14 ago 2020

Ir a contenido

ESCUDO FRENTE AL VIRUS

Las mascarillas han llegado para quedarse, mientras el virus siga por aquí

El uso de este elemento de protección es fundamental para frenar la expansión de la pandemia de covid-19

Esta prenda se integra en la cultura popular como un símbolo de solidaridad hacia el prójimo

Valentina Raffio

Varios ciudadanos con mascarilla pasean por las calles de Barcelona, este martes. 

Varios ciudadanos con mascarilla pasean por las calles de Barcelona, este martes.  / Ferran Nadeu

La pandemia de covid-19 sigue activa. El virus sigue pululando por las calles. Y el único ‘escudo’ que tenemos para hacer frente a este patógeno es la tríada de lavado de manosdistancia social y mascarilla. El uso de los tapabocas, obligatorios a partir de este jueves en toda Catalunya, ha llegado para quedarse. El porqué está claro. Si una persona portadora del virus estornuda sin ningún tipo de elemento de protección, su saliva puede salir disparada a una distancia de entre siete y ocho metros. Si tose, las gotas respiratorias viajar hasta dos metros. Y solo por respirar, el virus tiene hasta un metro y medio de recorrido para recorrer. Si esta misma persona se pusiera mascarilla, el recorrido del patógeno se cortaría de manera drástica. Un golpe de tos con tapabocas, por ejemplo, generaría a lo sumo una nube de partículas de apenas un metro.

Pero, atención, el escudo de las mascarillas solo funciona así de bien si se utilizan correctamente. Es decir, si el producto utilizado cumple con los estándares de calidad necesarios para garantizar que, efectivamente, retienen algo tan microscópico como un virus. Y si se utilizan correctamente. Pues de poco sirve llevar un tapabocas que no filtra. O apostar por uno de calidad y manosearlo, llevarlo colgado al cuello o ponérselo manteniendo la nariz fuera.

Una joven luce mascarillas, gafas decorativas y guantes en un paseo por Madrid durante las primeras fases del estado de alarma, en abril de este año. / JOSÉ LUIS ROCA

El virus sigue ahí fuera

No hay que olvidar, pues, que la principal vía de transmisión del virus son las gotas respiratorias que expulsamos al hablar, al toser o al estornudar. Es ahí donde el patógeno utiliza la saliva a modo de proyectil para ir de una persona a otra. Esta misma estrategia también le sirve, por ejemplo, para quedarse durante un tiempo en las superficies, de ahí que se recomiende el uso de guantes o gel hidroalcohólico en lugares concurridos y manoseados como los supermercados.

Asimismo, también hay cada vez más voces de científicos que recuerdan que, visto lo visto, no podemos menospreciar la capacidad de infección que suponen las partículas que se quedan flotando en el aire. Esta afirmación, situada ahora al centro de un debate, plantea algo tan sencillo como que si tenemos a una gran cantidad de personas infectadas en un espacio cerrado respirando, hablando y tosiendo sin mascarillas no podemos descartar que las nubes de partículas con carga viral que se quedan en el aire podrían acabar infectando a las personas sanas.

Símbolo de solidaridad

Las mascarillas se han convertido en el símbolo de un mundo que intenta volver a la normalidad mientras el virus sigue circulando. Su uso, aunque pueda resultar algo engorroso, también responde a una cuestión de costumbre. En Asia, por ejemplo, ya forman parte de la cultura popular. Y hasta se han ganado un lugar en el mundo de la moda. Es un símbolo de 'cortesía higiénica', casi de solidaridad y respeto hacia el prójimo, explican los usuarios asiáticos.

El COVID-19 ha traído la mascarilla, pero en Asia llevan décadas usándola. ¿Por qué? / ZML

Este mensaje cobra especial importancia ahora que, en medio de la gran incertidumbre sobre el futuro del virus, preocupa el papel de los portadores asintomáticos que, al carecer de señales de alarma, puedan bajar la guardia en cuanto a las medidas de prevención y seguir así expandiendo el virus. Sobre todo ahora que el mapamundi vuelve a sembrarse de rebrotes, también en España.

Las mascarillas, pues, han llegado para quedarse. Al menos hasta que el virus desaparezca (aunque no está nada claro cuándo esto ocurrirá). O hasta que hasta que se halle una vacuna segura y efectiva (capaz de evitar nuevos contagios) y un tratamiento eficaz (para tratar a los pacientes enfermos). Hasta entonces, toda precaución es poca.