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BAR MUNDIAL

Y en el minuto 86, Argentina resucitó

La Ovella Negra de Marina, embajada del fútbol argentino en Barcelona, enloquece con Messi y el pase de su selección en una noche bíblica

Miqui Otero

Celebraciones de la victoria de Argentina ante Nigeria en el bar La Ovella Negra de Poblenou. / EL PERIÓDICO

Celebraciones de la victoria de Argentina ante Nigeria en el bar La Ovella Negra de Poblenou.
Celebraciones de la victoria de Argentina ante Nigeria en el bar La Ovella Negra de Poblenou.

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Parece que el pajarito mandón más conocido por Dios sopló en el flanco del primer hombre para animarlo y darle espíritu. Si en vez del pajarito hubiera estado ahí Messi para soplar, el hombre habría salido mucho mejor.

Ahora cambien a Messi por Louis Armstrong y tendrán el arranque de la crónica que el argentino Julio Cortázar escribió sobre un concierto del trompetista en el París de 1952. Pero hoy no hay trompetas, sino tambores y una euforia descontrolada en La Ovella Negra de Poble Nou, embajada de la albiceleste mundialera que se juega seguir viva en el Mundial.

"Me he vestido de Jesucristo…. ¡Para darle suerte al Mesías!", explica Thiago, que encabeza una batucada que baja las escaleras y desfila por el exterior del bar disfrazado de Dios en la tierra, un tipo de Cañada de Gómez que tiene la misma edad (33) del hijo de Dios cuando se mudó al cielo.

Su iglesia se cuenta por centenares aquí. Casi un millar de argentinos no van a parar de generar redobles de tambores y cánticos durante todo el partido contra Nigeria. Incluso en los momentos más difíciles, cuando encomendarse a alguna autoridad divina parezca casi ridículo por inútil. "Lo bueno de hoy es que dependemos de nosotros mismos. Lo malo es que dependemos de nosotros mismos", explica Brian, que lleva 11 años trabajando en el Guinardó. "Nosotros queremos a Messi, pero no nos lo merecemos. La prensa lo 'banca' pero yo confío en el único que puede darnos la salvación", dice Rodrigo, que trabaja en el Hotel 1898. "Sí, queremos a Messi, pero queremos al Messi del Barça, no al otro", comenta Marcelo, instalado aquí desde cuando se armó el quilombo en su país, hace 15 años.

Gol de Messi, uno y trino

Entonces, solo en el minuto 14, el dorsal de Cruyff, otro héroe de los muchos culés que visten hoy la albiceleste en el bar, Messi, tremendísimo cronopio, uno y trino, controla con la rodilla (1), templa con la bota (2) y remata a golazo (3). Marcelo, que quizá dudaba hace un segundo, se dirige hacia mí, se gira y me muestra el número 10 de su camiseta azul de México 86. Me la enseña como si alardeara de Messi, aunque es probable que se la pusiera invocando a Maradona: retratos de ambos, codo con codo, se levantan en una de las paredes laterales.

Nadie recuerda ya que fue contra Nigeria cuando en el 94 y en Boston cogieron de la mano a Maradona para llevarlo a un control antidóping. Ni falta que hace. La batucada es máxima: "El que no salte es inglés" y, sobre todo, "Argentina es un sentimiento".

La rúa sale a la calle en el descanso y la ceniza de los pitillos liados cae y las pavesas brincan, "inglés el que no salte", "Brasil, 'desime' que se siente", en los tambores de las rúas que suben las escaleras de los puentes de este barrio. Serpientes de albicelestes entre tipos que se parecen a Caniggia o que emulan el peinado de Messi, del mesías ahora mismo, del 10, de D10s.

Los 10 apóstoles

Pero hará falta un milagro. Mil personas elevadas con mil tambores no se callan ni siquiera con el gol de Nigeria en el minuto 51. Y quizs ese milagro no lo haga el mesías, sino uno de los otros diez, y no 12, apóstoles. Sigue rugiendo la marabunta mirando las pantallas gigantes, de sala 5 de un multicine, pese a estar fuera del campeonato. Se sirven las ofrendas: Mascherano sangra como un nazareno mientras yerra pases e intercepta incursiones. Marcelo dice que están fuera.

Pero Dios escribe recto con renglones torcidos. Marcos Rojo, un central, empala un gol angélico que da el pase a cuartos. La Ovella salta. Nadie va a dormir. Es el minuto 86, como el Mundial que ganó Maradona. El cronista asiste al milagro definitivo. El huracán albiceleste se lleva sus gafas por delante. Cuando las recoge en el suelo recoge también una patilla. "Se me rompieron las gafas", conjuga en argentino, porque todo esto se pega. Pero la patilla no es la de las suyas. Su corazón culé le dice: ha sido Messi.

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