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Daniel Sánchez Arévalo: "Yo quería ser Gordon Gekko"

El director vuelve a fichar a sus actores fetiche, Antonio de la Torre y Quim Gutiérrez, en una nueva comedia íntima: 'La gran familia española'

"En mis películas intento condensar lo que entiendo que es la vida, en la que hay momentos de mucha risa y otros que no tienen ni maldita la gracia"

BÁRBARA ESCAMILLA

Lo ha vuelto a hacer. Hurgar, escarbar, echar sal en las heridas fraternas y combatir el escozor con carcajadas. Daniel Sánchez Arévalo (Madrid, 1970) empezó a revolver estos asuntos en cortos que eran hachazos (ganó premios en festivales de todo el mundo con '¡Gol!', 'Profilaxis', 'Exprés', 'Física II', 'La culpa del alpinista'); continuó haciéndolo en su rotundo debut en el largo, 'Azuloscurocasinegro', y en las posteriores 'Gordos' y 'Primos'; y con 'La gran familia española' se ha dado el gustazo padre. Aunque el suyo [el dibujante y pintor José Ramón Sánchez] no esté tan contento.

¿Qué le ha dicho?

"Bueno, hijo, muy bien, pero ya está. Es suficiente. Has sacado toda la mierda familiar que tenías que sacar. Es hora de que toques otros temas". Eso me ha dicho.

¿Y va a hacerle caso?

Pues... no [risas]. Si es que a mí lo que me interesa, desde siempre, es lo más cercano. La familia, los amigos. Ese es nuestro microcosmos, de donde surgen las emociones más exacerbadas. Todos somos sensibles al sufrimiento ajeno, pero cuando ese sufrimiento proviene de tu entorno más cercano, entonces todo cambia, se vuelve más intenso. Así que no, no creo que cambie estos temas por otros.

En 'La gran familia española', Sánchez Arévalo ha colocado la cámara y sus intenciones en una casa de campo justo el día en que España juega la final del Mundial de fútbol y cinco hermanos celebran la boda del más pequeño. Alrededor de este núcleo entran y salen una novia embarazadísima, invitados 'on the rocks', una pantalla inmensa pendiente de Iniesta y un padre con el corazón partío, literalmente: justo antes del “sí, quiero” sufre una angina de pecho.

El microcosmos explota.

Poner obstáculos a los personajes... Me encanta. El percance del padre sirve para que el equilibrio entre los hermanos salte por los aires y tengan que replantearse lo que les rodea, indagar en sus miserias. Y sin perder de vista el partido.

Todos fuera de juego.

Sí, pero también unidos por lo que estaba pasando. Recuerdo que durante el mundial de Sudáfrica me quedé enganchado a esa sensación de catarsis colectiva, todos sintiendo que podíamos lograrlo.

¿Podemos pensar en grande también con el cine español?

Deberíamos. Si hay algo que nuestro cine tiene en común con la selección de fútbol es precisamente el desparpajo y la pérdida de complejos. Ahora hay cineastas como Amenábar y J. A. Bayona muy preparados, con ganas de comerse el mundo, y que encaran proyectos gigantescos.

Y respecto a la comedia americana, ¿podemos competir?

Es verdad que hay una nueva generación, con actores como Seth Rogen o Jonah Hill, que han cogido muy bien el relevo de la gran comedia americana, dándole además un punto gamberro muy efectivo. Pero aquí hay gente como Borja Cobeaga ['Pagafantas'] o Javier Ruiz Caldera ['Promoción fantasma', 'Tres bodas más'] que están a un nivel muy alto, con una sofisticación cercana a la americana, pero trasladada a nuestro humor. Es importante no perder nuestra identidad.

Pero el suyo es un humor distinto, siempre mezclado con el drama. ¿Lo hace para acercarse o para tomar distancia?

Me ocurre desde siempre, al escribir voy en contra de lo que la situación demanda. Si es dramática, tiendo al humor; si es divertida, giro al drama, a la emoción. No es premeditado ni consciente. Me sale así. En mis películas intento condensar lo que entiendo que es la vida, en la que hay momentos de mucha risa y otros que no tienen ni maldita la gracia. Eso lo hace muy bien Alexander Payne ['Election', 'Entre copas', 'Los descendientes'], sus películas tienen una luz especial, no aciertas a saber si estás viendo un drama o una comedia... Es exactamente a lo que yo aspiro.

