EL TOURMALET

¡Allez, Alaphilippe!

El campeón del mundo ha encabezado al pelotón de ciclistas profesionales residentes en Andorra que ha acercado su 'oficina' a la Volta

El pelotón, camino de Port Ainé, en la Volta.

El pelotón, camino de Port Ainé, en la Volta. / LA VOLTA

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Sergi López-Egea
Sergi López-Egea

Periodista

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Los ciclistas denominan a la carretera por la que entrenan como 'la oficina'. Prácticamente, a excepción de unos pocos días en otoño cuando se toman vacaciones de verdad, salen a trabajar. Da igual que llueve, haga un calor tropical o un frío siberiano. En la 'oficina' no hay ni calefacción en invierno ni aire acondicionado en verano. Y, encima, los riesgos laborales conllevan a la difícil convivencia con los coches. Todos los días hay que coger la bici, algunos la llaman la 'burra', y hacer unos kilómetros; a veces más suaves y otras más intensos. Todos tienen su preparador físico, el del equipo o el particular, depende de si eres una figura o un gregario. Y ellos marcan el ritmo, lo que hay que hacer cada día. Y, ahora, con los ciclocomputadores, o los gps, o incluso el propio móvil, es imposible engañarlos. Un día colará que la técnica no ha funcionado, pero dos, no. Enseguida quedan registrados los datos y los preparadores ven y hasta adivinan el estado de forma de sus pupilos.

A visitar la Volta

Por la 'oficina' no todos los días pasan los compañeros, los que acuden a la batalla, los que se colocan un dorsal a la espalda y se disponen, con diferentes objetivos y consignas de los equipos, disputar una carrera como la Volta. Y es entonces cuando hay que acercarse al rincón de la 'oficina' para convertirse en un aficionado más, casi un cicloturista, y aplaudir a los compañeros y hasta ganarse unos bocinazos de saludo cuando pasa algún vehículo de tu equipo.

La cuarta etapa de la Volta, la reina de esta edición 100 de la carrera, partió de Ripoll para acercarse hasta Port Ainé pasando, entre otros lugares, por La Seu d'Urgell, a muy pocos kilómetros de la frontera andorrana. Y es en Andorra donde reside un nutrido grupo de corredores profesionales, más de 50, algunos en la Volta pero otros entrenando en la 'oficina', en un día en el que había que olvidarse de los puertos andorranos, adentrarse hacia las carreteras de la comarca catalana del Alt Camp y aplaudir al pelotón.

El jersey arcoíris

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Así que no resultó extraño cruzarse camino de la localidad de Martinet nada menos que con Julian Alaphilippe, al que era fácilmente identificar gracias al jersey arcoíris que tiene el honor de llevar como campeón del mundo de ciclismo 2020, curiosamente la gran carrera organizada por la UCI, la federación internacional, y la única que, curiosamente, mantuvo, pese a la pandemia, la fecha asignada antes de que el virus azotara al planeta.

Alaphilippe lleva ya un par de años residiendo en Andorra. Emigró en época de su brillante Tour, el de 2019, el que casi le gana a Egan Bernal, quien por aquella época también vivía en el país pirenaico antes de trasladarse a Mónaco. Las ventajas fiscales no distinguen las nacionalidades. Alaphilippe está acostumbrado en Francia a que el público acompañe su pedaleo al grito de "¡Allez, Alaphilippe!", aunque este jueves no tocaba ser el protagonista. En Andorra comparte vida con su pareja, casi tan famoso como él en Francia. Ella es Marion Rousse, una antigua ciclista profesional, que ha trabajado de modelo y que desde hace varios años es la voz femenina que colabora en la retransmisión del Tour y el resto de carreras que ofrece la televisión pública de su país. Ahora está embarazada. La pareja anunció que esperaba descendencia poco antes de Navidad.