EXJUGADOR DE WATERPOLO Y PREMIO PRÍNCIPE DE ASTURIAS 2001

Manel Estiarte: "He sido un privilegiado, pero la vida también me ha hecho llorar mucho"

Manel Estiarte.

Manel Estiarte.

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JOAN DOMÈNECH / DAVID TORRAS
BARCELONA

Es uno de los mejores deportistas españoles de la historia. Seis Juegos Olímpicos, Premio Príncipe de Asturias y un sinfín de títulos y medallas. Bautizado como el Maradona del agua, Manel Estiarte ha removido los recuerdos en un libro que repasa los momentos más emotivos de su vida. Pero Todos mis hermanos no es el relato de una carrera admirable. Es un duro ejercicio de autocrítica que revela las emociones y los dramas que se esconden detrás del éxito. Una obra que toca la fibra.

--¿Cuál ha sido la motivación para escribir este libro?

--Darme cuenta mientras lo hacía de que me encontraba bien. La idea inicial no era hablar de mí, sino de cosas que tenía muy adentro y no había sacado nunca. Tampoco podía. Mi padre falleció el año pasado y mi madre sufre demencia senil. Ahora me sentía con fuerzas. Ya me habían pedido hace años que escribiera un libro, pero no me habían convencido ni me habían tocado la fibra. Estoy contento de haberlo hecho ahora.

--¿Era una necesidad?

--No, no era una necesidad. Cuando acepté aún tenía dudas, pero mientras hablaba con el editor, me iba abriendo y explicando mis límites, mis carencias, las experiencias buenas que he vivido, las malas, mis errores, mis aciertos, noté que me sentía cada vez mejor. Y notar que mi familia, mi hermano, mis sobrinos, agradecían y compartían lo que estaba haciendo también me ha ayudado.

--Entrelaza su vida privada con su vida pública, con la deportiva.

--Sí, se trataba de compaginar los valores humanos, lo aprendido de mis padres y mi hermano, la pérdida de mi hermana, con los deportivos: ganar el oro olímpico, perder un oro, el proceso que vivimos en el waterpolo tras la llegada de los madrileños a la selección. Ellos nos enseñaron la Biblia, la arrogancia, la chulería, y nosotros les enseñamos el Antiguo Testamento, el esfuerzo, el sacrificio. Y lo que podía haber sido una mezcla explosiva derivó en una comunión brutal. Ellos trabajaron como demonios y nosotros repartimos cuando tocaba. Todo tenía sentido en su conjunto. Del deportista Estiarte, máximo goleador, participante en seis Juegos, con mil y pico partidos, no hablaría ni gesticularía tanto ni estaría tan contento del libro.

--¿Se ha desnudado mucho?

--No me gusta esa palabra y lo que se dice desnudarse, sacar algo que tienes muy dentro, es lo de Rosa. Eso lo he vivido solo. Mi padre estaba a unos metros, mi madre a más, y el que estaba ahí, a un paso de ella, era yo. Saco las lágrimas de hace 23 años y me encanta, con la máxima serenidad.

--Es muy autocrítico.

--Por eso me siento bien. Cuando lo leyó mi mujer, me dijo que parecía un paquete como waterpolista. Lo que intento explicar es que sé que era bueno, pero ahora, con la perspectiva de los años, sé que también me faltaba algo. Quería explicarlo, aunque me daba miedo al principio. Me pasó el miedo porque di a leer un par de capítulos a mi hermano, a mis sobrinos, a Pep. Mis compañeros tuvieron que convivir en la época en que se hablaba mucho de Estiarte y poco de ellos, y en el libro proclamo que no, que es de justicia reconocer que fueron ellos, todos, los artífices de los éxitos.

--Confiesa que fue un egoísta.

--Sé que era buen jugador y buen compañero, pero me faltaba la excelencia: el altruismo. Dentro del agua era un animal. No aceptaba que uno no entendiera algo o que otro no me diera bien los balones. Había partidos que marcaba cinco goles, perdíamos, y no me producía un disgusto. Dejar de ser un egoísta fue un proceso. Seguramente influyó la llegada del seleccionador croata Dragan Matutinovic por lo mucho que nos hizo sufrir a todos. Empecé a jugar más para el equipo, volvía atrás, robaba balones y noté que los demás me lo agradecían.