También busca la intimidad. A veces hay miradas entre los personajes que le hacen sentir a uno casi un intruso.

Sí, mis películas, al final, están en los primeros planos. La trama está al servicio de los personajes, son los que llevan la acción. Cuando escribo, busco su conflicto interno, qué les pasa por dentro, por qué hacen lo que hacen. Y todo eso requiere un viaje al interior de sí mismos para poder sacarlo. Me gusta estar muy encima de los actores, a todos los niveles, cuando ensayamos, cuando rodamos. Y ruedo de muchas maneras, me cubro muy bien, pero al final el núcleo de todo está en las miradas.  

Cuando “escribe” esas miradas, ¿ya sabe qué ojos tendrán? Porque suele repetir con muchos de sus actores: Antonio de la Torre, Raúl Arévalo, Quim Gutiérrez [todos han recibido un Goya por trabajos con Sánchez Arévalo: De la Torre obtuvo uno al mejor actor de reparto por `Azuloscuro...¿; Quim, el de mejor actor revelación por la misma película; y Raúl Arévalo tiene uno al mejor actor de reparto por `Gordos¿]... ¿Piensa en ellos cuando elabora el guion?

Sí, completamente. Cuando escribí el monólogo inicial de 'Primos', el de la iglesia, lo hice pensando en Quim, nadie podía hacerlo mejor. Al escribirlo, ya le estaba viendo decir cada frase. Y en 'La gran familia española' me pasó también: sabía que Antonio de la Torre iba a ser el hermano mayor, y que Quim interpretaría al hermano que regresa a la casa familiar después de una ausencia prolongada. Nos conocemos tanto que apenas les tengo que dirigir. Me tienen calado. Saben perfectamente por dónde quiero ir. Así que sí, escribo para ellos y ruedo con ellos, pero es que también me voy de cena y de marcha con ellos.

Le gusta trabajar en familia.

No puedo evitarlo. Necesito hacer piña, sentir que estoy rodeado de mi familia, y eso en un rodaje son el equipo técnico y los actores, también los nuevos, aquellos con los que no he trabajado nunca: son ellos los que me sacan de mi zona de confort, me hacen trabajar de manera diferente. Con todos intento trabajar en ausencia de conflicto, no creo que gritar funcione.

Les obligó a ver `Siete novias para siete hermanos¿ [es la película preferida de los hermanos de `La gran familia española¿; de hecho, los nombres de sus protagonistas son los mismos y algunas de las escenas del clásico dirigido por Stanley Donen en 1954 se intercalan a lo largo de todo el filme].

Sí, sí [risas]. Es la película que más veces he visto en una sala de cine. Creo que fueron más de 20 veces. Íbamos toda la familia. Mi padre es extremadamente cinéfilo: desde que tengo uso de razón estoy metido en un cine, viendo básicamente clásicos del cine americano, desde Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd y los hermanos Marx hasta todo el cine de los 60 y 70. Tengo ahí un gran bagaje cultural, pero también muy mala memoria. Hay películas que vi en su día y ahora puedo verlas como si fuera la primera vez [risas]. Me pasa hasta con las series. Empiezo a ver un episodio de 'Juego de tronos' y tengo que repasarme el de la semana anterior porque no me acuerdo de nada: “Ah, es verdad, que mataban a este”... Bueno, ahí siempre están matando a alguien [risas].

En cualquier caso, ese bagaje cultural se le queda a uno adherido.

Sobre todo porque mis padres nos lo dieron a mis hermanos y a mí de forma natural, nunca impuesto. La mejor manera de aprender.

Entonces ¿cómo es que apostó por los números? Está usted licenciado en Empresariales.

¡Quería ser Gordon Gekko! Un tiburón de bolsa. Hasta que un día me senté a escribir.

¿Por qué?

Lo de estudiar Empresariales fue, en realidad, pura rebelión contra un entorno familiar artístico: mi padre dibujante, mi madre actriz [Carmen Arévalo, con un pequeño papel en 'La gran familia...'], mi hermana bailarina, mi hermano productor de televisión... Pero me aburría mortalmente en la carrera y supongo que, de alguna forma, todo lo que había mamado desde pequeño comenzó a salir solo, fácil.

