Ir a contenido

La ronda ciclista francesa

El infierno en un adoquín

El Tour vive hoy una de las etapas clave sobre el temible 'pavés' de la famosa prueba clásica París-Roubaix Los ciclistas deberán rodar sobre calzadas de rugosas piedras del siglo XIX

Sergi López-Egea

Joaquim Purito Rodríguez rueda tranquilo en este Tour. A cola de pelotón, donde él se sitúa, se habla más y se puede preguntar. «Oye -cuestionaba ayer el corredor catalán a sus compañeros-, ¿queda algún especialista de la París-Roubaix que haya hecho la carrera con lluvia?». «Lo he preguntado, lo busco y no lo encuentro», añadía Purito. Y lo hacía por curiosidad, porque él, hoy, en uno de los días claves de este Tour -quizá tanto o más que las grandes jornadas de montaña en los Alpes o los Pirineos-, se desentenderá de cualquier batalla sobre los adoquines.

¿Y cómo son los adoquines? Cerca de Roubaix, entre la frontera belga y Lille, antiguas calzadas preparadas para los desaparecidos carros de bueyes, sobreviven a la tecnología y no han sido asfaltadas de nuevo, solo, tan solo, porque son un monumento para el ciclismo, porque cada mes de abril, en domingo, unos locos, que andan en bici, se lanzan sobre las rugosas piedras, a más de 30 kilómetros por hora, en busca, ¿de qué? de un adoquín, el premio que se lleva, como si de una copa se tratara, el vencedor de la París-Roubaix, de El infierno del Norte, así denominado por el estado en que se encontraron los tramos de pavés los primeros participantes en la prueba después del desastre de la primera guerra mundial.

De vez en cuando, el Tour obsequia a los ciclistas con un paseo por las antipáticas piedras. Y toca este año, nada menos que 15,4 kilómetros de martirio, repartidos en nueve sectores, el primero, alrededor del famoso Carrefour de l'Arbre, que tanta prosa ciclista ha generado. Zonas que se cuidan y que se restauran por amor al ciclismo.

Un viaje en coche, desde Barcelona a Leeds, Reino Unido, obliga a atravesar el Canal de la Mancha con destino a Dover desde Dunkerque o Calais. Un pequeño desvío hacia las afueras de Roubaix permite descubrir los tramos por donde hoy circulará el Tour. Están señalados para los cicloturistas más valientes. Recorrerlos en coche supone un desgaste demasiado arriesgado para el mejor de los neumáticos y un castigo excesivo para las llantas de los vehículos.

Con tierra y con plantas

Cruzarlos a pie te los destroza si no se lleva el calzado adecuado. No son los adoquines que pueden quedar en alguna zona urbana, por ejemplo, hablando del Tour, en los Campos Elíseos. Los que conozcan Catalunya y sus tesoros pueden haber atravesado las losas que rodean la famosa muralla de Montblanc. Son las más similares al pavés de la Roubaix... pero la mitad de duras.

Porque los adoquines están separados entre sí, con tierra y plantas entre medio, donde se cuela la rueda, donde patinarán los tubulares si finalmente llueve, donde el impacto con el suelo, en caso de caída, es una llave hacia el hospital y donde las bicis rebotan, duelen el trasero, las manos y las muñecas, sobre todo si están dañadas como le sucederá a Chris Froome, víctima del accidente de ayer, y al que se considera, entre las figuras, la menos diestra en el arte de las piedras.

Alberto Contador, por ejemplo, ha ensayado material y técnica dos veces. Hoy empleará una bicicleta especial, de igual peso pero distinta geometría. Todos llevarán tubulares más anchos y con menos presión para botar menos. Y todos harán una súplica: que no llueva en el Infierno del Norte.

0 Comentarios
cargando