24 sep 2020

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Esas mujeres machistas que se llaman feministas

Lucía Etxebarria

Voy a utilizar los términos de dos psicólogos sociales de referencia, Susan Fiske y Peter Glick, para ilustrar esta bonita cuestión.

Fiske y Glick definen tres tipos de prejuicio machista: el hostil, el benevolente y el ambivalente.

En el sexismo hostil, las actitudes discriminatorias están basadas en la supuesta inferioridad de las mujeres. Un ejemplo: el eurodiputado polaco Janusz Korwin-Mikke: «Las mujeres deben ganar menos que los hombres porque son más débiles, más pequeñas, menos inteligentes». Lo soltó tal cual, y en el Parlamento Europeo.

En el benevolente, la actitud está basada en la idea de que la mujer es el complemento del hombre. Otro ejemplo: el presidente francés Emmanuel Macron, quejándose de que su mujer no puede tener estatuto oficial como primera dama, con sus deberes y obligaciones. Macron da por hecho que si el presidente se hubiera casado, por ejemplo, con, una mujer (o con un hombre, ¿por qué no?) que fuera un/a relevante periodista, cirujano, arquitecto, abogado de prestigio, su pareja tendría que dejar su carrera para complementarle a él. Brigitte dejó su trabajo cuando su marido inició la carrera a la presidencia, para apoyarle a él. Es decir, para estar en un nivel subalterno, dependiendo económicamente de él. Porque, si tan importante era la asesoría de Brigitte, ¿por qué no la contrató Macron? Y, por supuesto, ni se plantea Macron que el próximo presidente pudiera ser viudo, divorciado, separado. O poliamoroso (que tuviera más de una relación amorosa estable). Los poliamorosos constituyen el 5% de la población y aunque la mayoría vivan aún en el armario, existen.

Imagínense la historia al revés. Que el presidente tenga 64 años y que se sepa que inició una historia con una mujer cuando ella tenía 15 y él 39 y era su profesor. Si los roles estuvieran cambiados ese hombre no hubiera tenido la menor posibilidad de llegar a presidente... Pero aquí actúa de nuevo el sexismo benevolente. Y lo que en un rol sería abuso o corrupción de menores, si el más joven es él, el hombre, no lo es. Porque se supone que el hombre es más asertivo, más inteligente, y más maduro, y por lo tanto nadie puede abusar de él, sino que al ser tan maduro se va con una mujer mayor ( eso es lo que nos han vendido de Macron).

Los psicólogos sociales

Susan Fiske y Peter Glick clasifican el prejuicio

machista en hostil,

benevolente y ambivalente

¿Qué sucede cuando un hombre es muy machista pero a la vez ama a su mujer de verdad? Pues sufre de sexismo ambivalente. Divide a las mujeres en dos. Las buenas, las que hay que cuidar y proteger, y las malas que son todas unas pécoras.

Un ejemplo lo tenemos en la última manifestación de Podemos. Un grupo de mujeres de la asociación VeLaLuz lleva acampado en la plaza del Sol, con el permiso de la autoridad competente, desde el 9 de febrero. Reclamando que el pacto de Estado contra la violencia de género incluya 25 puntos indispensables y que la violencia machista sea considerada como «cuestión de Estado».

La plaza se va llenando, y el espacio de las activistas deja de ser tal, para convertirse en una ocupación sin respeto alguno por parte de los manifestantes pro Podemos, que acusan a las chicas de «reventar el evento» o de (flipante) «ser del PP» (a gritos, no me lo hubiera creído si no lo llego a ver grabado). Ellas les recuerdan que ellas ya estaban en Sol mucho antes de que Podemos planeara siquiera su concentración.

Algunos de los manifestantes agreden físicamente a las chicas. Luego niegan que la agresión existiera. Entonces aparece un vídeo en el que se ve cómo un hombre pega una bofetada a una chica que ni siquiera le estaba mirando.

Y entonces ¿qué hacen algunas mujeres de Podemos? Justifican la violencia ¿Cómo lo hacen? Recurren al sexismo ambivalente. Dicen que hay un feminismo bueno y constructivo (el suyo) y que las otras no representan el «buen» feminismo.

El pasado domingo hablaba de una jovencita que se decía feminista, porque ahora de pronto el término está de moda y vende, y sin embargo ponía verde a otra por su físico, para defender al hombre que le había puesto los cuernos. Machismo disfrazado de feminismo. Ahora, ninguna mujer de entre las feministas de Podemos ha condenado esta agresión, mucho menos ha mostrado solidaridad con las mujeres acampadas que exigen algo justo. Y hablo de feministas históricas, maduras, con trayectoria, activistas de toda la vida que llevan años en esto. 

¿Feministas? Sí, cuando conviene.