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¿Cómo aprendemos a amar?

Natalia Belousova, terapeuta

Nuestras formas de amar en la vida adulta están muy influidas por la historia de amor que hemos vivido en nuestra familia. Estas primeras relaciones marcan, dejan huella y tienden a moldear nuestra visión de lo que es la vida amorosa. De las satisfacciones y frustraciones de esa época quedarán rasgos, memorias en lo inconsciente que determinarán nuestros patrones de relación en el amor.
Por ejemplo, si un niño crece en un ambiente donde los padres se discuten constantemente, el niño asociará el amor con las discusiones. O si los padres dejaron de quererse y mantuvieron el matrimonio solo por los hijos, el niño aprenderá que amar es una obligación y que no hay permiso para ser libre, que hay que aguantar, y seguramente hará lo mismo en sus relaciones.
¿Cómo aprendemos a amar? La primera persona en esta vida que nos regala el amor es nuestra madre. Si la madre no nos enseñó a amar, difícilmente podamos amarnos a nosotros mismos y, como consecuencia, amar al otro. El padre es quien nos enseña el mundo y también da el amor y la energía masculina. Si no hay padre, es la madre quien se encarga de crear la imagen del mismo, y allí depende mucho de la relación que tuvo de pareja; sus vivencias se reflejarán en lo que transmita al niño/a.

EL CAMBIO

Descubrir cómo es la trama que sustenta nuestras relaciones de pareja y cuáles son los propios fantasmas que boicotean la relación libera gran parte de los conflictos y da lugar al cambio.
Si una mujer vivió el abandono de pequeña, es muy probable que en sus relaciones amorosas repita el patrón y, de forma inconsciente, atraiga hombres que la acaben abandonando o que no estén 100% disponibles para ella y pasará por algo parecido emocionalmente a lo que pasó en su infancia.

Las vivencias de un niño no son como se ven desde fuera; son muy personales: el mismo hecho puede ser vivido de una forma por un hermano y de forma contraria por otro, y en esto influye como cada uno vivió la relación con la madre y con el padre, y cómo los padres se trataron entre sí. Es muy importante para el terapeuta sacar a la luz las emociones que acompañan a las vivencias y hacer conscientes estos patrones de conducta de los que la persona se impregnó como una esponja durante su infancia y adolescencia, cuando el cerebro analítico aún no estaba desarrollado y lo tomaba todo como verdadero e imitaba sin cuestionarse si estaba bien o mal.

EL CAMBIO

Muchos de los conflictos y dificultades que vivimos en la pareja reflejan modelos de relación del pasado que distorsionan nuestra percepción del presente. Sin ser conscientes, esperamos que nuestra pareja llene el vacío que dejaron aquellas carencias y afectos, y esto impide establecer una relación más equilibrada en el presente.
Si hablamos de terapia de pareja, nos encontramos con dos personas, cada uno con sus vivencias y su historia que se fusiona con otra persona que tiene las suyas. Aquí se funden dos sistemas familiares, dos clanes.
Las relaciones de pareja sanas empiezan por aceptar la historia familiar de uno como lo mejor que le ha pasado. Si la persona lucha contra lo que pasó, no está conforme, juzga su historia, la recuerda con rencor, rabia, tristeza, arrepentimiento o resentimiento. Y lo va a transferir a sus relaciones de pareja, diciendo “yo nunca te abandonaré”, para reivindicar y hacer lo contrario a lo que hizo su madre o padre. La persona se ata a esa vivencia y aunque haga lo contrario, está repitiendo el patrón, y no está siendo libre. A lo mejor nunca abandonará a su pareja, pero será aguantando y no siendo sincero consigo mismo/a (el propósito será llevar la contraria a lo que ha vivido). Solo desde el amor, podemos soltar y emprender un nuevo camino, crear una familia y relación libre de prejuicios y ataduras.
El camino es estar en paz con lo que a cada uno le ha tocado vivir, aceptarlo, abrazarlo y amarlo, con el dolor que pueda conllevar.  

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