04 abr 2020

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AVANCES DE CIENCIA

En qué consiste la contaminacion ambiental y cómo hacer frente a ella

La excesiva presencia de contaminantes en nuestra vida diaria puede suponer un riesgo para nuestra salud

El doctor Miquel Porta explica algunas de las cuestiones más destacadas sobre el tema en su nuevo libro

Miquel Porta y Marta Espar

Vive más y mejor reduciendo tóxicos y contaminantes ambientales de Miquel Porta, con la colaboración de Marta Espar (Editorial Grijalbo, 2018)

Vive más y mejor reduciendo tóxicos y contaminantes ambientales de Miquel Porta, con la colaboración de Marta Espar (Editorial Grijalbo, 2018)

Fragmento de "Vive más y mejor reduciendo tóxicos y contaminantes ambientales" de Miquel Porta, con la colaboración de Marta Espar (Editorial Grijalbo, 2018).

Lea aquí los otros Avances de Ciencia de El Periódico.

Vive más y mejor

De alarmismo, nada, pues no alarma quien describe la realidad. De miedo, nada, pues el miedo suele ser mal consejero, y además no es saludable. Informémonos y cambiemos las cosas con tranquilidad.

Vivimos rodeados de contaminantes que pueden enfermarnos. Peor: estamos impregnados de ellos, literalmente. En nuestro plato podemos tener glifosato, clorpirifos, diazinón, paratión y otros plaguicidas organofosforados que se utilizan en la agricultura industrial. En nuestras casas, ftalatos, fenoles, perfluorados y otras sustancias artificiales utilizadas para plastificar juguetes, muebles o utensilios de cocina. Son invisibles a nuestros ojos, pero están ahí: los respiramos, los comemos, los bebemos. E incluso nos maquillamos o lavamos el pelo con productos que los contienen. Cada día respiramos, comemos, bebemos e incluso nos maquillamos o lavamos el pelo con sustancias cuya toxicidad es objeto de preocupación razonada en las sociedades más avanzadas.

En el interior del cuerpo humano es habitual encontrar disruptores endocrinos como el bisfenol A (BPA), plaguicidas «contemporáneos» (organofosforados, carbamatos, piretroides), plaguicidas «heredados» o «de legado» (diclorodifeniltricloroetileno o DDT, hexaclorobenceno, beta-hexaclorociclohexano y sus análogos, como el lindano), residuos industriales (dioxinas, policlorobifenilos) y numerosas otros sustancias tóxicas. Es una realidad, mirémosla con tranquilidad.

Desde hace años y cada semana los estudios científicos independientes están demostrando que numerosos contaminantes tóxicos están alterando nuestros sistemas endocrino, nervioso, inmunológico, cardiovascular o metabólico y contribuyendo a causar infertilidad, diabetes o hipertensión, además de algunos cánceres y otras enfermedades y trastornos.

Nuestra exposición a los contaminantes ambientales suele empezar en el vientre materno, pues muchos de ellos cruzan la placenta; es habitual detectarlos en ella, la placenta, y en el líquido amniótico (el que rodea al embrión y luego al feto). A menudo los niveles son bajos, pero a veces son bastante altos. Nuestra exposición a distintos contaminantes suele ser cotidiana a lo largo de toda la vida, en mayor o menor medida.

Distinguimos compuestos tóxicos persistentes y no persistentes, según si nuestro cuerpo los puede excretar o no. Circulan por nuestro interior, nos impregnan y los almacenamos o los eliminamos. El grado de exposición (la frecuencia con la que ocurre la exposición al contaminante, sus vías de absorción, sus concentraciones) influye mucho en los efectos que experimentaremos o no. Efectos que rara vez serán agudos o a corto plazo y perceptibles; a menudo son a largo plazo e imperceptibles hasta que emerge un trastorno o una enfermedad.

¿Dónde están los contaminantes? ¿Convivimos con ellos a diario?

Sí, convivimos con ellos a diario, los datos son claros. Están en muchos productos y bienes de consumo, a menudo útiles, que forman parte de nuestra vida diaria prácticamente desde que nos levantamos por la mañana hasta que nos acostamos por la noche. En algunos juguetes de los niños, productos de limpieza, cosmética, ropa, muebles, ordenadores. Pero sobre todo en lo que comemos, bebemos y respiramos. Las principales vías de entrada en el organismo humano son los alimentos y sus envases, el aire y el agua. Los datos, las informaciones y los conocimientos están ahí.

