Campo de batallitas

Henri Delaunay, el padre de la Eurocopa que se tragó un silbato

. Quiso que Europa librase contiendas incruentas, pero no pudo ver su obra terminada.

. Fue árbitro y jugador. Un balonazo en la cara también le hizo perder dos dientes.

Henri Delaunay

Henri Delaunay / EFE

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Eloy Carrasco
Eloy Carrasco

Periodista

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Hay que estar muy enamorado de un deporte que hace que te tragues un silbato y pierdas violentamente un par de dientes y, aun así, dediques todos tus empeños a fomentarlo. Tan traumáticas circunstancias se dieron en la persona de Henri Delaunay, el hombre al que se puede considerar como gran impulsor de la Eurocopa, hace casi un siglo, y cuyo trofeo lleva su nombre.

En su juventud, el señor Delaunay (París, 1883-1955) era futbolista y también árbitro, y un fortísimo chut de un jugador durante un partido, hay que considerar que debido a causas accidentales, le impactó de lleno en el rostro con las consabidas consecuencias, a decir de las crónicas de la época: el pito atragantado y las piezas dentales al vuelo.

Un gran apuro, pero Delaunay era una de esas personas que giran al revés que el mundo y perseveró. No le cogió manía al fútbol aunque el escarmiento, eso sí, lo alejó de los peligros del césped y lo encaminó hacia los despachos. Con su amigo y compatriota Jules Rimet, otro visionario, urdieron el Mundial, aunque fue él quien capitaneó la creación de una competición que enfrentara de un modo incruento a las naciones de Europa, que todavía tenían presentes los horrores de la primera guerra mundial. En 1927 su idea dio los primeros pasos, pero mayores tragedias que habrían de venir y otros zarandeos de la historia, junto con la posterior prioridad de la Copa del Mundo y el torneo olímpico, dilataron tanto su puesta en marcha que Delaunay ya no pudo ver culminada la obra.

El primer gol

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A su muerte, fue su hijo Pierre, también ejecutivo de la UEFA, quien mantuvo la antorcha encendida y corriendo. En 1958 se disputaron las primeras eliminatorias, y en los anales consta que el soviético Anatoli Ilín marcó el primer gol en un URSS-Hungría (3-1) disputado ante más de 100.000 espectadores en el estadio Luzhniki de Moscú el 29 de septiembre de 1958. Dos años después, los soviéticos se convirtieron en los primeros campeones de una competición que aún estaba muy verde y a la que dieron la espalda potencias como Italia, Inglaterra y Alemania Federal.

En aquellos albores hubo un español involucrado, Agustí Pujol, prohombre del franquismo en Tarragona (y tío del homónimo que presidió la Federación Española de Tenis durante dos décadas), que formó parte del comité organizador de la competición que hoy conocemos como Eurocopa, un término que inventó el diario Marca y que pervive con extraordinaria salud a mayor gloria de aquel precursor que, literalmente, se partió la cara por el fútbol.