26 nov 2020

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Pretty Woman.

FENÓMENO DE TAQUILLA

30 años de 'Pretty woman': ¿por qué la amamos o la detestamos?

Julia Roberts se convirtió hace 30 años en la reina soberana de la comedia romántica con ‘Pretty Woman’, un fenómeno dirigido por Garry Marshall que hoy todavía revienta audiencias. La película, que en España se estrenó el 10 de octubre de 1990, también sigue avivando conversaciones sobre si hay que amarla u olvidarla. En el 'Cuaderno', nos apuntamos al aniversario abriendo debate.

25 años de Pretty Woman: 5 argumentos a favor y en contra del filme. / ZML

"La película es frescura desenfadada"

CAROL ÁLVAREZ. A favor

Admítelo. Es difícil que oigas mencionar 'Pretty Woman' y no te pongas de buen humor. A la mayoría se nos dibuja una sonrisa en la cara, y la mente viaja lo que parece años luz al planeta nostalgia, tan 'hygge', tan confortable. Empecemos por su música. Son 30 años  los que cumple la película de Julia Roberts y Richard Gere y su recuerdo va inevitablemente envuelto de su banda sonora. Roy Orbison nos canta el gran clásico, como si no hubiera existido desde muchos años atrás, y el estribillo de 'Wild Women do' de Natalia Cole es un subidón para cualquier momento. Roxette y Red Hot Chilli Peppers están también ahí, y la romántica 'Fallen' de Lauren Wood. Una aportación inestimable a la 'music box' de nuestra vida. ¿En serio que no te emociona 'Fallen'? Se averiaron mis radiocasettes, pero aún perdura entre mis cachibaches ochenteros la cinta original de aquella banda sonora con la portada del cartel de la película, Roberts y Gere míticos,  dándose la espalda, y los grupos musicales en bandera a su izquierda.

Las decenas de reemisiones de la película en televisión podrían formar parte de la práctica de un experimento de Pavlov. Verla es pasar un buen rato, y siempre pasas un buen rato en esos 120 minutos gloriosos –la medida exacta de una película de cuando todas las películas tenían el ritmo narrativo perfecto–. Pensar en la película, en melodías de sus canciones, hasta el mismo nombre de Julia Roberts evoca una calidez y buen rollo de comedia romántica total.

El éxito de las decenas de reemisiones prueban que verla siempre implica pasar un buen rato

Porque 'Pretty Woman' es eso y ahí radica su valor. Un rato desenfadado. Está escrito que reirás todas y cada una de las veces que veas al personaje de Vivian pelearse con un caracol que quiere comerse en un lujoso restaurante y que acaba saltando por los aires. Su risa contagiosa debería ser patrimonio inmaterial de la Humanidad. También su carcajada cuando va a tocar un collar de diamantes que le muestra en una caja abierta Gere y, para bromear, le cierra de pronto y casi le pilla los dedos.

La mítica escena del baño con espuma.

Y metidos de lleno en la historia, ¿a quién no le gustaría pasar una sola semana, no digamos ya la semana que se pega la protagonista, en un hotelazo de lujo? Entramos en lo políticamente incorrecto pero...¿y esa bañera gigante llena de espuma donde Vivian se evade con los auriculares puestos? La conciencia ecológica ha evolucionado desde 1990, y lo que ahora se entiende como un sacrilegio era un gustazo de lo más inocente tiempo atrás. Esto ya es un ejercicio de arquelogía cinematográfica casi. En 10 años más me temo que hasta lo de comer caracoles nos parecerá un mal referente si triunfa el veganismo como 'polite thinking'. 

Me sigue
convenciendo la simpleza de la historia del chico conoce a chica se enamoran y tras algún tropiezo acaban juntos

Claro que podemos leer la película desde la óptica que disecciona una relación basada en el dominio masculino, desde su aparente legitimación de la prostitución... pero por encima de los mil mensajes feministas y sesudos críticos con la película, me sigue convenciendo la simpleza de la historia del chico conoce a chica se enamoran y tras algún tropiezo acaban juntos como final feliz. ¿A quién no le gustan los finales felices?

Luego también está ese Richard Gere. Poco más que añadir en este punto. 

Pero todavía hay más. 'Pretty Woman' también es el estilazo de Julia Roberts en una película que no envejece como tampoco sus distintos 'looks', desde su espectacular vestido rojo que luce en la ópera hasta su americana con tejanos, una combinación novedosa en aquellos tiempos, que simboliza también su propio reset vital en la película.

Especialmente inolvidable es el vestido marrón de lunares que luce en otra secuencia y que ha sido copiado por numerosas firmas de moda.

Ahora mismo, si quieres ver la película en Netflix, el buscador de Google te envía a la versión de Hong Kong. ¡Hong Kong! Por eso cada vez que la programan en un canal convencional a una hora concreta, se dispara la audiencia. Te retrotrae a la emoción del cine de parrilla que nos congregaba a todos a la misma hora, simultáneamente, en torno a una película. Era otra forma ya casi olvidada de experimentar el cine. 

