09 abr 2020

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DOCUMENTOS INÉDITOS DEL PRESIDENTE DE LA GENERALITAT EN EL EXILIO

Los demonios de Tarradellas

Andreu Farràs

REPUBLICANOS. Lluís Companys, Josep Tarradellas e Indalecio Prieto (segundo por la derecha), durante una visita a la tumba de Francesc Macià.

REPUBLICANOS. Lluís Companys, Josep Tarradellas e Indalecio Prieto (segundo por la derecha), durante una visita a la tumba de Francesc Macià. / EFE

Agosto de 1965 en Saint-Martin-le-Beau, la localidad francesa en la que vive exiliado Josep Tarradellas. El presidente de la Generalitat republicana recibe una llamada telefónica del director de la sucursal de Société General en Tours. Debería acercarse a la oficina bancaria lo antes posible porque de su caja de seguridad alquilada está saliendo un líquido extraño que se ha introducido en otros cofres. A la mañana siguiente, Tarradellas recorre los 20 kilómetros que separan Saint-Martin de Tours. Le esperan el director de la oficina y cinco empleados. Abren la caja de seguridad y se resuelve el misterio: la urna de plomo que contenía el corazón del 'president' Francesc Macià se había agujereado y el formol se había salido, deteriorando documentos de otras cajas de seguridad adyacentes.

¿Qué hacía el corazón de Macià en el centro de Francia? La anécdota, propia de un guion de los hermanos Cohen, es explicada en 'Tarradellas, el guardià de la memòria' (Pòrtic), el relato de las peripecias vitales de este político a partir de manuscritos suyos y de otros documentos inéditos hallados en los archivos que el 'president' depositó en el monasterio de Poblet, muchos de los cuales no han podido ser leídos hasta hace escaso tiempo por decisión presidencial.

Cuando falleció Macià, su cuerpo fue embalsamado. Sus hombres de confianza, Joan Alavedra (padre del ahora reo Macià Alavedra), y Melcior Font, decidieron guardar su corazón en una urna depositada en el Palau de la Generalitat, "para mantener la llama catalana". Antes de que entrasen las tropas rebeldes en Barcelona, Tarradellas recibió el encargo de llevarse al exilio la caja, que no regresó a Catalunya hasta 1979, dos años después del famoso "'ja soc aquí'", del que el próximo 23 de octubre se celebrarán cuatro décadas.

'El guardià de la memòria', escrito por los periodistas Enric Canals Josep Maria Ràfols, contiene revelaciones sobre la opinión que Tarradellas guardaba de personas que ostentaron cargos relevantes durante la Segunda República, la guerra civil, el exilio y la Transición. En más de una ocasión, las valoraciones sorprenden por su dureza. En otras, el dietario del 'president' expresa su estado de ánimo ante las adversidades personales que debe superar durante la guerra civil, la contienda mundial y un ostracismo de 38 años llenos de pobreza, persecución, aislamiento, incertidumbre y dignidad.

COMPANYS, "AMARGADO Y DESLEAL"

Al año de estallar la guerra civil, Tarradellas critica en su dietario la actitud de Lluís Companys, de cuyo Govern él es 'conseller en cap': "Tengo la impresión de que el 'president', en estos momentos, está haciendo quizá inconscientemente la política que la UGT y el cónsul de la URSS le están marcando (…) Él, que está acostumbrado a la adulación y la popularidad y a que sus órdenes no sean ni tan solo discutidas, se siente humillado y terriblemente amargado". Meses después, insistirá: "No creo en su lealtad. No juega limpio. Una vez más estoy seguro de que entre él y los comunistas hay un acuerdo".

Los comunistas integraban uno de los colectivos más odiados por Tarradellas, junto con los anarquistas. En sus escritos, ya en el exilio, ve una influyente mano roja en las decisiones de personalidades de la oposición antifranquista como Anton Cañellas, Maurici Serrahima o a los fundadores de Òmnium Cultural. El 27 de febrero de 1939, poco antes de atravesar la frontera, en Figueres, habla con ministros de la República que se han reunido en el castillo de Sant Ferran y escribe su última anotación sobre la guerra: "Esto no es un Gobierno sino una panda de memos o de cobardes. Dentro del castillo, con buena comida y a buen resguardo, sin ver la gran tragedia, todo es fácil y bonito".

ESCARRÉ, INSPIRADOR DEL VALLE DE LOS CAÍDOS

El abad Aureli Maria Escarré ha pasado a la historia, sobre todo, por sus declaraciones al diario Le Monde en las que manifestó su absoluto rechazo al franquismo. Aquella entrevista le costó un exilio que merecería su canonización laica; acabó siendo el símbolo del compromiso de la Iglesia catalana con la lucha por las libertades individuales y colectivas del país. Sin embargo, la realidad era algo más compleja, como recuerda 'El guardià de la memòria'.

Escarré presumía en los años 40 de intimar tanto con Franco que hasta le llamaba Paco y de que este quedó tan entusiasmado con la escolanía que le pidió que le asesorase para formar a niños cantores en la abadía benedictina (la misma orden que Montserrat) del Valle de los Caídos.

