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AVANCES DE CIENCIA

Todo lo que los árboles le han enseñado a la humanidad

La huella de la naturaleza sobre el ser humano sigue siendo visible en diferentes aspectos de nuestra vida

Jacques Tassin, investigador en ecología vegetal, reflexiona sobre esta cuestión en su nuevo libro

Jacques Tassin

Todo lo que los árboles le han enseñado a la humanidad

Fragmento de 'Pensar como un árbol' de Jacques Tassin, traducción de Clara Sabrià (Plataforma Editorial).

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Moldeados por los árboles

Este primer capítulo tiene el valor de un vistazo al retrovisor. ¿Qué debemos a los árboles, no por el uso que hacemos de ellos, sino en nuestra constitución externa? La evidencia se impone: la auténtica fábrica del hombre es el bosque. Los árboles nos han dado forma, tanto en nuestro cuerpo como en nuestro espíritu.

Si pueden parecernos a menudo solo algo verde, un tono impreciso y vago en nuestros decorados ambientales, es porque, en virtud de su omnipresencia, hemos dejado de verlos. Y, sin embargo, allí están y, por medio de nuestros sentidos, nos vuelven a llamar. Basta el canto de un pájaro, el perfume resinoso o el choque mate de una bellota al caer al suelo para que retomen de inmediato posesión del espacio. Entonces nos interpelan y nos emocionan.

Más allá de estos árboles tangibles, están también los que hemos guardado en nosotros. No son solo nuestros esquemas pulmonares, venosos, linfáticos o neuronales, redes conductoras de fluidos cuya libre génesis y el juego de ajustes mutuos dibujan invariablemente árboles en nosotros. Se trata también de la manera como el árbol ha polarizado al ser humano a lo largo de su génesis y de su evolución, en su constitución, su manera de ser y su propensión a considerar el mundo. Antón Chéjov hace decir a su personaje Mijáil Astrov que los bosques «enseñan al hombre a comprender la belleza y le inspiran sentimientos elevados». Ellos quizá nos enseñan lo mejor que hay en el mundo.

Vivimos según nuestra contemporaneidad y nuestra cultura del momento. Pero estamos atados para siempre a los árboles, que nuestros lejanos antepasados frecuentaban asiduamente. Entre el árbol y nosotros hay una atadura, invisible pero inmediata, que se tensa cada vez que jugamos a una búsqueda sensible, silenciosa, liberados del torrente de nuestros pensamientos, y dejamos que llegue hasta nosotros.

Moldeado

El cuerpo que nuestros lejanos ancestros arborícolas nos legaron sigue marcado con el sello de los árboles. Ellos siguen siendo nuestro primer molde anatómico. Dejaron sus huellas en nosotros, esculpieron nuestras formas, guiaron nuestra trayectoria evolutiva. Vivimos en el recuerdo de mundos antiguos íntimamente poblados de árboles, donde aprendimos a movernos.

Evolucionar sobre los árboles deja rastros. Nuestros cuerpos adoptaron sus formas singulares al contacto, experimentado durante sesenta y cinco millones de años, con las ramas, tan variadas en su talla y textura, desde la aparición del primer primate: Purgatorius unio. Nuestra columna vertebral se flexibilizó y marcó curvas privilegiadas en las regiones lumbar, dorsal y cervical. Nuestros miembros se alargaron y se dotaron de articulaciones eficaces. Son testigos nuestros hombros y puños, que permiten una gran movilidad en brazos y manos. Estas se fueron abriendo, nuestros dedos se alargaron y liberaron el uno del otro. A medida que nuestras garras iban perdiendo uña, nuestro pulgar se iba colocando en oposición respecto a los otros dedos. Nuestras falanges se articularon y la última de ellas adquirió una alta sensibilidad táctil. Nuestro esqueleto entero, al que se agarra nuestra musculatura, representa un potente sello del árbol sobre lo vivo.

Estos árboles que nos sostenían aprendimos a consumirlos, y este consumo sigue siendo vital. Comer varias frutas al día preserva nuestra salud. Nuestra dentadura se ajusta a la paleta de recursos alimentarios disponibles en la abundancia vital del dosel forestal. Atraídos por las formas vivas que allí están presentes —hojas, frutas, granos, yemas, insectos, miel, huevos, pajaritos, pequeños mamíferos y reptiles arborícolas—, nos convertimos en omnívoros, por no decir «arborívoros». Nos hacía falta cortar, despedazar y triturar y, de esta manera, a lo largo de un paciente aprendizaje bucal, ajustamos y conciliamos los juegos de incisivos, caninos y molares, lo que favoreció una gran movilidad maxilar. Nuestra dentición se ajusta a una alimentación extraída de los árboles.

