Ir a contenido

Pere Valentí Mora

El sentido de la vida

El lunes hará 40 años del 0-5 ante el Madrid y el portero que debutó aquel día evoca el sueño que se hizo realidad

«Aún me emociono al recordarlo. En Catalunya no hay nada más grande que haber jugado en el Barça»

PERE FERRERES

«Vivimos. La vida es bonita y hay que disfrutarla. Yo he vivido los dos extremos. La vida la creas tú en el día a día».

De pequeño, Pere Valentí Mora (Vilaplana, Tarragona, 1947) jugaba con un escudo del Barça recortado de un banderín que su madre, Maria Josepa Mariné, le había cosido en un jersey de lana azul que le había hecho. Por eso, por llegar a entender tan bien el sentimiento que se vivía en la grada, que el club es patrimonio de Catalunya, por creer que tenía una deuda con toda aquella gente, le impresionaba el Camp Nou. Los problemas se le hacían montañas, aunque las escalaba todas.

Llegó al Barça con 17 años y el primer día le dieron un jersey con remiendos que había sido de Ramallets y un par de botas que le iban dos números grandes. En 1965 se proclamó campeón de España juvenil, en un equipo en el que destacaban Pujol, el 'Messi' del equipo, Rexach, que siempre le llamó cariñosamente 'Moreta', y García Castany. Fue la alegría más pura y sana que ha tenido en el fútbol. Lo cedieron al Mestalla, Oviedo y Elche. El lunes se cumplen 40 años de su debut en el primer equipo azulgrana con un triunfo por 0-5 en el Bernabéu. Perteneció al Barça desde 1965 hasta 1979. Posteriormente jugó cuatro temporadas en el Rayo Vallecano y tres más en el Murcia.

Aunque cueste de creer, yo me aprendí primero las firmas de los periodistas deportivos de Barcelona y después, las alineaciones del Barça. Pere Valentí Mora es uno de mis héroes vivos, como Salvador Sadurní, Narcís Martí Filosia y Carles Rexach. Me decidí por este oficio por maestros como Álex J. Botines, Emilio Pérez de Rozas y Joaquim Maria Puyal, a quienes conocí en Radio Barcelona cuando hacía mis pinitos con 17 años en el programa 'El Dominguero', con Josep Cuní, Eduard Boet, Margarita Blanch y José Miguel Barrachina. De aquel tiempo conservo una colección de centrales maravillosas del 'Diario de Barcelona' con textos impagables que firmaba Álex J. Botines. Las palabras cubiertas de poesía, como las mujeres vestidas, son más excitantes.

La influencia de Cruyff

El primer año de Cruyff fue tremendo. Le salía todo, los contrarios no se atrevían a tocarlo, todos los compañeros seguían sus señales, lo buscaban y le daban el balón. Lo aplaudían en todos los campos. Desde el principio, Rinus Michels dejó las cosas claras: «El trato será igual para todos, pero en el fútbol, como en la vida, hay caballos de carreras, a los que cepillan y  miman, y también hay caballos de labor». Fue entonces cuando el central andaluz Gallego le dijo a Mora: «Va, chavá, vamo a laborá». A Gallego, que era capitán, le quitaron los galones. Cruyff mostró su sabiduría y su largo galope. Gallego y sus maniobras casi bélicas desaparecieron de las alineaciones.

Nunca se supo si la asociación de la locura y el genio viene del pensamiento griego o viene de Cruyff. La locura es a veces alegre. Cruyff sostenía que si tiras un penalti no se puede parar. Y que en España se paraban habitualmente porque los árbitros dejaban moverse al portero. «Cruyff tenía una constante: no fallaba nunca. Un día, en un partido jugado en un ambiente encrespado en El Plantío, en Burgos, tiró un penalti y el balón fue al poste. Después, en el vestuario, nos dijo que lo había fallado a conciencia para evitar un problema de orden público. Cruyff estaba convencido de que no fallaba nunca».

Tensiones con Buckingham

Pasó el tiempo y en el vestuario azulgrana afloraron las envidias a Cruyff, a quien le encantaba dirigir el tráfico en el campo con ostensibles ademanes. Más de uno se refería al jugador holandés como «el urbano» y decían: «Que corra él». El entrenador de la temporada 75-76 era Hennes Weisweiler, que susurraba que el Barça ganaría la Liga si tuviera al madridista Pirri. El equipo andaba a trompicones y el club buscó el equilibrio en una cuerda floja que se rompió: Cruyff le ganó el pulso a Weisweiler, que se fue y acabó en el Cosmos. Montal, el presidente que fichó al holandés, me contó un día que Cruyff tenía sus exigencias. Además, defendía su dinero y el de sus compañeros. Laureano Ruiz, entrenador del juvenil, dirigió 10 partidos al Barça y volvió Michels, que había sido el entrenador de 1971 a 1975 tras sustituir a Vic Buckingham.

