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LOGRO HISTÓRICO

Jordi Morales, adaptado al triunfo

El deportista de Esparreguera disfruta de su título de campeón del mundo de tenis de mesa paralímpico con la vista puesta ya en Tokio-2020

Luis Mendiola

El campeón del mundo individual de tenis de mesa paralímpico 2018, Jordi Morales, en las instalaciones del CAR de Sant Cugat. / JORDI COTRINA

“¿Por qué andas así?”. Casi nadie se dirige a Jordi Morales García (Esparreguera, 17 de noviembre de 1985) en esos términos. Solo los niños le hacen preguntas tan directas. “Eso es lo que me gusta de ellos, que son espontáneos. Inocentes. Así que les digo ¿No te gusta? Todos queremos tener algo que nos haga diferente. Y esto es lo que me hace a mí diferente. Eso los descoloca y los sorprende”.

Jordi lo explica con toda normalidad en su vuelta a la actividad diaria en el CAR de Sant Cugat, después de proclamarse campeón del mundo de tenis de mesa paralímpico de forma brillante en Lasko (Eslovenia). Desde su triunfo el pasado 22 de octubre, ha ido de homenaje en homenaje incluido el de su propio club, el CN Sabadell, donde ejerce de director técnico.

Muchos de los jugadores a los que entrena allí son esos mismos niños curiosos que le preguntan por todo, por sus problemas de movilidad en las piernas y de equilibrio debido a que nació con espina bífida congénita, una discapacidad que no le impide hacer una vida normal y haber construido un brillante palmarés deportivo. Pero también atraídos por su talento y el carisma que transmite como entrenador.  Pep Marí, antiguo responsable jefe del departamento de psicología del CAR, le define como el campeón del mundo de la humildad, el coraje y la determinación.

Jordi Morales vive aún instalado en la “nube” de felicidad por conseguir el oro individual que le faltaba en una carrera instalada en el éxito, otros títulos como un oro individual en el Europeo de Zagreb de 2003 y una plata en el Mundial de Corea en 2010, así como dos campeonatos del mundo por equipos, el último en Pekín en 2014. También una plata por equipos en los Juegos de Londres 2012 y un bronce individual en Atenas 2004.

Año sabático

“Esta medalla tiene un sabor muy dulce, mucho”, cuenta. “Llevaba desde 2010 sin sacar una medalla individual. Este oro es la recompensa. Era una espinita que tenía clavada y de la que ahora me he liberado”, cuenta abrumado también por la repercusión que ha tenido su título a todos los niveles. “Ha sido increíble. Había tenido medallas, pero nunca como esta en impacto”.

Jordi Morales, un número uno del tenis de mesa / jordi cotrina

“Hay una diferencia respecto a otros torneos”, valora, intentando dar con una explicación de su éxito. “Después de Río me tomé un tiempo sabático. Quería tomármelo con calma porque me frustró mucho mi cuarto puesto. Me había preparado a conciencia y pensaba que por fin podía ganar esa medalla. Y Lo encajé mal, decidí distanciarme. Esta vez cuando pensé ‘vamos al Mundial’, lo hice quizás sin esa presión que me ponía siempre por cumplir con unos resultados por el tema de la beca y lo cogí con muchas ganas cinco o seis meses antes”, explica.

Salto enorme

 “Me la jugaba en este campeonato, el año pasado no fui al Mundial por equipos, así que si perdía en cuartos o antes me quedaba sin la beca del Plan Adop. El oro me da mucha tranquilidad para preparar Tokio 2020. Podré ir sin presión, porque ya lo he hecho todo. He llegado más lejos de lo que podía soñar”, reconoce Jordi, aunque el hecho de poder vivir con su trabajo en el CN Sabadell y también en Decathlon le liberó de parte de la responsabilidad. “Con la beca paralímpica se puede vivir bien. Eso ha cambiado mucho. La medalla de Atenas no supuso ningún premio económico”, compara. 

La cita olímpica de Japón es el gran reto que ahora se marca este deportista que se inició con poco más de seis años en el pimpón (él aún lo llama así) en una sala anexa que tenía el Teatre de la Passió, en Esparreguera, el pueblo donde vivió hasta hace un año que se trasladó, junto a su compañera Gemma, a Sant Andreu de la Barca.

“Cuando competí en mis primeros Juegos en Sydney tenía 14 años. Fue como ir a Disneylandia. No lo podía creer. Disfruté tanto o más que en Atenas-2004 cuando logré mi primera medalla olímpica.  El salto fue enorme. En apenas 16 meses pasé de descubrir el deporte adaptado que, entonces apenas existía, a ir a los Juegos.  El movimiento olímpico ha hecho mucho por la inclusión”, señala agradecido y consciente también de que el tenis de mesa le ha cambiado la vida. “Ahora no podría entenderla sin él. Todo lo que soy se lo debo al deporte”, sentencia.