"Un masaje a la masculinidad"

NÚRIA MARRÓN. En contra

No es agradable, y menos en el aniversario de un bonito recuerdo, colgar con el papel de aguafiestas. Ya imagino a un grueso de lectores poniendo los ojos en blanco y maldiciendo el momento en el que el feministódromo se dispuso a triturar sin piedad los cuentos de hadas, los finales felices y hasta los placeres culpables. Pero allá vamos. Reconozcámoslo ya de entrada y sin rodeos: en el 30º aniversario de su estreno, 'Pretty Woman' difícilmente pasa el examen de los tiemposLo dice incluso Julia Roberts, que tiempo atrás aseguró que hoy no la volvería a rodar. Probablemente no sea el tipo de cuento de hadas en el que querría que creyeran sus hijos.

La producción, es cierto, tiene sus bazas imbatibles. ¿Qué 'pero' podría ponerse a una banda sonora con Roy Orbison; a un estilismo que bascula entre Meghan Markle y Rosalía, y a una interpretación, sobre todo la de ella, que lleva a la película mucho más lejos de lo que es?

Julia Roberts afirma que no volvería a rodar la película: difícilmente pasa el examen de los tiempos

Incluso más allá de su frescura y argumentos evidentes, 'Pretty Woman' también señala en direcciones interesantes: nos recuerda, por ejemplo, que las prostitutas tienen voz –cosa que nunca está de más en los tiempos que corren– y dispensa un tutorial pertinente sobre salud y pactos previos al encuentro sexual: los condones son obligatorios, las tarifas se negocian –"yo decido quién, cuándo y cuánto", dice Vivian– y los besos en la boca quedan fuera de la transacción, aunque esto último sirva en realidad para que el público descubra con regocijo y entre codazos el momento exacto en el que Vivian, ¡por fin!, admite que está enamorada.

Y aquí ya empieza la cuesta abajo. Porque más que un cuento de hadas en el que una joven ve cumplido su sueño –¿qué sabemos en realidad de los deseos de ella más allá de que siempre fantaseó con el rescate de un príncipe azul?–, la película, artefacto hipermaterialista noventero, no deja de ser un masaje a la masculinidad tradicional, sección clase alta.

Vivian, con su amiga Kit.

Ya saben. Un tiburón de las finanzas 'control freak' y sin escrúpulos que colecciona traumas paternos –ese clásico– conoce a una joven bella y burbujeante que se dedica a la prostitución callejera tras romper con su último novio –¿en serio?–. Y al tiempo que él le compra ropa, mucha ropa –de hecho, Vivian se pasa la película entrando y saliendo de las tiendas de Rodeo Drive, donde por supuesto las airadas dependientas se convierten en las villanas del cuento–, la va domesticando hasta hacer de ella una dama de Park Avenue que queda estupenda en el polo y en las cenas de negocios está absolutamente segura de qué tenedor es el adecuado. A cambio, ella escucha sus traumas, lo divierte, lo baña y, sobre todo, humaniza su pétreo y herido corazón. 

Amores aparte, en una semana, él le compra mucha, mucha ropa, y ella acaba dulcificando su pétreo corazón

En el guion original, por cierto, no había ni rastro de esas dos fantasías masculinas tan recurrentes en la ficción como son el rescate de mujeres y el mito del Pigmalión. Titulado '3.000' –en alusión a los dólares que pactan por la semana que él la contrata como 'scort'–, en aquel primer texto, Edward (Richard Gere) echaba a patadas a Vivian del coche al expirar el contrato.

Pero Disney se cruzó por el camino y acabó alumbrando a este personaje de carcajada hechizante que, a diferencia de sus colegas yonquis que pueden acabar muertas en un contenedor, nunca encajó ni se mereció 'la calle'. Ella no era una 'chica de esas'. ¿Cómo iba a serlo –la banalización de la prostitución es de delirio– alguien que usa hilo dental y tiene un corazón tan puro y refinado que se emociona hasta el llanto al ir por primera vez a la ópera? "Casi me meo en las bragas de gusto", dice tras tomar el jet y asistir con gargantilla de diamantes a 'La traviata', en la recta final de aquella semana en la que, tras pelearse con los caracoles y los cubiertos, acaba descubriendo a la dama adecuada que siempre fue.

Sobra decir que el amor Disney no suele redimir a nadie y que las relaciones en las que el poder y el dinero caen de un lado y la vulnerabilidad y el estigma del otro no pintan demasiado bien 10 minutos después del «fin». Quizá, solo quizá, a Vivian y sus amigas les iría mejor si, como las antiheroínas de Virginie Despentes, se organizaran entre ellas para llevar las vidas deseadas, lejos de las visas de titanio y del arrullo condescendiente de los señores que van por la vida creyéndose los príncipes del mundo.