Eso quiere decir que estamos rodeados. Están en lo que comemos, respiramos y bebemos…

Sí, así es. Y aunque la palabra «rodeados» es bien cierta, se queda corta, porque a menudo los compuestos artificiales tóxicos entran y permanecen en el interior de nuestro cuerpo: experimentamos una auténtica contaminación interna.

Así que no sólo estamos rodeados, estamos permeados, impregnados. 

Sí. De hecho, la expresión «impregnación corporal» se utiliza en la literatura científica. La impregnación por compuestos tóxicos es literal, real.

¿Las dosis a las que nos “administramos” disruptores endocrinos y otros tóxicos, –es decir, a las que nos exponemos a ellos– tienen que ver con sus efectos nocivos?

Sí, en cierto modo, pero no como se había creído hasta hace unas décadas: hoy sabemos que numerosos contaminantes pueden ser dañinos a largo plazo tanto a concentraciones altas como a concentraciones o dosis bajas. También las hormonas naturales actúan en el organismo humano a concentraciones muy bajas. Las ciencias médicas han generado conocimiento sólido sobre los efectos adversos para la salud humana de las dosis o concentraciones bajas de ciertos contaminantes. Las mezclas de contaminantes y sus efectos son muy diferentes en los estudios toxicológicos que se realizan a corto plazo en animales y las que ocurren a largo plazo en las personas.

Disruptores endocrinos

Son perturbadores endocrinos u hormonas impostoras: sustancias químicas exógenas al cuerpo que imitan, potencian, inhiben o perturban de otras maneras el funcionamiento normal de las hormonas (las sustancias producidas por las glándulas del sistema endocrino). Así, por ejemplo, tienen actividad estrogénica (imitan y perturban los estrógenos, hormonas sexuales, principalmente femeninas, producidas sobre todo por los ovarios), o actividad antiandrogénica, o afectan al funcionamiento de la glándula tiroidea, el de los ovarios o el del páncreas endocrino.

¿A qué enfermedades contribuyen?

Contribuyen a causar múltiples problemas, pues las hormonas naturales del cuerpo humano son “mensajeros” fundamentales en muchos procesos esenciales para el buen funcionamiento del mismo; por ejemplo, los disruptores endocrinos contribuyen a causar problemas reproductivos y del neurodesarrollo, diabetes y algunos cánceres de mama, cánceres de endometrio, ovario, próstata, testículos y tiroides.

De modo que evitar la exposición y la contaminación por estos “impostores” o “imitadores de hormonas” ayuda a prevenir enfermedades del sistema reproductor (como infertilidad, pubertad precoz, ovarios poliquísticos, malformaciones de los genitales, endometriosis), algunos cánceres (probablemente parte de los cánceres de ovario, mama, testículos, tiroides, próstata), enfermedades neurológicas (algunas formas de las enfermedades de Parkinson y de Alzheimer), metabólicas (tiroideas, diabetes, obesidad), inflamatorias, o del sistema inmunológico; además quizá de algunos casos de enfermedades de causas todavía mal conocidas como la fibromialgia y el síndrome de fatiga crónica (las que actualmente tienden a llamarse «síndromes de sensibilización central»).

¿En qué productos se hallan? 

La atracina y el diclorodifeniltricloroetileno (DDT) se hallan en herbicidas y pesticidas; el bisfenol A (BPA), en plásticos y latas de alimentos (como parte de los revestimientos de resinas epoxi para prevenir la corrosión), en los tíquets o recibos de los supermercados y otros comercios, en los biberones y chupetes antiguos; los ftalatos, en envoltorios alimentarios, cosméticos y champús; los bifenilos policlorados (PCB) y los éteres difenílicos polibromados (PBDE) en retardantes de la llama presentes en tejidos, alfombras, mobiliario y dispositivos electrónicos.

La atención que en los últimos años han logrado los disruptores endocrinos y los correspondientes problemas de disrupción endocrina no debe hacernos olvidar que muchos de ellos también son cancerígenos o tóxicos para la reproducción.

