24 oct 2020

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Corazón moco

Risto Mejide

Poco se habla de lo que realmente importa. Poco se habla en general. Y encima, cuando lo hacemos, seguimos hablando de sentimientos como se hacía cuando no estaba bien hablar de sentimientos. Evolucionan las formas de relacionarse y sin embargo seguimos describiendo el amor como si no hubiese más posibilidades que las que tuvieron nuestros abuelos. Cuando todos sabemos que ya no es así. Que el cómo siempre condicionó el qué. Si nuestros antepasados hubiesen tenido Tinder, muchos no estaríamos leyendo esto. Eso dalo por seguro. Así que no nos deberíamos engañar más.

Algo pasa cuando llega el momento de abrirnos y damos un paso atrás, exhibiendo un pudor absolutamente impostado y muy poco útil, muy poco fiel a la verdad. Por un lado nos morimos por abrir nuestro corazón y se nota a leguas que lo necesitamos, pero por otro manifestamos un miedo atroz a hacerlo, miedo a hacernos daño, miedo a que nos lo hagan o miedo simplemente a ser malinterpretados, como si solo pudiésemos hablar de lo que sentimos desde el amarillismo o poniéndonos cursis. Y nada más lejos de la realidad.

En qué momento se jodió lo nuestro. En qué momento confundimos vida íntima con vida interior. Abrirse con exhibirse. Un escaparate con libros abiertos. Publicar una foto en Instagram con traicionar tu privacidad. Destrozarse la vida por dentro con saber abrirse en canal. Francamente, no lo sé, pero quizás por eso hoy quiero escribirte corazón en mano. Hoy quiero reivindicar las nuevas relaciones, los nuevos tipos víscera de los que tan poco se habla, porque aunque no se hable de ellos, existen, están ahí y oh sorpresa, hoy por hoy ya son mayoría y cada vez van a más.

Existen los clásicos corazones locos. Que aman de diversas formas y todas a la vez. Poliamorosos y compartidos. Indecisos o simplemente complementarios a varias bandas. Corazones que solo se sienten felices dentro de una mayor complejidad que la que la gente considera 'normal'. Porque querer ser 'normal' por encima de todo es la mejor forma que se me ocurre de perderse la vida de antemano, de renunciar por anticipado a toda felicidad. Cuando 'normal' se convierte en 'igual que los demás' lo siento pero estás jodido. Muy poco podemos hacer ya por ti.

Existen relaciones neoepistolares que solo funcionan cuando no están juntos y viven en permanente chat. Echarse de menos es más que una forma de compartir lo que se siente por alguien. Es otra forma de disfrutar. Y así deben seguir, pues cuando intentan juntarse, lo suyo es el desastre.

Existen relaciones que sólo funcionan en el recuerdo. Cuando las viviste igual hasta fueron un desastre, una guerra fría, de independencia, civil o incluso mundial. Pero eso da igual, tú ya no te acuerdas de eso, y lo que es un placer ahora es poderlas recordar. Justamente para eso fueron vividas. El error es cuando las intentas comparar con lo que tienes ahora. Pues entonces sí estás mezclando churras con merinas. Y a ver quién es el guapo que hoy por hoy las sabe diferenciar.

Existen relaciones que siempre están a punto de producirse, pero que no llegan a hacerlo jamás. Son las relaciones impasibles ante lo posible, en continua inflación del deseo y en permanente erección. Y ojo que éstas pueden provocar hasta dolor de ovarios, tengas lo que tengas, da igual.

Existen relaciones que no quieren aprender a quererse. Solo pretenden que el otro o la otra se adapte a la manera de querer propia. Y esas son las más dolorosas, pues tarde o temprano, por mucho que se quiera, se acaba queriendo mal.

Existen relaciones con el pestillo roto. Relaciones que dejan entrar a cualquiera a opinar, a juzgar, a valorar si aquello está bien o mal. Y cuando apagan la luz, se dan cuenta de lo solos que realmente se han quedado, pues todo el que opinaba lo hacía por envidia o por simple maldad colectiva, que es la más hipócrita de todas, pues cuenta encima con el beneplácito social. Lo que ocurre entre dos personas que se aman no sólo es sagrado, sino que debería ser nombrado reserva natural protegida por la ONU, por los cascos azules y por toda la Humanidad. Y hasta que no lo entiendan algunos, sólo demostrarán ser unos miserables de sentimiento, discapacitados emocionales, gente a la que solo hay que desearle que se cure algún día de lo suyo, pues sólo entonces podrá amar.

Y por último existen corazones como el mío. Corazón moco donde los haya. Corazón moco que a veces no me deja ni respirar. Corazón cada vez más pegajoso y sucio, que siempre aparece donde no debe y que vuelve con más fuerza cada vez que hace frío para recordarme que ya me he vuelto a resfriar. Y es entonces cuando pasas de los pañuelos de usar y tirar a los pañuelos de tela, que siempre visten, abrigan y duran más.

Bendito virus el nuestro. Bendita enfermedad.