Mora se rebeló contra el técnico inglés. Fue el peor año de su vida de portero. Su cesión al Mestalla fue el peaje que pagó, en 1968, por hacer el servicio militar en Valencia. Un año inolvidable, el de los Juegos Olímpicos de México, donde fue el portero titular de la selección española, que logró diploma olímpico. Benito, Grande y Asensi destacaban en aquel conjunto. En Valencia estaban encantados con Mora pero al acabar la temporada, el Oviedo, un club parcialmente dirigido por militares, buscó su cesión a toda costa. Intervino el ministro del Ejército del régimen de Franco y golpista Juan Castañón de Mena y se fue a Asturias.

Al regresar a Barcelona, se enfrentó a Buckingham, que tenía de traductor a José María Minguella. «¡Váyase a la mierda, no para de putearme, me va a arruinar la carrera!», le gritaba Mora en el vestuario. Y Minguella traducía por libre: «El chico está nervioso». Lo cedieron al Elche y subió a Primera. Ya se mostraba como un portero adelantado a su tiempo, jugaba fuera del área con los pies. Michels lo reclamó y volvió al Barça para quedarse, en 1973. Reina fue traspasado al Atlético y Mora disputaba la titularidad a Sadurní.

En la concentración de Madrid, el 17 de febrero de 1974, Sadurní dijo que le dolía el codo. Michels le anunció a Mora que sería titular en el Bernabéu. Lo primero que pensó fue: «¡Vaya muerto me ha caído!». «¡Madre mía! Tuve que tragarme los nervios. Tenía que dar sensación de seguridad. Ni llamé a casa para decirles que jugaría. A los compañeros les decía que estuvieran tranquilos, que no era ningún niño, que ya había jugado en el Bernabéu con el Oviedo. Aún me emociono al recordar que jugué en el 0-5. Después de 14 años, ganamos la Liga. En Catalunya no hay nada más grande que haber jugado en el Barça». Michels alineó a Mora, Rifé, Costas, De la Cruz, Torres, Juan Carlos, Rexach, Asensi, Cruyff, Sotil y Marcial (Tomé). El tiempo y la vida toman las decisiones de una manera más sabia que nosotros. «Conseguí mi sueño de la infancia. Cuando jugaba en las calles de mi pueblo, siempre decía que un día jugaría en la portería de Ramallets».

Uno ama, se divierte y juega al fútbol tal como es, como su idea de la vida. Hablo con Pere Valentí Mora y pienso en el portero del Gramenet Botey; en el del Sant Andreu Hernández; en la enjundia de Pesudo que descubrió Manuel Vázquez Montalbán; en el Iríbar que conocí en Lezama; en el Arkonada que me invitó a pasear por la Concha, donde años más tarde hablé del escultor Eduardo Chillida con el malogrado Yubero, que acabó de portero en el Torredonjimeno; en el Buyo que conocí en Sevilla; en la camiseta dedicada de Unzué; en los guantes de Molina; en las recriminaciones de Zubizarreta a los periodistas por preguntar siempre lo mismo, y en las recomendaciones gastronómicas de Palop, que paraba melones para entrenarse. Mora se entrenaba en su pueblo con melocotones.

El golpe más duro

Chillida, que defendió la portería de la Real Sociedad, lo explicó muy bien: la mano llega antes que el corazón y que todo. La mano siempre fue una herramienta, aunque el fútbol ha cambiado demasiado. «El dinero lo pone todo patas arriba», decía el filósofo Bertrand Russell. A Pere Valentí Mora, lo que le cambió la vida de verdad fue la muerte en accidente de moto de su hijo Pere, en el 2005. Formado en los equipos de base del Barça, jugaba de portero en el Sants y sufrió el accidente al volver a casa después del entrenamiento. El brillo de su ausencia es insoportable en casa de los Mora. Han sido años muy complicados para ellos. La vida es el mayor de los misterios. Últimamente me lo encuentro en el parque Cervantes, de Barcelona, a donde voy a hacer 'footing', modo trote cochinero, y él a mantener el tipito. Allí coincidimos también con Vicente Egido, que entrena a un grupo de jóvenes atletas del Barça y que el día del 0-5 ganó el campeonato de Catalunya de cros en Caldes de Malavella. Egido les cuenta orgulloso a sus atletas que Mora fue el portero del 0-5.

Se aprende a ganar, a perder y a vivir. A entender aquella frase de Churchill: «No sufras por lo que no tiene remedio». Incluso las lágrimas se secan. «Un día, Roque Olsen me dijo que si un torero no tiene ninguna cornada no puede ser buen torero. La vida da cornadas».

La pérdida de un ser muy querido provoca  un sentimiento de desesperanza. Sin embargo, Juan Antonio Vallejo-Nágera, eminencia de nuestra psiquiatría, siempre mantuvo que la depresión, de repente un día se va y no deja cicatrices. Si acaso, el desánimo obliga a estar alerta. Te agarras más a las cosas de la vida que te gustan. Mora tiene una reverencia permanente por el recuerdo: «Si no tuvieras memoria, tendrías un enorme vacío. El recuerdo siempre tiene que estar presente en una persona». La vida siempre es lo que nos queda por vivir. «La vida sigue adelante, la vida no es un sinsentido».

0 Comentarios
cargando