La contaminación humana desde el siglo XX hasta hoy

Desde hace ya muchas décadas la química sintética ha contribuido de manera considerable a mejorar nuestra esperanza y calidad de vida, de modos muy distintos según el período histórico; en España, por ejemplo, con una intensidad muy diferente antes, durante y después de la autarquía franquista (1939-1959, aproximadamente, un período de especial pobreza y aislamiento internacional). Parece obvio que la química (bienes y servicios, fabricantes, distribuidores, ciudadanos-usuarios de toda índole, profesionales e instituciones de la investigación y el desarrollo) ha hecho esas aportaciones positivas a la par que muchas otras áreas de la ciencia y la tecnología, especialidades, empresas y políticas públicas y privadas. En Europa y otras partes del mundo, a menudo en contextos políticos y socioeconómicos muy favorables (ausencia de guerras, estabilidad democrática, progreso del Estado del Bienestar, evolución positiva de los ingresos económicos familiares, las condiciones laborales, la educación, el saneamiento, la sanidad y otras políticas sociales, etc.). Pero ese «progreso» también ha tenido efectos negativos (desigualdades sociales, deterioro ambiental, despoblación rural, etc.) y, obviamente, no nos ha salido gratis por completo, pues la factura es alta: numerosos trastornos, enfermedades, discapacidades y muertes prematuras, con unos elevados costes humanos, ambientales y económicos.

Especialmente a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, la exposición de los ciudadanos a los compuestos tóxicos persistentes y no persistentes se ha multiplicado, con aumentos –y luego algunos notables descensos– en nuestra exposición a numerosos y distintos grupos de contaminantes. Cada generación (técnicamente, cada “cohorte de nacimiento”) ha estado expuesta a distintas mezclas de tóxicos, desde el vientre materno y las subsiguientes etapas de la vida, hasta la vejez y la muerte, incluyendo contaminantes en el lugar de trabajo, los alimentos, el hogar, el ocio, el aire de las ciudades o el agua. También, por supuesto, cada generación ha estado y está expuesta a distintos tipos de alimentación y hábitos de vida (alcohol, tabaco, sedentarismo); a menudo más frugales y austeros en nuestros abuelos y padres, al menos hasta la década de 1960 (mis padres, por ejemplo, no empezaron a ir a cenar fuera de casa con asiduidad hasta esa década, cuando tenían más de treinta años). Ingerir todo tipo de alcoholes y alimentos industriales y ultraprocesados o, simplemente, comer a mediodía un menú en un bar ha sido mucho más habitual en quienes hoy tenemos entre cuarenta y sesenta años que en quienes en tiempos recientes han alcanzado los ochenta, noventa y más años. También la exposición perinatal a pesticidas fue muy distinta en quienes nacieron o bien antes, o bien después de 1960, aproximadamente. Nuestra salud actual y nuestra esperanza de vida son y serán distintas en parte debido a esas exposiciones: la actual austeridad monetaria y social es muy distinta de la austeridad de nuestros padres y abuelos.

De modo que esas diferentes experiencias históricas –colectivas y personales– deben tenerse en cuenta cuando pensamos en el bienestar y la salud de nuestros abuelos, padres, hijos y nietos. En epidemiología se separan y relacionan los efectos que sobre la salud tienen las exposiciones a factores beneficiosos (buenas condiciones laborales y socioeconómicas, nutrientes, educación, ambiente físico y cultural, etc.) y a factores adversos (malas condiciones laborales y socioeconómicas, contaminantes, violencia, etc.) según la edad que la persona tiene cuando se experimentan las exposiciones, el período histórico en el que se experimentan y la cohorte de nacimiento a la que se pertenece: a menudo debemos y podemos diferenciar los efectos de la edad, el período y la cohorte, pues las mezclas de exposiciones y a veces sus efectos no fueron las mismas si se tenían trece años (pubertad) en 1975 que si se tenían trece años en 2015, o las que experimentó en el vientre materno la generación que ahora tiene ochenta años y la que tiene veinte, por ejemplo.

