Philip Hoare: tras el punk llegó la calma

Su anterior libro, 'Leviatán', fue en 2009 el mejor ensayo en el Reino Unido, donde es un 'best seller'. Si ahí corría tras las ballenas, ahora abre el foco para atrapar 'El mar interior'

Philip Hoare flota en un mar de cojines en el hotel Casa Fuster, el pasado mes de noviembre.

Philip Hoare flota en un mar de cojines en el hotel Casa Fuster, el pasado mes de noviembre. / JOAN CORTADELLAS

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IMMA MUÑOZ

Philip Hoare está en lo cierto: teniendo en cuenta que un 65% del cuerpo humano es agua, todos llevamos un mar dentro. 'El mar interior', como ha titulado el libro que sigue la estela de 'Leviatán o la ballena' (ambos, en Ático de los Libros), la obra con la que hace cuatro años le descubrimos por estos pagos. Al menos como escritor, porque los muy aficionados a la música, y en especial al punk, puede que conocieran su trayectoria como editor de fanzines, mánager de grupos y diseñador de cubiertas de algunos discos adscritos al movimiento del nihilismo y la cresta. Hoare participó intensamente de esa rabia y ahora, instalado en la madurez, disfruta de la calma.

La encuentra en el mar. Y eso que en él, en ellos, bulle el movimiento. Hoare no para de viajar, en todas direcciones. Hacia dentro y hacia fuera, al pasado y al futuro, entre libros y entre continentes. Y todo queda recogido en 'El mar interior', un libro que, como el aclamado 'Leviatán', es imposible de etiquetar, pues se mueve entre el 'collage' de memorias, la divulgación científica, la historia cultural y el libro de viajes, en el que narra sus desplazamientos desde Southampton, donde nació en 1958, hasta las Azores, Sri Lanka y Nueva Zelanda para nadar junto a ballenas y delfines. En cada una de sus páginas flota una evidente voluntad de denuncia, aunque más poética que panfletaria.

"El mar interior' no es una diatriba política. No pretendo soltar un sermón ecológico: solo estoy tratando de reflejar lo mucho que me maravilla la naturaleza, y de plantear de qué forma podríamos interactuar con ella culturalmente –explica el autor–. Las investigaciones demuestran cada vez más que animales como las aves, los elefantes y las ballenas tienen una cultura propia. ¿Cómo cambia cuando entran en contacto con la nuestra? Un científico, Hal Whitehead, incluso sugiere que los cachalotes, el animal con el mayor cerebro que ha existido nunca, han desarrollado tal conciencia de su propio ser que hasta podrían tener un sentido de la religión".

Algo que los acercaría todavía más a los humanos –Hoare presencia (y describe milimétricamente) la autopsia de una marsopa, el más pequeño de los cetáceos, y se sorprende de lo mucho que tiene en común su anatomía con la del hombre– y que haría más duro y más reprobable si cabe el comportamiento de nuestra especie con la suya. "La ballena representa la más extrema colisión de la historia humana y la natural. Históricamente, ha sido víctima de nuestro saqueo a una escala industrial, hasta el punto de que, y eso lo he vivido yo, estuvo muy cerca de la extinción. Sin embargo, ahora, en el breve espacio de una generación, se ha reinventado como un símbolo frente a la amenaza ambiental. 'Salvemos las ballenas' ha sido el primer triunfo de la ecología", proclama.

La huella del hombre

Un triunfo relativo. Como el progreso de la humanidad. Porque 'El mar interior' habla de mares, y de cetáceos, y de animales casi mitológicos como el tigre de Tasmania y el moa, sí, pero sobre todo habla de los hombres y de la huella de su paso por la Tierra, que transita entre la grandeza y la abyección. El libro de Hoare está plagado de personajes sorprendentes, capaces de lo mejor y lo peor, que deberían figurar en los libros de historia porque, aunque no nos sirvan para entender la geopolítica actual, sí nos hablan de lo más profundo de nosotros. Como Valentina Yakovlevna Orlikova, una soviética que se avanzó a su tiempo capitaneando todo un ballenero, en los años cuarenta del siglo pasado... para acabar con la vida de 185.778 cetáceos.

O como John Hunter, un famoso cirujano escocés del siglo XVIII que, en su ansia de avanzar en el conocimiento animal (enmendó la plana al propio Carl von Linné al descubrir la condición mamífera de las ballenas, clasificadas hasta entonces como peces), torturó a muchos de ellos encerrándolos en un zoo que fascinaba a sus coetáneos y sometiéndolos a pruebas. Hunter murió en 1793, pero la colección en la que exhibía sus hallazgos siguió creciendo: en 1811 se creó en Londres el museo Hunterian, y fue ampliado en 1855. En 1941, un bombardeo alemán acabó con tres cuartas partes de la colección. La casa de campo que había acogido su particular zoo y sus experimentos se reconvirtió en asilo psiquiátrico privado para damas, y acabó siendo demolido a finales del siglo XIX. Metáfora en bandeja.