"El cuerpo que nuestros lejanos ancestros arborícolas nos legaron sigue marcado con el sello de los árboles"

Jacques Tassin

'Pensar como un árbol' (Plataforma editorial)

Nuestro tracto digestivo nos hace más próximos a los primates frugívoros que a los primates carnívoros o folívoros. Y es que los árboles nos aprovecharon a su favor: nuestros ancestros dispersaban en el espacio, con sus deyecciones, granos contenidos en la fruta de la que se alimentaban. Como cualquiera de nosotros puede haber notado íntimamente, las pepitas y los granos resisten a la digestión y se evacúan en un estado favorable a su germinación. Los árboles se aseguraban de que nuestros antepasados colaborarían en la dispersión de sus semillas al ofrecerles la pulpa de su fruta, carnosa y dulce, suficientemente rica en glúcidos para incitarlos a cogerla. Pero para ello los obligaban a moverse en un universo donde siempre corrían el riesgo de una caída fatal. Y así impulsaron al ser humano, como a todos los primates, a establecer una gran dependencia de los jóvenes respecto a sus padres.

Nuestro sistema sensorial también se recompuso. La necesidad de un modo de vida diurno y de una visión estereoscópica empujó un deslizamiento de nuestros ojos hasta una posición frontal. Con ello, la percepción del mundo se transformó. Tanto para localizar los alimentos como para saltar de una rama a otra hacía falta una visión fiable, capaz de distinguir los colores, evaluar las distancias y localizar las trampas que un agujero sombrío podía esconder. Este entorno complejo estimulaba nuestra actividad intelectual, y el tamaño de nuestro cerebro aumentó. También sufrimos pérdidas, pues el deslizamiento a la posición frontal de nuestros ojos se hizo en detrimento de nuestra nariz y de nuestro olfato. Por suerte, el oído no quedó afectado; solo pasó a un segundo plano más adelante, por razones esencialmente culturales, a raíz de la invención de los lenguajes visuales y después de la escritura.

Hicieron falta cuarenta millones de años para que apareciera primero el Proconsul, hominoide original que comparte algunos caracteres con los grandes simios y con el ser humano. Desprovisto de cola, se desplazaba por las ramas en posición semivertical y tenía un cerebro de talla inusual. Entre sus descendientes que bajaron al suelo figuran los australopitecos, homínidos que vivieron entre 6 y 2,5 millones de años antes de nuestra era y que prefiguraron el género Homo. Se desplazaban en posición erguida durante varias decenas de metros, pero aún trepaban muy fácilmente a los árboles; la movilidad de su dedo gordo del pie era similar a la del chimpancé.

Hace solo trescientos mil años que el ser humano, este «gran simio migratorio», como lo nombra el paleoantropólogo Pascal Picq, se alejó de los árboles. Se fue a conquistar libremente el mundo, hacia latitudes y altitudes cada vez más elevadas. Pero este periodo no representa más que cinco milésimas de nuestra larga historia evolutiva como primates y no deberíamos extrañarnos de lo mucho que nos ha marcado nuestra larga y profunda intimidad con los árboles. Las características que hemos perdido al abandonarlos son menores: una cola que se ha convertido en muñón, unos pies sin capacidad prensil, un vello protector del que no queda gran cosa. Seguimos siendo seres constitucionalmente arborícolas.

Aprendizaje

Lo que vale para el cuerpo vale también para el espíritu. Esta larga cercanía con los árboles nos ha forjado íntimamente. Poco antes de su muerte, el etnólogo André-Georges Haudricourt tenía esta intuición: «Sigo sin encontrar una respuesta para la pregunta: ¿y si hubieran sido los otros seres vivos los que educaron a los seres humanos?».

Cada vez es más fuerte la presunción de que, por ejemplo, los seres humanos pudieron haber aprovechado la observación de los animales para identificar los remedios para algunas enfermedades. Según Michael Huffman, etnólogo norteamericano, la utilización, muy común en África bantú, de la planta vermífuga Vernonia amygdalina provendría de la observación directa de una automedicación de los chimpancés. Sabrina Krief, del Museo Nacional de Historia Natural, ha observado que los chimpancés de Uganda se curan gracias a una mezcla de hojas de la planta Trichilia rubescens y de tierra roja. Abundan ejemplos como estos, que sugieren que hemos aprendido el mundo con la intermediación de los otros seres vivos.

Parecería que descubrimos el biomimetismo cuando nos es constitutivo. El mango de las herramientas, palancas iniciales de nuestra tecnología, está concebido a imagen de los tallos de las hojas, las flores o la fruta. Nuestros primeros odres de agua se inspiraban en grandes frutas llenas de pulpa. Solo se trataba de prolongar la observación atenta de lo vivo por un sucedáneo biomimético.

