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A pie de calle

Llegar es ganar

Manuel de Luna

Empiezas con un eufórico trote cochinero y acabas pisando huevos. Pero acabas. Porque, al final, todo se reduce a eso: llegar a la meta, como sea, pero llegar, llegar, llegar... Esa es la obsesión, ese es el objetivo, ese es el único y personal triunfo del común de los maratonianos que se plantea el reto de correr 42 kilómetros (y el puñetero pico).

El maratón tiene tres niveles. El primero y básico es llegar, aunque sea a rastras y cuando ya desmontan la meta, pero llegar. El segundo nivel es correr sin parar, apretando los dientes y el coco para no detenerte, ni cuando las piernas son de piedra, para llegar. Y el tercer nivel es correr toda la distancia sin parar y --claro-- llegar, pero en el mínimo tiempo posible. En el maratón de ayer de Barcelona vi un año más a miles de corredores con estos tres objetivos. Y todos con una idea fija en la mente: llegar. Porque llegar es la victoria.

Y en el Maratón de Barcelona también volví a ver un año más que no se llega solo con el entreno (indispensable) y la fuerza mental (imprescindible), sino también con el empuje de una ciudad que sale a la calle y jalea, y aplaude, y anima, y los niños te chocan las manos, y los grandes gritan tu nombre que aparece en el dorsal. Y se te pone la 'gallina de piel' (sic), y así, sí que llegas. Porque en Barcelona ha vuelto a quedar demostrado que no existe la soledad del corredor de fondo.

No, en Barcelona, ni en la mayoría de los maratones, no se corre solo. Es una auténtica fiesta social. Más divertida al principio que al final, pero siempre con buen rollo. Se corre en pareja, en equipos, en familia, se corre acompañando a quienes no ven (pero sienten las piernas), empujando cochecitos con niños --y no tan niños-- que nunca podrán correr solos, se corre un ratito para ayudar al amigo, al familiar, al hermano... en esos kilómetros que más se atragantan (sin dorsal, sí, está mal pero...).

Al principio de la fiesta social, al pasar por el Camp Nou, los corredores, aún frescos, descubren a Juan Carlos Navarro, quien sonríe cuando los trotones le animan a apuntarse, que no sea escaquee, que así cogerá fondo. Todo con buen rollo. Al final de la fiesta social, ya derrengados, dos corredores ponen la guinda al llevar en vilo a un colega incapaz de mover unas piernas de puro plomo que ya han dicho basta.

Tampoco falta el colorido de los 'corredor@s divin@s de la muerte': dan a la fiesta el toque de carrera de las vanidades. Solo en zapatillas deslumbrantes, sin contar adimentos varios (gafas, geles, GPS estratosféricos...), hay más de un millón de euros. No, no son tarahumaras (míticos fondistas, mexicanos, y pobres), pero eso sí: también deben sudar para llegar.

En fin, me lo advirtió un fisioterapeuta, aficionado a correr, y durante años en un equipo de la ACB: "Correr un maratón no es hacer salud. El maratón es otra cosa". Efectivamente el maratón es otra cosa. Es la satisfacción de llegar a una meta.

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