28 oct 2020

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BARRACA Y TANGANA

Los enfados

Diría que Setién no termina de creerse que esté entrenando al Barcelona de la misma manera que yo aún no me creo lo de tener novia

Enrique Ballester

Quique Setién se dirige a sus jugadores antes del clásico.

Quique Setién se dirige a sus jugadores antes del clásico. / JORDI COTRINA

Así, desde lejos, diría que Setién no termina de creerse que esté entrenando al Barcelona de la misma manera que yo aún no me creo lo de tener novia. Durante mucho tiempo, en los años escolares, veía lo de llegar a tener novia casi como lo de llegar a ser futbolista profesional, una especie de quimera improbable y lejana, una de esas cosas que solo pasan a los que salen por la tele y a los rubios. Por eso, cuando una chica me eligió al fin como novio, hice todo lo posible para no enfadarla, hice todo lo posible por no estropear ese milagro, hice todo lo posible por no romper ese equilibrio.

De un día para otro, no enfadarla era el objetivo que determinaba mi existencia. No enfadarla era más importante que mi dignidad, si es que eso había importado de veras algún día. No enfadarla, por supuesto, era más importante que mis amigos. No enfadarla era más importante que mi propio equipo, incluso, que sabes que te estás enamorando cuando no te importa sacrificar por ella un partido de tu equipo, y a la vez no sabes aún que estar enamorado no es lo mismo que estar idiota. Yo no quería enfadar a mi novia como Setién no quiere ahora enfadar a sus futbolistas, bajo ningún concepto, y lo entiendo, claro que lo entiendo.

El Barcelona perdió en el Bernabéu, la tele cazó al segundo entrenador criticando a algunos jugadores desde el banquillo y Setién admitió después que había pedido perdón al vestuario. No faltaron las críticas, pero habría que vernos a nosotros en su lugar, que desde fuera somos todos muy listos. Es muy fácil decir qué deben hacer los otros. La vida de los demás es una falta repetida a cámara lenta que se cuela por el palo del portero. Parece fácil la vida de los demás repetida y a cámara lenta, pero no tanto la nuestra en vivo y en directo, sin saber nunca por dónde va a llegar la pelota. Las faltas de los demás las pararíamos siempre. Nuestra vida es la falta real a toda velocidad, directa la escuadra como un mal pálpito.

La pereza

Para enfadar a alguien se necesita muy poco y el motivo a menudo es un misterio bien escondido. Mi novia y yo tardamos poco en alcanzar la costumbre de enfadarnos mutuamente, con tanta frecuencia que el enfado en sí mismo perdió sentido y empezó a ser divertido. La clave del enfado es la clave del fútbol: enfocarlo al ámbito de lo inofensivo. Por ejemplo, ahora me enfado cuando juega mi equipo y mis amigos se ponen a criticar a los jugadores por Whatsapp, eso lo llevo fatal, eso me saca de quicio. Observo en silencio su conversación, nunca contesto y a veces hago capturas de pantalla con la intención de sacarlas después a traición cuando esos jugadores que tanto critican metan goles o ganen partidos. Guardo decenas de capturas pensando en la revancha, pero al rato me arrepiento y las borro porque total para qué, si solo es fútbol y no importa y son mis amigos.

Tener más pereza que rencor evita muchos conflictos. Es natural y sano enfadarse un ratito. Si a los futbolistas del Barça les molestó el segundo entrenador de Setién, mejor que no sepan lo que decían en privado mis amigos.