"Cada vez es más fuerte la presunción de que, por ejemplo, los seres humanos pudieron haber aprovechado la observación de los animales para identificar los remedios para algunas enfermedades"

Jacques Tassin

'Pensar como un árbol' (Plataforma editorial)

El principio se enriqueció posteriormente con el saber tecnológico y los mangos y los odres se hicieron más complejos y desnaturalizados, pero el principio sigue ahí, intacto. Sin embargo, las nuevas tecnologías hoy en día solo nos dejan coger el mundo con la punta de los dedos, incluso solo con el pulgar, y ya no podemos agarrar como cuando agarrábamos un mango. Nos desconectamos del árbol para conectarnos en otro lugar. Y así nuestras manos se vacían. Frente a un mundo digital lleno de virtualidades, nuestro interés por el biomimetismo parece una compensación necesaria. Nos cura el desarraigo que sufre nuestro ser profundo.

No parece ninguna locura, dando un paso más allá de Haudricourt, preguntarse sobre qué parte de nuestro saber y de nuestro pensamiento debemos a los árboles. Si, en el momento de nuestra génesis, los árboles nos enseñaron a estar en este mundo, también nos enseñaron a aprender el mundo. Sobre las ramas principales de los árboles, inspirados por su verticalidad, empezamos a erguirnos, a dar nuestros primeros pasos.

Zócalo fundamental, inalterable, sobre el que se apoya nuestro caminar. Bajo los cascos de los caballos solo ha habido la firmeza reconfortante de las grandes praderas. Pero bajo los pies de los hombres persiste siempre el rastro de una rama, en ocasiones resbaladiza, que se dobla a veces bajo nuestro peso, nunca del todo segura. Y, cuando nuestro pensamiento se dispersa, aún hoy decimos que nos vamos por las ramas. Cuando buscamos una solución, vamos de rama en rama: el miedo a caerse en el vacío estructura nuestra mente y sentimos la necesidad de tener apoyos para ir por el mundo.

La huella del árbol actúa incluso más allá de nuestra memoria evolutiva. Cuando los niños crecen en entornos degradados, su capacidad de aprendizaje es menor. La falta de estímulos asociados con experiencias en medios naturales retrasa la estimulación mental. Se dan más casos de hiperactividad, de dificultades sociales y se generan más patologías. A la inversa, simples paseos por arboledas, para paliar lo que los psicólogos norteamericanos llaman nature deficit disorder (trastorno por déficit de naturaleza), aumentan los logros de lectura en los niños. No solo se dan menos casos de miopía, también se eleva su nivel de atención. Los niños que viven cerca de los árboles manifiestan un mayor sentimiento de pertenencia social. Son menos irritables, menos violentos y más buenos con los otros niños. ¿Cómo puede ser que la cercanía de los árboles llegue a acrecentar la atención de un niño por un ejercicio de lectura? Según los psicólogos del entorno, y muy particularmente según los estudios de los norteamericanos Rachel y Stephen Kaplan, el niño puede concentrarse mejor en una tarea particular si está en un ambiente arbóreo. La compañía de los árboles estimula también el juego de los niños. Ganan en agilidad, en coordinación de gestos, en vigor físico eintelectual. Los materiales que encuentran a mano afinan su curiosidad, estimulan su sentido de la observación y atizan su creatividad.

Para un niño muy pequeño, una hoja de plátano recogida del suelo, un día de noviembre, basta para maravillarlo y alegrarlo. Un tronco inclinado y ya está trepando hasta la cima del mundo, y simultáneamente se eleva él mismo. Esconderse detrás del mismo tronco es sustraerse momentáneamente de la mirada del otro e individualizarse, al mantenerse atento al presente.

Una naturaleza boscosa alimenta el compromiso personal en los niños, su gusto por la exploración y por la reflexión. Constituye un lugar privilegiado de aprendizaje social y cultural. Y basta una actividad tan banal como un paseo por el bosque para promover también el contacto directo entre niños y adultos. Todos estos efectos son mucho más evidentes entre niños que provienen de barrios urbanos desfavorecidos.

Para ayudar a los niños a comprender el mundo físico y social, para llevarlos de vuelta a una realidad de la que las pantallas los alejan, quizá debemos permitirles, antes que nada, que recuperen libremente, por vías lúdicas, el contacto con la naturaleza.

