02 dic 2020

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OTRA MANERA DE ENTENDER EL FÚTBOL

La vuelta de Zubizarreta

Markel, hijo del mítico portero, defiende la portería del CP Sarrià tras alejarse siete años del fútbol por estudios y trabajo «Tiene la serenidad de su padre», afirma su entrenador

EMILIO PÉREZ DE ROZAS
BARCELONA

No ha de ser fácil. Nada fácil. El domingo vestirte de corto, defender tu portería con solvencia (su equipo, el CP Sarrià, va cuarto del grupo 11 de Tercera Catalana y, el pasado domingo, derrotaron al líder), oír todo tipo de improperios hacia el árbitro de padres, madres, esposas, hermanos e hijos de los rivales y, al día siguiente, acudir a tu trabajo en la empresa TEDI, especializada en deporte para todos y, especialmente, en escolares a los que intenta educar y formar en la idea de que el deporte, además de sano, es ideal para ser una persona de bien en el futuro. En un futuro sin crispación, sin insultos.

Claro que esa no es la única contradicción que habita en la cabeza de Markel Zubizarreta, que, tras siete años sabáticos dedicados a su licenciatura en INEF y a salir adelante sin estirar la cuenta corriente de papá, ha decidido volver a situarse entre los palos. Y lo ha hecho en el equipo que veía entrenarse cuando abría la ventana de su habitación en la Residencia Sarrià, en Can Caralleu. De modo y manera que cierta mañana se metió en la web de la Federación Catalana, vio que el Sarrià buscaba portero y le envió un correo a su entrenador, Francesc Villarroya.

La respuesta fue inmediata. «¿Tiene usted algo que ver con Zubizarreta?», le contestó el gigantón Villarroya. «Sí, soy su hijo mayor, pero me llamo Markel, solo Markel». Le sometieron a una prueba y ahí está, de titular inamovible, con los mismos guantes que calzaba en el Danok Bal, los calzones del Barça, una camiseta del Athletic, como no, bajo la del CP y unas coderas de papá. Zurda prodigiosa (Andoni es ambidiestro: chuta con la izquierda, pero su mano buena es la derecha), temor a las salidas, control absoluto de la situación, serenidad admirable («eso es lo mejor que ha heredado de papá», dice Villarroya) y un corazón más grande que la portería.

Buffon y Toldo, los ídolos

Markel, de 25 años, era bueno, bueno. Pero prefirió estudiar. Luken, su hermano pequeño, de 19 años, es bueno, bueno («especialmente con los pies, hace las mismas filigranas que Cuenca», bromea aita Zubizarreta), pero ha preferido ser el mejor doctor de Euskadi y ahí está, sacando matrículas en Medicina. Y la pequeña, bueno, grandota, Jone, de 14 años, va para pívot y encesta en el Colegio Caspe. Markel admira a dos gigantones italianos, Gianluigi Buffon y Francesco Toldo. Le gustan, claro, las maneras de Iker Castillas y el tipazo de Víctor Valdés, pero le encantaría ver triunfar a su amigo Raúl Fernández, segundo portero del Athletic. «He vuelto a jugar porque necesito entrenarme», explica Markel, recién salido de la ducha de Can Caralleu. «Necesito la convivencia de un vestuario, esa complicidad que te une a los demás, que te hace ser servicial, ayudar, formar parte de un objetivo que no es otro que pasártelo bien con el deporte, disfrutar. Y mucho».

Ese ruido, la crispación, el ganar como sea, está reñido con ese espíritu, pero Markel lo lleva bien. No es fácil vivir, jugar en este fútbol 2.0, sin Twitter, donde la croqueta de Xavi saltaría por los aires y el quiebro de Iniesta terminaría con Andresito estrellado en la alambrada, queriendo o sin querer.

Markel se queja, ante la atenta mirada de aita, de que es imposible jugar raseando el balón en esta categoría. Y manoplas Zubi le explica que un día, en el Athletic campeón, todos entraron en la caseta hartos de no poder jugar tocando el balón y Javier Clemente les dijo: «¿Que no se puede rasear el balón? Pues jugáis por arriba, ¡anda que no hay sitio por arriba!»

Buen portero bajo palos

Villarroya explica que a sus chavales, buena gente, muy buena gente, les falta «fútbol de barrio». Es evidente que ese fútbol no les interesa, pero es el que hay. «Markel es muy bueno en el área pequeña, protege magníficamente su casita, aunque me gustaría que se atreviese a salir más que papá. No sé si lo conseguiré. Lo mejor de él es que se autoexige mucho. ¿Por su apellido? No, no, porque es un deportista muy sano que quiere competir al más alto nivel, sea donde sea».

Salimos de Can Caralleu. Aita estrena el Audi que le ha cedido el Bar-

ça. Markel se sube a su Ford Fiesta. Yo me voy en mi Scoopy. La peña se queda chocando unas birras.