¿Cómo empezó?

Con relatos cortos. Se los pasaba a mi padre, a mis hermanos, les gustaban. Un día mi hermano, que trabajaba como productor en Antena 3, entró en mi cuarto, donde me pasaba el día escribiendo, y me dijo: “¿Por qué no escribes algo que te dé de comer?”. Ni me entraba en la cabeza. ¿Algo como qué? “Un guion para una serie, por ejemplo”, me dijo. Por aquel entonces, a mí solo me gustaba una, 'Farmacia de guardia'. Escribí un capítulo, llegó a Mercero, le gustó y me contrató. Tuve mucha suerte.

Entonces los guionistas estaban bien pagados.

¡900.000 pesetas por un guion de media hora! Yo flipaba. A mí, que lo hacía porque me gustaba, porque disfrutaba¿ Cuando me enteré de lo que pagaban, bueno, supe que este era mi oficio. Y estuve 7 años así, escribiendo guiones para 'Farmacia de guardia', 'Abogados', 'Hospital central'... No daba crédito a que se pudiera vivir de ello.

¿Por qué paró entonces?

Sentía que tenía una laguna inmensa de formación, porque yo escribía por intuición, pero no tenía ni idea de las normas básicas de guion. Así que hice el camino inverso: paré de trabajar y empecé a formarme. Me dieron una beca para hacer un máster de cine en Nueva York y allí conocí todas las disciplinas, aparte de guion: producción, dirección... Cogí una cámara por primera vez. Y ya no la he soltado. Me quedé enganchado a esa sensación de controlar todo el proceso creativo. Sentí que eso de llevar esa semilla, esa idea en tu cabeza, hasta las últimas consecuencias, era increíble. Una droga.

¿La vuelta fue traumática?

Un poco sí. Me vine con el guion de 'Azuloscuro...' terminado, con ganas de que le gustase a algún director. Porque yo no quería dirigirlo, no estaba preparado. Tengo la mente muy cartesiana, muy de ciencias, los saltos al vacío me dan vértigo.

Dio saltos cortos, entonces.

Claro. Empecé a dirigir cortometrajes que había escrito, y me empezaron a premiar. Eso me colocó en otro lado: de pronto, los productores se interesaban. Me animaban a hacer mi primer largo, pero yo sentía que debía aprender más. Hice un par más y cuando me sentí preparado, me lancé. Y siempre he pensado que 'Azuloscuro...' salió tan bien [además de galardones en festivales como Venecia, Málaga, Estocolmo o Toulouse, obtuvo seis nominaciones y 3 premios Goya, entre ellos, el de mejor director novel] porque no me precipité. Creo que eso es algo que la gente de hoy no entiende: lo importante que es formarse, no tener prisa. Ahora se hace una cosa rápidamente, se cuelga en Internet y se espera que tenga millones de visitas. Pero ¿para qué? Mis primeros cortos los que hice en Nueva York, no los ha visto nadie.

Y desde esos primeros cortos hasta ahora, ¿qué es lo que ha aprendido?

A dejar más al guionista en casa. Mi faceta como director ha ido ganando terreno, haciéndose su hueco. Como provengo de la escritura, soy muy obsesivo con el guion y eso es un proceso muy íntimo que está muy bien, pero debe acabar ahí, entender que es una parte más del proceso y que luego hay otra parte fundamental, que es trabajar con los actores y darle vida a lo que has escrito. Sobre todo, mejorarlo. Una de las cosas de la que más orgulloso me siento es que creo que todas mis películas son mejores que el guion. Lo contrario me parecería una catástrofe.

Borre la palabra 'crisis' e imagine un presupuesto ilimitado. ¿Qué haría? ¿Con quién?

Dios mío, qué angustia [risas]. Mmm... Un 'western' fronterizo. Con Javier Bardem, Antonio de la Torre, Ricardo Darín y el mejor actor del mundo: Philip Seymour Hoffman. Ah, no, espera. Tengo otro sueño: rodar una película con Sean Penn y Raúl Arévalo, como padre e hijo. ¡Son como dos gotas de agua! El personaje de Raúl descubriría que tiene un padre americano y se va a conocerle. Todo giraría en torno a conflictos familiares...

Ya estamos.

Ya lo he dicho. No voy hacer caso a mi padre [risas].