Pero nuestra calidad vida no está en absoluto reñida con un mundo menos contaminado, al contrario: reconocer la factura que pagamos (como los efectos adversos de la química sintética) es esencial para disminuirla y aumentar nuestra calidad de vida. Propondremos algunas ideas más sobre ello en «Nada de fobias contra el progreso».

¿Cuándo empieza históricamente la contaminación interna?

Por supuesto que podríamos remontarnos a la Antigüedad y a otras épocas de la historia. Quizá ello consuele a algunos y justifique a otros. Pero el proceso de exposición y contaminación de los europeos y los norteamericanos a productos químicos artificiales es claramente intenso y masivo a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Es entonces cuando se generaliza nuestra contaminación por compuestos químicos artificiales, mediante procesos muchísimo más profundos que en otras épocas. Claro que siglos atrás ya había plomo, arsénico, incendios, emisiones de volcanes, etc., pero esa contaminación era muy diferente y miles de veces inferior a la que sufrimos masivamente desde hace unos setenta años. Nuestros abuelos y abuelas la vivieron durante parte de sus vidas; nuestros padres y madres, nosotros mismos y nuestros hijos y nietos experimentamos esa contaminación a lo largo de casi toda o toda nuestra vida. No es científico, ni racional ni bueno (moralmente) que neguemos estas realidades históricas, generacionales, actuales. Si lo negamos faltamos a la verdad y ponemos en peligro la búsqueda de soluciones, que las hay.

¿Hasta qué punto es normal la intoxicación en nuestra sociedad? 

Hoy es “normal” en el sentido estadístico, epidemiológico, antropológico y psicológico. Ciertamente, es frecuente, habitual, general. Está política y culturalmente bastante normalizada, aceptada, incluso impuesta; por ejemplo, se promueve sin cesar su necesidad o su inocuidad, la resignación, un vago nihilismo y un falso epicureísmo. Pero, claro, todo eso no significa que debamos aceptar la contaminación como normal, buena o verdadera en los sentidos moral, psicológico, cultural o político. Durante miles de años no ha sido normal. Durante milenios las cifras normales de DDE o HCB en sangre fue cero. Hoy todas y todos tenemos DDE y HCB en el cuerpo.

¿Significa eso que los avances no salen gratis? ¿Estar contaminados es la factura que debemos pagar por cierto progreso, por vivir en una sociedad «avanzada» o hay alternativas?

Todos vemos las alternativas que existen: en la realidad y en las mejores cabezas. No ignoramos que muchas ya se han hecho realidad: otra agricultura, otra ganadería, comida más saludable, menor consumo de alimentos ultraprocesados, menos uso del coche y más de medios de transporte colectivo no contaminantes, ciudades y lugares de trabajo con menor contaminación, maneras de vivir más sensatas y civilizadas...

Otra cosa es que tengamos pereza o que existan grandes obstáculos económicos. Es curioso que algunos se empeñen en decir que los avances en nuestro bienestar nos salen completamente gratis, sin problema alguno, cuando es obvio que todas las tecnologías tienen efectos indeseables, que a menudo nos presentan alguna “factura”. No tiene sentido común ni es práctico ignorarlo. No tenemos derecho a ignorar esa “factura”, no es honesto, no es verdad.

Explícanos más esa factura

Pensemos en personas que conocemos que están débiles, enfermas o han muerto antes de hora. ¿Por qué? Pensemos en esos niños que han padecido un cáncer o una diabetes tipo 1; esas mujeres jóvenes infértiles, con problemas de tiroides o reumatológicos, esos jóvenes con un cáncer agresivo, esas personas de mediana edad con inexplicados problemas de lípidos o cardiovasculares; esas abuelas que eran superdinámicas y pocos años después su personalidad ha desaparecido en un Alzheimer u otra demencia... Cerca de nosotros hay mucha enfermedad y muerte prematura. Los conocimientos científicos nos dicen que hay mucha enfermedad, sufrimiento y muerte prematura que podríamos evitar si actuásemos ante la evidencia de que muchos compuestos químicos, aparte de tener efectos positivos, contribuyen a causar esos graves problemas. De hecho, como veremos, ya estamos previniendo muchos problemas de salud cuando utilizamos alternativas más saludables.

No sé si esa visión de los efectos positivos y negativos es habitual...

