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esfuerzo y tenacidad

Sergio Garrote, el campeón ciclista que pedalea con las manos

A los 40 años es la gran opción del ciclismo adaptado para conseguir la medalla de oro en los Juegos Paralímpicos de Tokio

Sergi López-Egea

Sergio Garrote, en pleno esfuerzo, durante un entrenamiento con su ’handbike’.

Sergio Garrote, en pleno esfuerzo, durante un entrenamiento con su ’handbike’. / SERGI CONESA

Hubo una vez en la que Forrest Gump se detuvo en medio de la carretera y miró hacia atrás. Se percató de las cientos de personas que lo imitaban. Todos corrían tras él. Pero dijo hasta aquí he llegado y aquí lo dejo. Quería, sin más, dar otro sentido a la vida. Sergio Garrote (40 años) iba para médico. ¿Una silla de ruedas? Qué tiene que ver para poder destacar en el campo de la medicina. ¿Un impedimento? ¿Para él? Para él, no. Jamás. Pero como Forrest Gump quería encontrar una nueva orientación. Y el cambio lo tenía enfrente. Una bicicleta se había cruzado en su vida. Era una bici distinta, diferente a la que -no lo esconde, por qué iba a hacerlo- realmente le gustaría utilizar. Tres ruedas y los pedales en las manos, en vez de los pies. Lejos de ser un juguete, una nueva atracción, una 'handbike' iba a ser a partir de entonces su inseparable compañera, hasta el punto de convertirse en estrella mundial y en la gran referencia del ciclismo paralímpico español para cubrirse de oro en los Juegos de Tokio.

Ahora se le ve escuchando los consejos de Jesús Ruiz, su entrenador, el gran mecenas del Club Ciclista Sant Boi. Lejos de exigirle, de hecho, Ruiz trata de frenarlo, que descansar de vez en cuando no es malo y hay que dejar aparcada la bici en la habitación-taller que tiene en su piso de Viladecans. ¿Qué sería de Garrote sin MirianMirian es su mujer. Pero también sus piernas son las suyas. La que lo anima y, sobre todo, lo ayuda hasta que se sube a la 'handbik'e para que sus manos pedaleen como si tuvieran la potencia de las rodillas de FroomeBernal o Landa. Y hasta aquí los tres personajes que forman parte de esta historia de la que Garrote es indiscutiblemente el protagonista principal.

Sergio Garrote, en pleno entrenamiento en la pista ciclista de Sant Boi / SERGI CONESA

Muestra la bici que se está montando. Le han llegado las piezas poco a poco. Cuesta un dineral pero se siente orgulloso de la que será la herramienta de trabajo que lo debe conducir hacia la medalla de oro en las pruebas de ruta y contrarreloj en Tokio 2020. "Mi bici solo la toco yo". No hay mecánico en el mundo que la cuide con tanto mimo como Sergio. En un pequeño cuarto mueve la silla de ruedas con habilidad hacia la mesa de trabajo, busca las herramientas y muestra los accesorios. "No hay tanta diferencia con una bicicleta convencional -explica- el material es el mismo. Mira este cambio, de carbono. Mira la marca. Es el mismo que utiliza Valverde". "¿Y la cadena por qué es tan larga?", se le pregunta. "Es que son dos cadenas unidas entre sí. Hay mayor distancia entre los platos y los piñones que en una bici convencional. También las bielas son más cortas para que se puedan hacer los movimientos con los brazos".

Garrote, en Sant Boi, antes de empezar el entrenamiento / SERGI CONESA

Es justo el instante en el que Ruiz interrumpe la conversación. "Es un espectáculo verlo, tumbado en la bici, prácticamente enganchado al suelo, subiendo varias veces a Begues, a 17 kilómetros por hora". Sonríe Sergio. De hecho, es el prototipo del atleta, no cabe duda, que vive entregado a un deporte llamado ciclismo. "Muchas veces pienso, si los coches no me ven y hasta en ocasiones, en la selva de la carretera, apenas me respetan. Si es un peligro salir a pedalear con una bici convencional, imagínate con la mía". Y Mirian, su mujer, asiente con la cabeza.

Sergio Garrote no le gusta recordar un pasado inscrito en tragedia. "El deporte paralímpico no tiene límite y puede haber campeones hasta con 60 años porque, desgraciadamente, salvo algunos competidores con lesiones desde nacimiento, nunca se sabe cuando llega un accidente". El suyo fue caer hace 22 años por el andamio de una obra. "Entonces yo solo tenía un lema, trabajar, trabajar y trabajar. Hacía poco que había nacido mi hija". Y un futuro incierto cuando se quedó parapléjico. Otros 14 años necesitó hasta que llegó una 'handbike' cargada de ilusión. "La ví y me dije. Es lo que quiero hacer. Pesaba 17 kilos y creo que más que de segunda era de cuarta mano". Fue duro convencer y explicar a los profesores de Medicina -estaba en cuarto curso- por qué dejaba aparcada, o mejor dicho finiquitada, la carrera. La nueva iba a orientarse hacia el ciclismo adaptado para convertirse en una figura mundial, actualmente subcampeón del mundo de ruta y contrarreloj, pero con todos los números para que la plata se convierta el año que viene en el más brillante de los oros.

"Si pierdo, no quiero verme solo"

Sergio Mira a Mirian. "Si pierdo, no quiero verme solo. Sin mi mujer no podría llevar solo este deporte". Ella va con él a todas partes. Le prepara los avituallamientos. Lo acompaña en las salidas y llegadas, lo ayuda con la silla de ruedas, viajan juntos en el avión y hasta Félix García Casas, profesional del ciclismo en los años 90 y seleccionador paralímpico, comprende y ve necesaria la presencia de Mirian

El protagonista de esta historia saca la 'handbike' del maletero del coche / SERGI CONESA

"No hay mucha diferencia en la preparación que pueda llevar un ciclista profesional tradicional. Salgo todos los días en bici. Y pincho como cualquier otro corredor. Llevo una alimentación muy estrica. ¿Una cerveza? Algún viernes, pocos. Pero debo cuidarme y combinar, ahora en pretemporada, los entrenamientos en carretera con sesiones en la piscina y el gimnasio, también con el fisio. Y, además, en los tiempos libres debes pelearte por conseguir patrocinadores. Tengo la ayuda del plan ADO (la que reciben atletas olímpicos y paralímpicos con opción de medallas) y una pensión por mi accidente. Pero los viajes y el material son muy caros y mi especialidad no tiene mucha visibilidad".

Ahora se le ve en la pista de ciclismo de Sant Boi. Allí puede pedalear sin la bandera que sobresale de su bici para que los automovilistas lo distingan en la 'selva'. Vueltas y más vueltas a un circuito de 400 metros a una velocidad de vértigo con Japón como destino y la siempre mirada cómplice de Mirian