"¿Y las salvamos, después de todo? –continúa Hoare–. Japón, Noruega e Islandia siguen cazando ballenas. Miles de cetáceos, si no millones, mueren como resultado de la contaminación antropogénica, química y auditiva, se ven afectados por los buques o se ahogan en las redes de pesca. Nuestra proclamada actitud hacia las ballenas contrasta fuertemente con lo que todavía les estamos haciendo. Si las ballenas pudieran hablarnos, no creo que nos gustara escuchar lo que nos iban a decir".

Viajar para reinventarse

La conexión de Hoare con los cetáceos no alcanza todavía para descifrar ese mensaje, aunque se ha bañado con cachalotes en las Azores y ha compartido vibraciones con dos centenares de delfines Fitzroy en el Pacífico, en cuyo nado se interpuso: los animales pasaron raudos sobre su cabeza, bajo sus pies, junto a sus brazos, rozándole las piernas, en una caricia colectiva energizante y hasta erótica, según su descripción. Experiencias como esa bien justifican pasarse buena parte del año dando vueltas por el mundo. Y también una conclusión a la que ha llegado Hoare con tanto viaje: que al final, por fea que sea su realidad, a uno siempre le entran ganas de volver a casa.

"Viajamos para escapar de nosotros mismos. Sentimos que, si nos pudiéramos alejar lo suficiente, nos podríamos reinventar por completo y renacer como alguien nuevo, alguien mejor. Cuanto más lejos me fui de Europa, más me convencí de que yo siempre permanecería. Las células del cuerpo humano se renuevan totalmente cada siete años. Físicamente, no somos los mismos que éramos hace 7, 14, 21 años, y así sucesivamente. Sin embargo, nos reconocemos conscientemente como la misma persona. ¿Qué es lo que queda? ¿El alma?", argumenta. La pregunta es retórica. La respuesta, tan insondable como la patria de los cachalotes.

Los sótanos del punk

¿Cuánto hay en él del chico de Southampton que se encerraba en su habitación a escuchar con devoción a David Bowie y Roxy Music, que descendió "a los sótanos del punk", que aprendió a beber y a drogarse y a vestirse "cada noche como si fuera la primera y la última"? "Quería vivir como los personajes de los pósteres colgados en mi pared, escapar a mis orígenes. Y, sin embargo, siempre quise volver a casa", confiesa en 'El mar interior', en una de las intensas referencias a su pasado, mucho más abundantes en este libro que en cualquiera de los que había escrito antes. Aquel chico cambió hace un cuarto de siglo la música por las letras, atesora media docena de libros de éxito (aunque solo se han traducido al castellano los dos de Ático de los Libros) y ahora se baña cada día en el mar –en su estancia en Barcelona, a finales de noviembre, aseguró que había disfrutado de las aguas de la Barceloneta.

"Me preocupaba la publicación de esta obra porque me expongo mucho más que en otras. Temía que la gente pudiera pensar que estoy loco, o que me compadeciera. Pero lo he hecho con la esperanza de lograr que los lectores empaticen más con lo que les cuento. Además, me gusta creer que he llegado a un punto en el que [tics de ese pasado punk] no me importa lo que la gente piense de mí. Aunque eso es falso, por supuesto", reconoce Hoare.

El peso del dibujo

Como en 'Leviatán', el dibujo (tienen una muestra aquí) ocupa un lugar destacado en su recorrido a la caza del misterio de las ballenas. Tanto, que no cree que deban considerarse ilustraciones. "No lo son. Son parte integral del libro, parte de la historia. Y no ilustran la escritura: ¡más bien es al revés! Su presencia remite a mi pasión por mis enciclopedias infantiles, con sus ilustraciones en color. Sentía tanto miedo y tanta fascinación a la vez por el mar, que pensaba que, si tocaba una de esas fotos de los extraños y monstruosos peces que viven en las profundidades bentónicas, yo también podría ser arrastrado hasta allí. He llegado a pasar las páginas con la uña para evitar rozarlos", explica.

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En cualquier caso, esos dibujos son otro de los elementos que le permiten recrear su historia de amor con el mar y plantearse, a través de ella, la relación del hombre con todo lo que le rodea. "Quiero crear algo que nos permita reaccionar a la forma diarreica que tenemos de entender el mundo. Como las piezas del puzle, que al final se unen para crear la imagen completa. Experimentamos las cosas en destellos, y después imponemos un patrón a lo experimentado, como si eso fuera a dar sentido al sinsentido. Los humanos creemos que podemos ordenar el mundo a nuestra imagen. Yo quiero escribir más como pensamos, así que nunca concibo un plan o una estructura. Solo dejo que las cosas sucedan, como hace la vida", argumenta.

Por eso sus páginas son imprevisibles como las olas y, también como estas, atrapan en su vaivén. Y por eso no puede adelantar nada de proyectos futuros: "Tardo cinco años en pensar y escribir un libro, y eso es una gran inversión. No tengo ni idea sobre qué versará el próximo, ni siquiera si lo habrá. Y, si lo supiera, no se lo diría. Principalmente, porque no podría decírmelo a mí mismo".

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