Tarradellas desconfió del cambio de actitud que Escarré mostró hacia la dictadura en los años siguientes, conocedor de la fama de autoritario que el abad tenía entre sus hermanos de comunidad. "Montserrat está bajo la influencia fuerte de comunistas y progresistas así como por viejos políticos del pasado que sueñan con una restauración monárquica", escribió el 'president' en 1964.

LOS "FRANQUISTAS" DE ÒMNIUM

También receló mucho el 'president' en el exilio de los fundadores de Òmnium Cultural, una de las entidades que en el actual procés reman con más ahínco a favor de la independencia. A su juicio, los hiperactivos promotores de Òmnium recaudaban un dinero entre los catalanistas de fuera y dentro de Catalunya que, si iba a sus arcas, era en detrimento de los partidarios de la restauración de la Generalitat, como él, que atravesó por graves dificultades económicas. Además, estaba convencido de que la entidad estaba infiltrada por los comunistas, a pesar del pasado condescendiente con la dictadura que, a su juicio, habían tenido algunas de sus cabezas visibles. "Son catalanistas en Barcelona, franquistas en Madrid, sirven fielmente al régimen y, al pasar la frontera, se presentan como ultranacionalistas".

Para limar asperezas, Josep Andreu Abelló propició una cena de Tarradellas en París con el empresario Joan Baptista Cendrós, secretario general de Òmnium. El president le exigió que cerrase la "embajada" que la entidad acababa de abrir en la capital francesa, porque distorsionaba la imagen de los catalanes en el exilio. Cendrós, que en 1966 se autodefinió como "un nazi catalán que piensa que todo lo que se haga por matar a los castellanos es bueno", se hartó del sermón de Tarradellas y soltó: "Mire, 'president', os lo diré de una manera bien catalana. El piso lo hemos abierto porque a mí me ha salido de los cojones y lo cerraremos cuando a mí me salga de los cojones". El 'cavaller Floïd' se referiría luego a Tarradellas como "el loco de Saint-Martin-le-Beau".

CON PUJOL, AMOR A PRIMERA VISTA

Para eludir la censura y burlar a la policía, Tarradellas y sus corresponsales en el interior se pusieron seudónimos. Él, por ejemplo, se hacía llamar 'Albert'; Joan Triadú era 'Astúries'; Joaquín Ruiz-Giménez, 'Granada'; Josep Benet, 'Cervera'; Pere Duran Farell, 'Caldes', y Jordi Pujol, 'Saragossa', porque había cumplido condena en la cárcel de Torrero (Zaragoza).

El primer encuentro de Tarradellas con quien sería su sucesor fue maravilloso, según los recuerdos de ambos. Se conocieron en persona el día de san José de 1970 en Clos de Mosny. Almorzaron. La sobremesa duró hasta la cena con unos amigos. Y luego estuvieron platicando a solas hasta las cuatro de la madrugada. Tras la cita, Tarradellas escribe a un conocido: "La impresión que me causó el amigo 'Saragossa' fue muy agradable. Su físico, sus palabras cordiales, su mirada inteligente me produjeron una excelente sorpresa". Y Pujol remata en sus memorias: "Tarradellas era un hombre impresionante". La opinión mutua de ambos políticos cambiaría de forma radical con el tiempo, como es bien sabido. Y llegaría a su clímax cuando Tarradellas, ya retirado, declaró en 1985 que la presidencia de Pujol era propia de una "dictadura blanca muy peligrosa".

HASSAN Y LA DEVOLUCIÓN DE CEUTA Y MELILLA

El editor Josep Fornas, el abogado Joan Sansa, el sastre Josep Camps Coma y Claudi Martínez Girona firmaron en 1959 el pacto de los Campos Elíseos. El acuerdo consistía en intentar conseguir que el rey de Marruecos, a través de su entonces príncipe heredero, el futuro Hassan II, ofreciera ayuda económica a la oposición antifranquista "a cambio de beneficios futuros, como la descolonización de las posesiones españolas en el norte de África". Camps, que atendía en su reputada sastrería de la avenida de los Campos Elíseos al rey Mohamed V y a su hijo, consiguió una audiencia con aquel el 17 de agosto de 1959 en Rabat. El monarca alauí recibió a Fornas y le aseguró que se sentía identificado con su causa: "El régimen franquista es una dictadura y, a la vez, una situación contra Catalunya, que nosotros defendemos, como nacionalistas". Pero, acto seguido, le conminó a él y a sus amigos catalanistas a abandonar sus pretensiones y a dejar en paz a su hijo.

EL MARQUÉS REPUBLICANO

De su primera entrevista con el rey Juan Carlos I en la Zarzuela, Tarradellas destaca este diálogo:

"-Señor, permítame que le diga que he sido, soy y seré republicano.

-Ya lo sabía. Siéntese, señor presidente".

Nueve años después de aquel encuentro, el exsecretario general de ERC aceptaría del nieto de Alfonso XIII el marquesado de Tarradellas.