Sosiego

El objeto de este libro no consiste en detallar los efectos reguladores de los árboles sobre el entorno. Entre ellos figuran, en primer lugar, producir oxígeno, fijar el carbono atmosférico, descontaminar, refrescar el aire, regular las precipitaciones, depurar las aguas y los suelos y controlar la escorrentía. Esta regulación es primordial. Cuando, en 1291, Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso, creó la Administración de las Aguas y los Bosques, ya presentía sin duda, como sus contemporáneos, que los árboles orientan no solo el curso de los ríos, sino también el del mundo.

La influencia de los árboles juega a nuestro favor. De la misma manera que regulan en origen los tumultos climáticos, también calman las turbulencias de nuestro espíritu sometido al estrés. Frente a este mal de nuestro siglo, y a las perspectivas de expansión urbana, el tema no es superfluo. En Francia, casi el ochenta por ciento de la población vive en un entorno urbano. Su salud mental sufre por ello. Y, sin embargo, desde hace unos treinta años, los psicólogos notan una correlación entre la presencia de árboles a nuestro alrededor y nuestra capacidad para sentirnos a gusto con nosotros mismos. El green space (espacio verde) es nuestra vitamina G.

El artículo de Roger Ulrich en la revista Science en 1984 fue el precursor. Este profesor de arquitectura estaba interesado por los efectos del hábitat en la salud humana y accedió a los expedientes de pacientes de un hospital de Pensilvania entre 1972 y 1981. Se dedicó entonces a analizar la duración del posoperatorio de personas sometidas a una extirpación de la vesícula biliar. Tuvo en cuenta también las vistas que dichas personas podían disfrutar desde la ventana de su habitación. Demostró así que aquellas que podían contemplar árboles se recuperaban más rápido que las que solo veían una pared. También consumían menos analgésicos.

"Desde hace unos treinta años, los psicólogos notan una correlación entre la presencia de árboles a nuestro alrededor y nuestra capacidad para sentirnos a gusto con nosotros mismos"

Jacques Tassin

'Pensar como un árbol' (Plataforma editorial)

Los árboles nos dan sosiego y nos ayudan a restablecernos. Si nos fijamos en las viejas postales donde se representan hospitales de principios del siglo xx, vemos que están densamente rodeados de árboles. Hacía tiempo que el personal hospitalario había llegado a la misma conclusión que Ulrich.

Si bien es cierto que es difícil medir el grado de exposición a los árboles, que depende de la receptividad de cada uno y que no todos los árboles son iguales, no es menos cierto que invariablemente tienen un efecto positivo en nuestra mente.

En Japón encontramos una de las pruebas más evidentes: la práctica del shinrin-yoku (baño de bosque). En varias poblaciones japonesas se realizó el control de parámetros simples, como la presión arterial, el porcentaje de cortisol en la saliva o el ritmo cardíaco, indicadores del estrés de fácil medición. Los efectos relajantes de estos baños de bosque se midieron sin sesgo posible, repetidamente y en regiones diferentes. El efecto de los árboles en la atenuación del estrés es, a partir de entonces, innegable.

Son excepcionales los casos en que la presencia de los árboles perjudica nuestro bienestar al degradar, por ejemplo, la calidad del aire por la emisión de ozono y de partículas finas en tiempo de canícula y en un medio urbano, como ocurrió en un reciente verano berlinés.

Los árboles aún consiguen algo mejor porque contienen nuestros accesos de violencia, como demostraron Mary Wolfe y Jeremy Mennis, de la Universidad Temple de los Estados Unidos.17 Lo más habitual es creer que, en un medio urbano, los macizos vegetales constituyen refugios o barreras visuales que favorecen que personas malintencionadas escapen más fácilmente de la vigilancia. Pero el estudio dirigido por estos dos investigadores en geografía urbana reveló un efecto inverso.

Considerando que los espacios arbóreos, por poco cuidados que estén, representan también lugares de encuentro y de quietud social, los investigadores demostraron que la criminalidad disminuía cuando la superficie arbórea se expandía. Esta relación era independiente del estatus socioeconómico del barrio. La explicación es que los espacios arbóreos limpios y cuidados son percibidos por los individuos malhechores como lugares habitados por personas ciertamente acomodadas, pero también altamente vigiladas.

Pero, mejor aún, la vegetación frena directamente los accesos violentos. Opera a favor de una regulación de las agresiones. Una ciudad es más segura cuando la vista llega lejos, cuando los jardines privados son abiertos y sin barreras verdes. Pero lo es aún más si los espacios públicos plantados con árboles permanecen presentes en el vecindario. Esto intercede a favor de ciudades con muchos árboles, propicias a un mejor comportamiento social. Además, quizá en relación con su carácter desindividualizado, los árboles por sí mismos no manifiestan violencia. Contribuyen doblemente a conferir a las ciudades una tonalidad pacífica.