--El pasaje del suicido de su hermana es durísimo. Se hace difícil leerlo y aguantar las lágrimas.

--Sí, porque para la gente parece que haya pasado ahora. Pero es un reconocimiento a mi hermana, a mi familia, la verdad de lo que hemos vivido. Es la vida, lo que aprendemos, lo que nos pasa. Aquellos que te vienen por la espalda al acabar un partido y te dicen: '¡Qué suerte has tenido!' Sí, pero no. Como todos. Como tú. Cada uno tiene sus cosas. Sí, tendré suerte, pero me he entrenado muchísimo, mañana, tarde y noche, me han dado muchas hostias, y mi hermana se ha matado delante de mis ojos. ¿Suerte? He sido un privilegiado, pero mi mundo no es el del Manel Estiarte waterpolista y la vida me ha hecho llorar mucho.

--Y lo cambiaría todo...

--Por cinco minutos con mi hermana. O que a mis hijas no les pase nunca nada. No soy una víctima, tampoco. He tenido una vida, tengo una vida, y me la he ganado, no me ha venido todo rodado desde Manresa, luego Barcelona, luego Italia, los títulos, los elogios...

--¿Cómo llegó al convencimiento de explicar ese episodio?

--Básicamente, encontrar a la persona adecuada. No quería hacerlo, tenía mis dudas y me encontré un tío que me lo sacó. Eso y otras cosas que no había contado nunca. Y me di cuenta que luego me sentí mejor. ¿Egoísta otra vez? Puede ser.

--Le habrá costado mucho.

--Sí, pero me lo dictó el corazón. Hablar de ella me enorgullece y me entristece mucho. Nunca hablamos de ella en casa durante más de 20 años, mientras mi padre vivió, porque sufría mucho. Y me gusta hablar de ella, como del equipo y lo que vivimos. La final que perdimos en Barcelona, ante nuestras familias, un deporte minoritario como el waterpolo que llega arriba de todo y después de tres prórrogas, zas, pierdes. Podría repetir lo que sentí desde el último tiro de Miki Oca, que da en el palo, hasta que salgo de la piscina. Un dolor tan grande... Iba todo tan bien y nos convertíamos en perdedores, sin saber que cuatro años después la ganaríamos.

--El relato de ese partido es terriblemente emotivo.

--Tenía las imágenes grabadas segundo a segundo. Pero no tanto del partido, que no he vuelto a ver nunca más, igual que la final que ganamos en Atlanta, sino de todos los instantes anteriores: el calentamiento, el árbitro, el pasillo, el color de las paredes del pasillo, la luz del túnel... Y el sonido de las chancletas, tan común, y en el que nunca había reparado porque siempre había ruido. El silencio de aquel día, el grito de uno de mis compañeros de que íbamos a ganar "a esos comepizzas de mierda". Y pensar: 'No, no'. Cuatro años después, fueron los croatas quienes quisieron intimidarnos y nosotros callamos. Y ganamos.

--¿Cómo traslada todo ese bagaje el Estiarte waterpolista al Barça?

--A la institución puedo aportar la experiencia de un deportista que ha ganado y ha perdido, y ahora lo veo todo con perspectiva. Si pierdes y has hecho todo lo que podías, como nosotros en Barcelona-92, qué vas a hacer. A Pep puedo aportarle protección y experiencia deportiva, anímica. Tengo 10 años más que él. Nada de técnica ni táctica, no es mi mundo. Los comentarios que en verano hacíamos dos amigo, ahora los hacemos como entrenador, él, y como amigo, yo.

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--¿Y a los jugadores?

--Darles confianza. No puedo ir a contar batallitas diciéndoles que soy Manel Estiarte, que fui no sé qué. Son mentalidades diferentes, de países diferentes. Les he explicado y les he escrito que estoy de su lado, para lo que necesiten del club, del entrenador, de mí. Los catalanes los he sentido muy cerca desde el primer día, y los demás se van abriendo. Me han visto junto a Pep cada día, con el presidente codo a codo, con americana y corbata. Pero soy un deportista y si algo defenderé siempre es un vestuario. No puedo convencerles con palabras, sino con hechos.