Anna Batalla: "Mis padres se conocieron por carta estando presos"

ANNA BATALLA SOLÀ (Vallmoll, 1948). Hija de presos políticos e impulsora de la memoria de la cárcel de mujeres de Les Corts.

Anna Batalla Solà

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Cuando Anna Solà oyó su sentencia de muerte, se apretó tan fuerte que los dedos se le quedaron marcados en la piel. Al volver a la cárcel de mujeres de Les Corts , sus compañeras creyeron que la habían torturado. Pero no. Había sido el shock. De algún lugar había tenido que agarrarse: tenía 20 años y, en consejo de guerra, acababan de enviarla al paredón por «delitos ideológicos».

Significado de delitos ideológicos: Anna, funcionaria de la Generalitat, esperantista y fotógrafa aficionada, había militado en la Joventut Socialista de Catalunya, en UGT y en la Unió de Dones Antifeixistes. Pero había hecho algo peor que matar, escupía la sentencia: había prestado servicios a las "hordas" republicanas y había elogiado en la prensa al "rojo, separatista y masón" Companys.

Mientras estuvo en el filo de la ejecución, las monjas de San Vicente de Paúl, carceleras con ideas extremas sobre la vigilancia y el castigo, hacían formar de noche a las reas. "Se detenían delante de cada una, las miraban de arriba abajo y, lentamente, pasaban a la siguiente, hasta dar con la que iban a ejecutar", explica su hija, Anna Maria Batalla. 

Aquello no era más que el giro de una coreografía aterradora. Los primeros meses tras el fin de la guerra, Les Corts era un lugar inmundo en el que se hacinaban milicianas, políticas, porteras, enfermeras y madres y mujeres de perseguidos. "Dormían en el suelo con un jergón mugriento en un palmo cuadrado". Las letrinas supuraban. Se las comían la sarna, los piojos, el tifus, el hambre. "Mi madre vio morir a compañeras y a criaturas". El desespero era asfixiante. Algunas descubrían que sus maridos o hijos habían sido fusilados. A otras les quitaron a los hijos y no volvieron a verlos.

El abogado logró que le conmutaran la pena a 20 años de cárcel. Y antes de que le concedieran la libertad vigilada en 1941, ya mantenía una intensa correspondencia con otro preso político, por mediación de compañeros del celda. Un teniente de transmisiones llamado Josep Batalla que había malvivido en los campos de Argelers y Orduña, y que, de vuelta a su pueblo, también había sido delatado y condenado a 30 años. "Aquellas cartas fueron su único rayo de esperanza. Y aquella amistad se convirtió en amor. En un gran amor. Cuando mi madre fue excarcelada lo esperó. Y cuando él salió, en 1946, le pidió para casarse. Apenas se habían visto las cuatro o cinco veces que ella lo pudo visitar en la Modelo".

HAMBRE Y MARGINACIÓN

A aquellas alturas, Anna ya sabía que "la condena no acababa al salir de la cárcel: fuera les esperaban el hambre y la marginación". A ella la había delatado su casera, que echó a la familia de casa. Además de requisarles cuanto tenían, el padre fue despedido del ayuntamiento y solo unos amigos se atrevieron a alquilarles un piso. La familia sobrevivió con el sueldo de modista de la hermana mayor y, periódicamente, Anna debía personarse en comisaría, donde era "vejada" por guardias y falangistas.

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La suerte tampoco cambió cuando, ya casados, se fueron a cultivar las tierras que Josep había heredado en Tarragona. "Las malas cosechas y las heladas les obligaron a volver a Manresa" y con unos antecedentes penales que arrastraron 25 años. Él encontró trabajo en el textil. Ella nunca halló empleó estable. Trabajó por horas, dio clases de mecanografía, de taquigrafía, de confección.

"Una guerra marca a tres generaciones. En mi caso, creo que nunca fui niña. Conocí a muchos de sus amigos y crecí escuchando miles de historias, algunas terribles. Pero mis padres, ya fallecidos, nunca se apearon de sus ideales y repetían que habíamos perdido la guerra, sí, pero no nos habían vencido".