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un vecino llamado... José Luis Arilla, extenista

José Luis Arilla: «En Les Corts se forjó el brillante futuro del tenis que disfrutamos»

CARME ESCALES
BARCELONA

Como marinero nacido en un barco, el tenista José Luis Arilla llegó al mundo en las instalaciones del Real Club de Tenis Barcelona en 1941, cuando su sede estaba en la calle de Ganduxer. «Mi padre era el conserje. Se encargaba de las instalaciones y del personal. Y la comadrona vino a casa», explica Arilla. En 1953, la vivienda del conserje del club pasó a ser una casita dentro del complejo de pistas en las nuevas instalaciones de la calle de Bosch i Gimpera. Y continuó siendo el hogar donde Arilla vivió con sus padres y su hermano mayor, Alberto, también tenista.

Recoger pelotas y relacionarse, desde niños, con profesionales del tenis tuvo mucho que ver con su dedicación al deporte de raqueta. «Todo lo mamamos allí», señala Arilla. La mayoría de los recuerdos de su infancia y adolescencia hablan del barrio en el que «se forjó el brillante futuro del tenis, que hasta hoy, disfrutamos». «En 1965 se jugaron 10 eliminatorias seguidas de la Copa Davis. Solo había una televisión. El tenis en aquel momento era prácticamente desconocido», añade Arilla. «Pero a partir de aquel boom, que propiciaron nombres como Santana, Gisbert, Orantes y Couder, siempre ha habido una continuidad, hasta contar, hoy, con el mejor del mundo», indica el extenista.

Soñar con ser tenistas

De sus años en Les Corts y de sus días en el club de tenis, desayunando, cenando y haciendo los deberes junto a las pistas con red, Arilla recuerda aquella revolución. «Todos los niños querían ser Santana. En las tiendas de deportes se agotaban los materiales y no había entrenadores para todos», dice. «La federación española tuvo que improvisar cursillos para atender la demanda de niños. Hoy también pasa, todos quieren ser como Nadal o Alonso», compara Arilla, vicepresidente del Real Club de Tenis Barcelona durante 25 años, hasta hace tres.

Pedralbes pues no dejó de ser referencia para el extenista, ni cuando se retiró, a los 32 años, ni cuando se fue a vivir fuera de Barcelona. Incluso ahora, cuando ya lleva cuatro años jubilado, en el número 5 de Bosch i Gimpera, Arilla sigue teniendo parte de su hogar. En la cafetería del club comparte tertulias con otros veteranos de la raqueta. Tertulias de actualidad o de aquellos años en los que La Cabaña del Tío Tom, «una famosísima sala de fiestas de la ciudad, que en realidad se llamaba La Posada Jamaica», en la avenida de Pedralbes, hoy ya desaparecida, era el local nocturno de moda.

Y entre campos de algarrobos y palmeras, «venía la gente a La Font dels Ocellets, que estaba en Manuel Girona, a buscar agua y también a pasar el domingo de picnic», añade Arilla. «En la avenida de Espluges, empezaban las carreras de la Fórmula 1, seguía por la avenida de Pedralbes, la de la Victoria, Numancia, Diagonal, Cervantes, carretera de Esplugues... Era la época de Juan Manuel Fangio», relata quien se reconoce marcado por el deporte.

«El deporte es una metáfora fantástica de la vida, si sabes aplicártela. La vida no deja de ser un partido, una lucha continua. Si pierdes, mejor ser humilde y levantarse. La vida es siempre igual y el deporte, sobre todo individual, es así». Todo eso, en gran parte, es lo que Arilla aprendió de los momentos cumbre, entre copas y medallas, y también de las derrotas.

Histórico

El distrito de Les Corts es un magnífico escenario para tener en cuenta las referencias deportivas de las que habla Arilla. Él, que llegaría a jugar la final de la Copa Davis de 1965, en el White City Stadium de Sidney, forma parte de la historia del deporte en nuestro país, que en Pedralbes está marcada por el sello del tenis.

Hasta los 17 años, las pistas fueron su residencia y su lugar de entreno, hasta que echó a volar. «Me fui a Australia con Andrés Gimeno en 1958. Tardamos 100 horas en llegar. Íbamos en aviones con hélices, que hacían escala cada 12 o 13 horas. Pasé allí seis meses». A su regreso, la carrera deportiva lo acompañaría hasta los 32 años. Y 32 es también su número de socio en un club con 2.500 afiliados, muchas anécdotas y toda una historia en la biografía de Pedralbes.