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La lunática sucesora de Christa Leem

Quién nos iba a decir que los locos años 20, pero los del siglo XXI, serían tan virulentos ideológicamente que el estriptís podría volver como una forma de protesta

Mei, en el camerino, minutos antes de que dé comienzo el espectáculo.

Mei, en el camerino, minutos antes de que dé comienzo el espectáculo. / MANU MITRU

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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“Tienes que verla. Es la nueva Christa Leem”. Probablemente Joan Estrada, el Atlas sobre cuya primera vértebra cervical se apoyaba el peso de la mítica Cúpula Venus de Barcelona, pida en la mesa que le pasen la sal con idéntica pasión. “Tienes que verla, insisto, tiene aquel ‘nosequé’ de Christa”, repitió varias veces Estrada. Me había citado con él para preparar una crónica (ahora ya publicada) sobre los seis años en que en Barcelona germinó una minúscula pero millonaria industria de cine ‘S’. Del contexto de aquel lúbrico sexenio Estrada no solo es un pozo de divertidísima sabiduría, sino que incluso tuvo un papelito menor en una de aquellas procaces películas. Total, que estaba muy claro que no iba a aceptar un no por respuesta, así que la única duda por resolver es qué se pone uno para ir a un cabaretero espectáculo de estriptís junto al Paral·lel, para un pase privado, sin parecer el panoli Michael York deslumbrado por Liza Minnelli.

Antes de contar quién es la lunática Mei, adjetivo que, como ser verá, no es lo que parece, hay que refrescar primero la figura de Christa Leem, la barcelonesa que en los años setenta desbrozó caminos tan poco explorados del estriptís por estas latitudes, que la intelectualidad y la izquierda de la época la encumbraron a la categoría de musa. Suyo fue el primer desnudo integral de Televisión Española. Eso fue en 1977. Pero, honestamente, eso solo es una fecha en el calendario, una plusmarca importante pero que no la define. La retrata mejor la relación artística que cimentó con Joan Brossa, menudo otro, alguien que entendió que aquellos desnudos era una forma más de poesía visual, así que, encantado, participó en la puesta en escena de algunos de sus espectáculos.

Christa Leem, en la Cúpula Venus

La cuestión es que a aquella artista, a la que un cáncer se llevó por delante en 2004 cuando recién estrenaba la cincuentena, tuvo algo de revolucionario. Al quitarse la ropa desnudaba la pacatería hasta entonces imperante. Su salomesco baile era un símbolo como lo podría ser el retrato que Alberto Korda le hizo al Che, lo cual invita, por lo tanto, a preguntarse muy seriamente qué sentido tiene que, llegado 2022, Mei, la estríper que ha hipnotizado a Estrada, y otros cinco artistas (Lorena, por ejemplo, ¡qué voz, por favor!) hayan puesto en marcha en un minúsculo local de la calle de Tapioles La Bámbola Cabaret, un espectáculo en el que uno de los reclamos es quitarse ceremoniosamente la ropa.

Explica Mei que tal vez ahora el estriptís no sea el contrapunto a la censura, como ocurrió durante el reinado de Leem, sino que sea algo más sutil pero no menos importante, una reacción a estos tiempos de virulenta corrección política, una bandera que, por cierto, agitan tanto desde un extremo del espectro ideológico como del contrario. Vamos, que si alguien cree que un ‘show’ así cosifica a la mujer, Mei responde quitándose otra pieza de ropa.

Mei, en el centro y del revés, durante la ejecución de uno de los números.

/ MANU MITRU

Hay que recorrer su currículum para comprender lo que esta artista pretende ahora que germine Barcelona. Como Leem, sus inicios fueron como gogó en discotecas, en su caso en las de Ibiza. La cuestión es que un día se presentó a un ‘casting’ con el aliciente de que lo promovía Bigas Luna, como director de cine un caso aparte, pero que en aquellos momentos, hacia el año 2008, era el director artístico de El Plata, un cabaret zaragozano  fundado en 1920 y que tras diversas mutaciones había logrado el milagro de conservar intacta el áurea de lugar mítico.

Mostró su oficio al jurado del ‘casting’ y durante dos años no obtuvo respuesta. Fue al regreso de un viaje por Asia que, cuando ya se había olvidado, sonó el teléfono. Bigas Luna quería conocerla. Le ofreció un lugar en el escenario de El Plata y, sobre todo, le dio, dice ella, sabios consejos para conocer las imperceptibles líneas que separan el estriptís como una de las bellas artes de algo sórdido y que pueda invitas a engaños al espectador. Hizo de ella una lunática del estriptís.

El caso es que, sentado al lado de Estrada y tomados unos cuantos apuntes de la puesta en escena de Mei, notas ilegibles, todo hay que decirlo, porque fueron tomadas en penumbra e intentando no perder comba, el Michael York que esto firma seguía con dudas. ”No seas tan británico”, gritaría Sally Bowles ante tanto reparo y titubeo. De acuerdo, Sally, pero es que según qué escriba quedaré como un viejo verde.

Tras un par de días de titubeos ante una hoja en blanco, la más feliz idea fue pedirle hora a Núria Marrón, compañera de diario y notable especialista en cuestiones de género, feminismo, sexualidad y sexualización, derechos de la mujer y cerrilidad masculina. Dio el mejor de los consejos. “Todo depende del público”.

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/ MANU MITRU

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Pues claro. Esa fue en parte la receta de Leem, que la aplaudían, entre otros, Brossa, Vázquez Montalbán y el universo social que ambos representaban. Y, ya puestos a tirar de ese hilo, cuando la llama de la Cúpula Venus se apagó cerró en 1986 y, tras un breve receso para coger fuerzas, la volcánica Barcelona canalla emergió, entre otros lugares, en El Cangrejo de la calle Montserrat, por citar un caso, un local en el que travestidos de pésima condición física y cuestionables dotes para cantar cuplés ‘comme il faut’ triunfaban por su complicidad con el público. Mal asunto si el público es lascivo, en el caso de Leem, o viene a reírse la condición física, en el caso de El Cangrejo, pero al no ser así entonces nace la leyenda.

Total, que llegados a este punto pregunta Núria qué publico tenía el otro día Mei. Era, lo dicho, una sesión privada, parte del universo estradiano, se supone. El caso es que en para uno de los números, Mei sacó a escena a un risueño espectador, ese momento que tantos tememos. Su papel fue muy digno. Tenía que proteger un maletín mientras la estríper bailaba a su alrededor la melodía de la introducción de las películas de James Bond. Aquel hombre, y no se revelarán más datos sobre él para no comprometerle delante de sus alumnos, era un reputado catedrático de Ciencias Políticas de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). Si en cada representación garantizan algo semejante, Michael York repetirá.