita, y en ese sentido me gusta mucho la acción, que las cosas se muevan, y eso genera historias violentas. Para vivir una vida tranquila, ya está la realidad. Y no solamente tranquila, algunas veces aburrida. Entonces, yo creo que lo bueno de contar una historia es poder vivir cosas increíbles, incluso peligrosas, en un entorno muy cómodo. Te tumbas en tu sofá y estás leyendo las aventuras de Julio Verne, Céline, Henry Miller... Estás viviendo cosas que no te atreverías a vivir, pero las puedes experimentar a través de una historia, de una novela, y creo que ese es el sentido de la creación y de la literatura.

Se paladea cierta animadversión hacia lo digital...

Pues está bastante soslayada, no se nota mucho.

¿No se lleva bien con la ‘nube’?

Que desaparezcan todos los datos de una novela también me ha pasado [perdió 15.000 palabras de la novela]. En ese sentido, reconozco que es una deficiencia mía, sé que debería confiar en la tecnología, en la nube y en los servidores del mundo. Pero me da la sensación de que existe algo físico, que no nos lo oculten, que Google lo tiene todo en unos ordenadores muy grandes escondidos en algún lugar de California. De hecho, he visto un documental en el que se ven kilómetros y kilómetros de ordenadores donde está toda la información, la mía y la de toda la humanidad, metida en unos servidores... No es tan virtual, todo esto tiene un formato físico, lo que pasa es que estamos intentando de una manera desesperada que todo esto se convierta en virtual. ¿Por qué? Para que así, quizá, te sientas más liberado, pero al final terminas dependiendo más de las cosas. A mí no me gusta tener todos los libros en un iPad. Disculpadme, me gusta tenerlos físicamente, por algo orgánic. Porque mi relación con la literatura es también física. Me gusta cómo huele el papel, incluso comerme el papel. De pequeño mordisqueaba los tintines, todos mis tintines tienen un mordisco de niño pequeño dentro, y me gusta el sabor de la celulosa. Es algo neurótico, lo reconozco, pero me gusta tenerlo en mis manos, tocarlo. Y, en ese sentido, el personaje pierde una novela en la nube. En la anterior novela, perdía un portátil en el autobús.

Es verdad, habla de un cómic mordisqueado en el libro...

Me divierte ese tipo de personaje que seguramente forme parte de una tribu de tipos enganchados a una serie de obsesiones paralelas que, de alguna manera, se sincronizan como si fueran una especie de iCloud mental. Hay una serie de películas, de libros, de dibujantes de cómics, de juegos, de estrategias mentales para evitar la realidad que seguimos muchos, y nos damos siempre contra el mismo muro.

¿Cuál es ese muro?

Es encontrar precisamente la necesidad de una Time Machine. El presente nunca va a ser un objetivo ni un destino porque tú, en realidad, lo que estas añorando es algo que has vivido previamente. Es una especie de intento de recuperar la infancia, de la que hablaba Savater con tanto acierto. Fernando siempre es un escritor al que cito porque me parece no solo que es un gran pensador, sino un tipo que ha vivido estas mismas obsesiones y con los mismos autores; a él le gusta Spielberg y disfruta con 'Parque Jurásico' y no tiene miedo de decirlo en un momento en el que nadie habla bien de Spielberg. Ahora todo el mundo habla bien de todo porque hemos superado una serie de crisis intelectuales, y parece que hay una especie de libertad de expresión occidental acerca de cualquier manía. Pero antes no, antes no podías decir en un entorno serio que te gustaba Spielberg y, sin embargo, Savater apostaba por ello con una postura apasinante.

A esas pasiones y obsesiones que tienen muchas personas en común las llaman 'friquis'.

Me gusta mucho la palabra 'freak', la original, la que hace presisamente referencia a la película de Tod Browning, o al tipo raro. No como ahora, que se denomina 'friqui', que es una palabra que desprecio, porque es la manera que tienen de definir los que no entienden esa cultura popular (porque en realidad estamos hablando de 'pulp') a las personas que nos gusta eso, y no tiene nada que ver, es otra cosa. Me gusta el 'weird', el tipo raro que normalmente tiene obsesiones marginales y alternativas, y lee cosas marginales y alternativas, que no son comprendidas por los demás o no son estimadas por una cultura, digamos, establecida o tradicional, y ese el tipo que me cae bien, el 'freak'.

Entonces, ¿es usted un 'freak'?

Me considero una persona preocupada por una serie de autores y por una serie de personajes que me resultan muy, muy enternecedores. Reconozco que me gusta el cine de John Carpenter, eso sí me define: 'Asalto a la comisaria del distrito 13', las dos película de Snake Plissken, 'Golpe en la pequeña China', que es un filme que podríamos denominar como malo [risas], pero me resulta tan atractivo, tan divertido y tan enternecedor que me hace replantearme el concepto de malo: ¿qué es lo bueno y qué es lo malo? Hay mucha gente que, de pronto, dice una frase que para mí es una de las más odiosas que se pueden decir nunca: "Jo, me encantó la película", y luego añade: "Pero era una bobada, para pasar el rato". Y tú dices: "¿Cómo? Perdona, ¿me explicas eso?". ¿Cómo puedes disfrutar de algo y a la vez no considerarlo bueno?

Le aburre la normalidad.

Ahora menos que nunca. Creo que vivir supone una lucha constante contra lo estático, contra sentarte, contra el sofá, contra ver la tele, contra parte de ti mismo. Creo que si me paro, me muero, y hago un verdadero esfuerzo, algunas veces angustioso incluso, para que mi presente esté lleno. Hay 'horror vacui'. Es una manera de descansar curiosa: escribo una novela para descansar de un guion. Es una especie de huida.

Lo que se refleja en la novela, y en usted mismo, es un agudo sentido del humor. ¿La gente se ríe poco?

Se ríe poco y se divierte poco porque tiene miedo. Y ahora, además, creemos que reírnos es pecado. Cuanto peor es la situación, más nos tenemos que reír, porque es un arma. Reírse no es un mecanismo de defensa, es un arma poderosa: si te ríes, inmediatamente desarmas al enemigo. Lo que no soporta un ejército es que no les prestes atención, y ya, si te ríes, generas confusión. 

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