El Tourmalet

París, París, París

Los chavales en bici, en la salida de la última etapa del Tour.

Los chavales en bici, en la salida de la última etapa del Tour. / LE TOUR

  • Este domingo apenas habrá cenas de equipos en París con buena parte de los corredores camino de Tokio.

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Sergi López-Egea
Sergi López-Egea

Periodista

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Nunca había mirado lo lejos que está la cima del Tourmalet de los Campos Elíseos de París: 887 kilómetros y ocho horas y media de coche tardaría un cicloturista parisino en llegar a la montaña pirenaica para intentar hacer realidad el sueño de conquistar la cumbre en bici. El de los ciclistas que este domingo circularán por la avenida más famosa de la capital francesa era terminar la carrera, llegar sin mayores contratiempos a París, porque aquello de celebrar por la noche los éxitos o simplemente la circunstancia de haber acabado la aventura de la Grande Boucle ya ha pasado a mejor vida. Este domingo buena parte de los corredores irán prácticamente al esprint hacia el aeropuerto Charles de Gaulle para subirse al primer avión con destino a Tokio, casi sin tiempo de ducharse y ponerse ropa cómoda para el viaje. Alguno, como Tadej Pogacar, dormirá en París para volar al día siguiente y los españoles irán primero a Madrid para incorporarse al vuelo que llevará a buena parte de los olímpicos hasta Japón.

Un lejano 18 de julio de 1959, tal día como este domingo hace 62 años, la celebración del final de Tour se trasladó a la Embajada Española donde se sirvió una paella para los invitados mientras el régimen se disponía a apropiarse de la victoria de Federico Martín Bahamontes en día tan señalado por el franquismo. En la época de Miguel Induráin era tradición que los invitados del desaparecido Banesto cenasen con el campeón del Tour y la prensa española que había narrado, cada cual a su manera, los éxitos del ciclista navarro. José Miguel Echávarri, director de Induráin, tomaba el micrófono a la hora del postre y siempre explicaba alguna anécdota o contratiempo de su ciclista: por ejemplo que había competido con fiebre ante Tony Rominger en la contrarreloj que cerró el Tour de 1993 y que el ciclista español perdió ante su rival suizo.

El viejo carácter familiar

Hasta Mario Conde, que por aquellos tiempos era el patrón de Banesto, se permitía bromear (por decir algo) para recomendar a Induráin no firmar los 'maillots' amarillos que algunos comensales habían comprado por no llevar la publicidad del banco. Este domingo por la noche habrá más ciclistas volando que durmiendo en París.

Los equipos han perdido buena parte del carácter familiar que tenían en época de Induráin. Entonces no había ni autobús, ni asesores de prensa, ni especialistas de márketing. Los equipos franceses eran franceses y los belgas, belgas, al igual que los italianos o los españoles. Hoy son auténticas multinacionales, salvo pequeñas excepciones, escuadras normalmente de segundo nivel que si apuesta por los corredores locales sencillamente es porque no tienen dinero para hacer grandes fichajes. Por poner un ejemplo, el conjunto del Trek es de nacionalidad estadounidense y ni un solo corredor norteamericano ha disputado el Tour. Los 'petrodólares' han entrado para formar escuadras potentes que se permiten ganar el Tour individualmente con Pogacar, en el caso del Emirates, o la clasificación por equipos por parte de del Bahrein, mientras que antiguas potencias en equipos y corredores, como Italia, ni siquiera han presentado un bloque suyo en el Tour para destacar como mejor corredor del país a Mattia Cattaneo, clasificado en la posición 12ª a 23 minutos de Pogacar. Al menos los españoles, que tampoco han estado muy brillantes, se han presentado en París con dos ciclistas (Enric Mas y Pello Bilbao) entre los diez mejores de la carrera.

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Hubo una vez en la que un corredor español tuvo que ser ayudado hasta la puerta de la habitación de su hotel después de mezclar algunas bebidas que lo habían dejado fuera de combate tras casi un mes a base de agua y refrescos para dejarlo completamente apajarado y lejos de encontrar la línea recta entre la calle y su cama. Pero la magia del Tour sigue sin perderse; en cuanto las autoridades han permitido la presencia de público, las carreteras se han llenado de amantes de la carrera que ya empiezan a contar los días que faltan para el nacimiento de la Grande Boucle de 2022.