Paradoja vasca

El Eibar, mejor club recién ascendido de Europa, rompe moldes desde la austeridad y el espíritu solidario

Entrenamiento del Eibar en el campo de Ipurúa, esta temporada.

Entrenamiento del Eibar en el campo de Ipurúa, esta temporada. / EFE / JAVIER ETXEZARRETA

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IGOR SANTAMARÍA / EIBAR

Se refiere como «hijos de puta» a aquellos futbolistas «que te hacen la vida imposible» por su excelencia. Una gran mayoría de sus rivales en esta primera vuelta diría que para jugadores así los del propio Gaizka Garitano, artífice de esa definición quizá por su vena periodística, título que también ostenta, o su capacidad para la poesía improvisada: de no haberle dado al balón antes de sentarse en los banquillos habría sido bertsolari.

Y es que el Eibar, el equipo que linda más con Vizcaya que con la Gipúzcoa a la que pertenece, se erige en el mejor club recién ascendido de Europa, el debutante de mayor éxito en la élite desde que el Numancia rompió moldes y, he ahí la paradoja, el club que abandera esta temporada el fútbol vasco al cruzar el ecuador del campeonato en la octava plaza y con ocho puntos más que el Athletic y la Real Sociedad, que zozobran en los estertores de la clasificación del campeonato.

«Una bilbainada», que dirían en el Botxo. ¿La clave? «Que mantiene intacto el espíritu solidario del vestuario», aciertan a explicar en Unbe, santuario de entrenamiento antaño habitado por fieles que se contaban con los dedos de una mano.

Que el Derbi County, de la Segunda División inglesa, llegue en el mercado invernal y se lleve por 600.000 euros al expeditivo central Albentosa, fornido baluarte de un conjunto que acecha los puestos europeos, dice mucho, para mal, de la Liga española, y también de esa virtud coral que desafía obstáculos de los azulgranas, que en pleno verano se debatían entre cumplir o no su sueño infantil bajo la espada de Damocles de una ampliación de capital de 1,7 millones de euros, fraguada gracias a más de 10.000 accionistas de medio centenar de países, con una aportación media de 200 euros.

Aventura desde Segunda B

De los habituales titulares, solo Bóveda Manu del Moral llegaban curtidos mientras la experiencia anida en el banquillo con los EkizaBoatengVilaAbraham Lekic. Pero la simbiosis entre máximo sacrificio, intensidad, unidad y una organización táctica sin rendijas, con ingente solvencia defensiva desde las manoplas de Irureta y buenas dosis de ingenio ofensivo han hecho posible el milagro.

El fortín de Ipurúa, donde abrieron la fiesta ante la vecina Real, a la que visitan este sábado (22.00 horas), no responde al tópico de amasar los puntos al amparo de su hinchada y su fervorosa peña Eskozia La Brava, como reflejan sus victorias a domicilio ante Celta, Elche, Español y Rayo. Rozando los 18 millones de presupuesto, 10 veces inferior al salario anual de Cristiano, la entidad armera que representa a una población de 27.000 habitantes, que no llenarían Anoeta y cubrirían medio aforo de San Mamés, se basa en la política austera que idea el secretario técnico, Fran Garagarza, que apostó junto con el míster por un bloque de ocho futbolistas que han vivido esta aventura desde Segunda B en tres años de ensueño: Irureta, Bóveda, Raúl Navas, Añibarro, Errasti, Dani García, Capa Arruabarrena.

Dos vecinos tocados

Travesía con el único techo de la euforia que se permiten sus gentes al grito de «¡a Europa, chavales!», mientras los otros dos vértices vascos rumian tristeza desde la opulencia. A la Real no le ha servido el relevo en el banquillo tras el cese de Jagoba Arrasate, esquilmado desde el primer minuto quizá por vizcaíno, y la llegada del escocés David Moyes, adalid del patadón en el Everton e incapaz de sacar florituras al juego de toque que puso rumbo a la Champions hace dos años, huérfanos ahora del gran ídolo, Griezmann, y de la seguridad bajo palos de Claudio Bravo.

Algo similar a lo que le sucede al Athletic de Ernesto Valverde, que cosió con un primoroso cuarto puesto el adiós de Llorente Javi Martínez, pero a quien la marcha de Herrera ha terminado de desnudarle esta campaña, incapaz de batirse en condiciones en tres competiciones, mezcla de aburguesamiento por contratos millonarios, problemas físicos, falta de compromiso, el empequeñecimiento de Muniain Iturraspe, y la ceguera ante el gol cuando Aduriz no acierta.

Ocho apellidos vascos

Asoma, además, por Bilbao la sensación de piernas agarrotadas del bienio negro que oteó un histórico descenso, no consumado, tras la primera etapa del técnico gasteiztarra, que piensa de nuevo en cerrar en junio su segundo ciclo mientras el club se adentra en las guerras intestinas que deparan las elecciones, fijadas para el próximo marzo, si el expresidente García Macua decide plantar batalla a Urrutia.

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Horizontes de penumbra que ya han enterrado en Eibar, donde todas las piezas se entregan a mantener la posición, buscar la recuperación del esférico y la presión, aunque no todo es trabajo sino también calidad, la del pelotero Dani García, el juego a pierna cambiada de Saúl Berjón y la vivacidad de Del Moral. «Ya caerá» era el eslogan más repetido por los rivales pudientes e ignorantes de la fe inquebrantable de un pueblo armero, famoso por su industria armamentística, que lleva más de dos años subido a una montaña rusa de emociones que ni Walt Disney habría planeado mejor, aunque Garitano es el primero en reconocer que su cuento tendrá un final, seguramente feliz. Y lo justifica: «El desgaste es terrible y ninguno necesitamos que esta relación se eternice para siempre».

«En mi vida no hay entrenadores para toda la vida al estilo de Ferguson», zanja el sobrino del exrojiblanco Ander Garitano, sabedor de que un día sus maletas pueden trasladarse al sur, como Clara Lago (Amaya) en la taquillera película Ocho apellidos vascos. De hecho, los tiene: «Garitano, Agirre, Urkizu, Asla, Zubikarai, Madariaga, Garraminia y Artetxe». Aunque en la película sería más Karra Elejalde que Dani Rovira. «Soy un tipo vasco».