CONSECUENCIAS DEL ASALTO AL CAPITOLIO

EEUU pierde (definitivamente) la inocencia

La insurrección de los trumpistas ha supuesto una nueva palada de tierra sobre el mito de Estados Unidos como portador y garante de la democracia universal.

Asalto al Capitolio, el pasado 6 de enero.

Asalto al Capitolio, el pasado 6 de enero. / REUTERS / Stephanie Keith

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El espectáculo ofrecido el 6 de enero en Washington por Donald Trump y varios miles de sus seguidores es quizá el último acto en el proceso de pérdida de la inocencia de la sociedad estadounidense.

Si con la guerra civil (1861-1865) y el asesinato de Abraham Lincoln se dijo que conoció los males de la nación, con la secuencia que empezó en el 'crash' de 1929, siguió con el asesinato de John F. Kennedy (22 de noviembre de 1963), se prolongó con la larguísima guerra de Vietnam y terminó momentáneamente con el 'caso Watergate' (1972-1974), se completó el despertar a la realidad. Pero la presidencia de Donald Trump, esa mezcla heteróclita de populismo, bravuconería y narcisismo, ha dañado el mito de la excepcionalidad estadounidense, de su presunta misión universal de sembrar la democracia por doquier tanto o más que cuantas sacudidas la han precedido.

Titulares sobre la dimisión de Richard Nixon, tras el 'caso Watergate', en 1974.

/ EFE

Una floja novela en curso

El asalto al Capitolio de Washington, la insistencia de Trump en presentarse como víctima de un gran fraude electoral y el desprecio presidencial por las normas más elementales de respeto a las instituciones han dado más sentido que nunca a lo sostenido por el escritor Richard Ford en un ensayo publicado en 'El País' un mes antes de las elecciones: "La historia estadounidense es una endeble novela en curso escrita con una certeza incómoda y provisional que tiene que ver con el lugar al que nos conducirá todo esto, un relato que precisa que muchas cosas vayan bien y que no demasiadas cosas importantes salgan mal para no desviarse mucho de su trama básica y optimista".

En Vietnam se enterró "la creencia en la superioridad moral de América", según el historiador James W. Ceaser

Esa provisionalidad y debilidad de las certidumbres quizá se convirtió en un rasgo característico y permanente del 'ethos' de la nación a partir de la matanza de Vietnam. En el sudeste asiático se enterró "la creencia en la superioridad moral de América, e incluso en la superioridad de su sistema económico y social", según manifestó en su momento el historiador James W. Ceaser, y sumó adeptos a la idea de que "el problema somos nosotros".

Saigón, en 1975, después de ser tomada por las tropas comunistas.

/ AFP

Frente al paradigma idealista, fruto de una supuesta superioridad moral que autorizaba a intervenir allí donde hiciera falta en nombre de la democracia, ganaron terreno el paradigma realista y la razón de Estado. Basta recordar los motivos que da Robert McNamara –el actor Bruce Greenwood– en la película 'Los archivos del Pentágono' para justificar el ocultamiento de los 'papeles del Pentágono', todas de orden oportunista y práctico.

A la vista de los datos precedentes, ¿qué permitió prolongar hasta nuestros días una relativa edad de la inocencia? ¿Fue la tradición heredada de los padres fundadores o el esfuerzo colectivo para ahuyentar los demonios familiares, aunque tales demonios siguen ahí con su toxicidad de siempre? Es posible que todo se resuma en la opinión de Francis Fukuyama en América, en la encrucijada: "El hegemón –EEUU en este caso– no tiene que ser solo bienintencionado, sino también prudente y sagaz en el ejercicio del poder".

Bandera confederada en el Capitolio, el pasado 6 de enero.

/ REUTERS / Mike Theiler

Males atávicos

Una sagacidad encubridora de males atávicos y males en curso. Entre los primeros, el cáncer del racismo, la incompatibilidad creciente entre las sociedades urbanas de las dos costas y la llamada 'América profunda', y la debilidad o inexistencia de los instrumentos de protección social. Entre los segundos, el coste social de la salida de la crisis financiera, que ha herido a una parte importante de la clase media que en 2016 se sintió atraída por las proclamas populistas de Trump.

El historiador James T. Patterson añade un factor trascendental en la mutación social: el conglomerado formado por las iglesias evangélicas y el catolicismo conservador, enemigos declarados de lo que denominan humanismo laico. Un frente destinado a salir en defensa de las esencias de la nación que dio pie a fenómenos como las 'megachurch', que acogieron y acogen una mezcla de oficios religiosos y 'shows' de televisión en 'prime time'. Muchos sacerdotes, pastores y predicadores se convirtieron en guías espirituales con discursos muy conservadores y guardianes de la identidad colectiva, casi siempre blanca, como si poco o nada hubiese cambiado desde los tiempos de los pioneros.

El supremacismo blanco es "la mayor amenaza terrorista que sufre Estados Unidos", sostiene el historiador Timothy Snyder

La presidencia de Trump encontró fieles aliados en este universo de certidumbres fundamentadas en los grandes mitos nacionales. La pátina religiosa encubrió algunos peligros como la influencia renacida del supremacismo blanco después de la presidencia de Barack Obama, "la mayor amenaza terrorista que sufre Estados Unidos", según Timothy Snyder. Pero el desarrollo de los acontecimientos entre la elección presidencial –el 3 de noviembre–, y el asalto al Congreso –6 de enero– ha quebrado este frente afecto a los designios de Trump, un caso específico de final de la inocencia con rostros específicos de clérigos sacudidos por la gravedad de los hechos.

El analista David Brooks ha recogido en 'The New York Times' el resultado de ese despertar a la realidad. Así, el reverendo Samuel Rodríguez clama literalmente al cielo: "Todos debemos arrepentirnos. Incluso la iglesia necesita arrepentirse». El ministro John Hagee es aún más explícito: "Esto fue un asalto a la ley. El asalto al Capitolio no fue patriotismo, fue la anarquía". Y el religioso Tim Remington, tan conservador como los anteriores, exige que "se acabe esta basura".

Ministros de iglesias conservadoras que dieron respaldo a Trump entonan el mea culpa y califican el asalto al Capitolio de "anarquía"

No es exagerado decir que, salvo para el trumpismo recalcitrante, el desenlace final del mandato de Trump ha erosionado más allá de toda previsión la idea subyacente a la excepcionalidad estadounidense, a esa convicción compartida desde antiguo por una sociedad educada en tal idea. Si en cierta ocasión Irving Kristol manifestó que "un neoconservador es un hombre de izquierdas que ha sido agredido por la realidad", hoy cabe hacer extensible la frase a cuantos han dejado de sentirse requeridos por las consignas de Trump, enfrentados de golpe y porrazo a una realidad angustiosa: el asalto al Capitolio fue el fracasado preámbulo que debía culminar con una agresión en toda regla al Estado de derecho.

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Visiones irreconciliables

En 2002, el profesor Joseph S. Nye recogió en 'La paradoja del poder' norteamericano el pronóstico del sociólogo Alan Wolfe: "Nuestro futuro como nación estará marcado por los conflictos incesantes entre una serie de visiones del mundo irreconocibles, planeando la posibilidad de que la estabilidad democrática que ha mantenido al país unido desde la guerra civil ya no sea posible". El violento y último despertar de la inocencia provocado por Trump confirmó la profecía y el pueblo que se creyó predestinado a difundir la democracia sintió que acaso había dejado de serlo.