En todo el espectro sociopolítico y mediático hay algunas organizaciones que promueven visiones de blanco y negro, maniqueas, falsas; como que toda la química sintética es buena o es mala. Pero en pleno siglo XXI ya hay muchas ciudadanas y ciudadanos que piensan libremente, sin prejuicios, y que, por tanto, viven con naturalidad visiones más científicas, equilibradas, ponderadas.

Entonces ¿qué hacemos?

Podemos vivir muy bien y pagar una “factura química” mucho menor. De hecho, podemos vivir mejor –con menos enfermedad y más bienestar, más años, añadiendo vida a esos años– con menos productos químicos sintéticos. Muchos lo han dicho y llevado a la práctica, muchas personas ya lo hacen.

¿Cómo se mide la contaminación interna? 

La contaminación interna puede medirse en cualquier matriz del cuerpo. Sangre, tejido graso y orina son los medios más frecuentes. Y de entre ellos, el más frecuente es la sangre, pues donarla es más fácil que donar otras muestras; lo cual aumenta la factibilidad de los estudios en personas y aumenta su validez interna y externa. También se puede medir en el aire exhalado o en la saliva. Y en cualquier órgano: en el cerebro, en el hígado, los riñones… Por ejemplo, hicimos un estudio sobre causas del cáncer de páncreas que midió las concentraciones de metales pesados en las uñas.

¿Hay diferencias en los niveles de contaminación que tenemos las personas y los grupos de una sociedad?

Sí. En una misma sociedad puede haber personas con concentraciones de DDE siete mil veces superiores a otra persona. En concreto, en un estudio representativo de la población general de Cataluña encontramos una persona con unos niveles sanguíneos de DDE de 1,17 ng/g y otra con 9.036,01 ng/g. Esta diferencia no es banal.

¿A qué se debe? 

En parte lo sabemos, y en parte, no. La edad y la generación a las que cada cual pertenece son un factor que influye en que tenga mayores o menores concentraciones. Hay quien de joven estuvo muy expuesto a algunos plaguicidas y lo ha estado a lo largo del tiempo. A veces el simple transcurrir del tiempo (y, por tanto, de la exposición al contaminante) explica que se tengan concentraciones superiores. Pero otras veces vemos concentraciones muy altas en personas jóvenes y bastante bajas en personas mayores, y no sabemos por qué.

¿Existen otros factores? 

La obesidad es otro factor que parece contribuir a aumentar nuestra contaminación. Muchos compuestos persistentes se acumulan en las grasas y, por lo tanto, las personas que ingieren más grasas y están más obesas tienen, en general, niveles más altos. A su vez –y esto es bastante preocupante– algunos contaminantes parecen ser obesógenos, es decir, pueden contribuir a aumentar la obesidad. Porque la obesidad no es sólo el resultado de un exceso de comida y bebida relativo a un déficit de actividad física, sino que a la obesidad y otros trastornos metabólicos también contribuyen los obesógenos químicos ambientales.

¿Qué podemos hacer para protegernos de los contaminantes?

En este libro proponemos muchas cosas, especialmente en el apartado «Para saber más». Por ejemplo, colaborar con la escuela de nuestros hijos para mejorar la calidad de lo que comen en ella. Tratar de comer menos y de más calidad. Si se puede, comprar alimentos ecológicos con garantías. Lavar la ropa, la fruta y la verdura con sentido común. No calentar los alimentos en envases de plástico o en latas porque los contaminantes migran al alimento con el calor. Utilizar más los recipientes de vidrio. Evitar en lo posible champús, desodorantes, jabones, dentífricos y cosméticos que contengan ftalatos, parabenos o triclosan. No fumar. Apoyar las políticas que disminuyen la contaminación externa e interna en el trabajo y la ciudad, en lo que respiramos, bebemos y comemos. Las soluciones son en parte individuales y en gran medida colectivas. Uno no puede ir a la pescadería y preguntar «¿Cómo va hoy el atún de mercurio?». En este libro contamos cómo muchas organizaciones y personas están mejorando las cosas.

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Este libro está dedicado “a quienes, tras leer algunas de sus páginas, no dirán «¿Sabes?, casi prefiero no saberlo...» y seguirán leyendo”. Por lo tanto, confío en que también te esté dedicado a ti.