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EL PERFIL DEL GANADOR

Chris Froome, una 'maglia rosa' tan fría como educada

El líder del Sky atacó el viernes en la misma Finestre donde Landa, en situación similar, pudo quitarle el Giro a Contador en el 2015

Sergi López-Egea

Chris Froome posa con el trofeo del Giro en el podio de Roma.

Chris Froome posa con el trofeo del Giro en el podio de Roma. / AP / Daniel Dal Zennaro

Hubo un precedente casi épico en el ‘sterrato’ de la Finestre. Giuseppe Martinelli, en el 2015 director del Astana, como ahora, y muchos años antes de Marco Pantani, ordenó a Mikel Landa, entonces bajo sus órdenes, que se detuviera para esperar a Fabio Aru. El ciclista vasco puso el freno y sin pretenderlo salvo la vida a Alberto Contador, ganador en Milán, pero que en aquella ascensión sufría tanto o más que la mayoría de rivales de Chris Froome, el pasado viernes, por el mismo escenario.

Seguramente, de no haber levantado el pie, hoy el ciclista vasco del Movistar tendría un Giro en su palmarés y Contador no habría llegado tan feliz a la meta de Sestriere. En el 2015 ese monte llamado Finestre, con ocho kilómetros que jamás en la vida se asfaltarán para mayor épica del ciclismo, pudo ser tan decisivo como el viernes, aunque ya por los siglos de los siglos se le recordará como el monte en el que Froome realizó la mayor gesta de su carrera deportiva y comparable a la mítica escapada de Eddy Merckx, en el Tour, el de 1969, donde todo es siempre más importante, por los ‘monumentos’ de los Pirineos.

Froome, 33 años, es el ciclista casi apátrida, nacido en Kenia, criado en Sudáfrica, un británico que jamás ha vivido en el Reino Unido, y que sigue siendo de los últimos corredores que quedan apostando por pagar cero impuestos en Mónaco y no se ha decantado por trasladarse a Andorra aunque un café cueste como una comida en un bar andorrano. Y también el corredor que más parece sufrir sobre la bici y menos disfrutar de la profesión. ¿Alguien le ha visto alguna vez relajándose un minuto admirando el paisaje? No quita ojo al pequeño ordenador que lleva instalado en el manillar de la bicicleta y que le va indicando todo lo necesario para no fallar ni pasarse de la raya mientras pedalea.

La gestión del positivo

Hace unos meses, concentrado en Mallorca, supo que se había hecho público un asunto que lo atormentaba. Un exceso con el ventolín podía hacerle perder la Vuelta. Los compañeros lo esperaban en el hall del hotel mallorquín y cuando él llegó, como si nada, como si su carrera deportiva no estuviera a punto de sufrir un mazado en toda regla. Saludó a los nuevos, se abrazó con los antiguos y se mostró cordial, sin ser dicharachero, quizás hasta frío, pero sí tremendamente educado.

Nunca ha pronunciado una frase fuera de lugar en las conferencias de prensa que ha dado en el Tour. Pero nunca jamás, antes del viernes, había sido capaz de ganar una carrera si perdía dos minutos en la general. No lo hizo ante Nairo Quintana, en la Vuelta del 2016, donde cometió el peor error táctico de su vida, al quedarse cortado en una etapa que alteró Contador, camino de Formigal, al atacar de salida.

Nadie, solo él y el séquito del Sky, creía en la resurrección de Froome en este Giro, después de caerse dos veces y perder tiempo en cada puerto a excepción del Zoncolan. Pero en la Finestre distribuyeron a los auxiliares para que tuviera avituallamiento a lo largo de la subida, en lo que para su equipo fue un ataque premeditado, a 80 kilómetros de la meta, como los de antes, como los de Merckx o como el que hizo Floyd Landis en el Tour del 2006, aunque en este caso no cuenta para la historia ya que iba cargado hasta las cejas de testosterona. De la mala.