Del 11 al 15 de mayo

Cine, arquitectura, festival, Barcelona...: ¿qué puede salir mal?

El BARQ regresa a los Cinemes Girona y a Filmin con una parrilla de documentales más que oportunos para esta ciudad ensimismada con su arquitectura

Taller de percusión sobre pelotas gigantes en The Villages, una de tantas sorpresas que depara ’The Bubble’, un documental quen viaja a un hogar del jubilado de de Florida del tamaño de toda Barcelona.

Taller de percusión sobre pelotas gigantes en The Villages, una de tantas sorpresas que depara ’The Bubble’, un documental quen viaja a un hogar del jubilado de de Florida del tamaño de toda Barcelona. / BARQ

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Regresa (nada extraño, porque la primera edición, en 2021, despegó como un cohete) el Festival Internacional de Cine de Arquitectura de Barcelona (el BARQ), esta vez con siete largometrajes a competición, tres fuera de concurso y 12 cortos, que, vistos de extranjis varios de ellos (gracias Pep Martín), se puede afirmar con rotundidad aquí y ahora que forman parte del mejor menú cultural que se puede degustar entre los días 11 y 15 de mayo en Barcelona. También estarán esos mismos días visionables en Filmin, esa maravillosa despensa cinematográfica que, si fuera una tienda de comestibles, sería el antiguo Colmado Quílez antes de que la gentrificación comercial jibarizara aquel establecimiento. La comparación parecerá cogida por los pelos, pero es que el BARQ no es, que quede claro de antemano, un festival consagrado a glosar la figura de los arquitectos y a perdonarle a algunos su divismo, sino a mirar esa disciplina, la arquitectura, desde todas las perspectivas imaginables, la gentrificación entre ellas, por supuesto, pero muchas más también.

He aquí un ejemplo. El director alemán Hauke Wendler compite en el BARQ con ‘Monobloc’. Con una mirada generosa, los padres del festival, Pep Martín y Xavi Campreciós, permiten que bajo el paraguas de la arquitectura se cobije también el diseño. A la obra de Lilly Reich, por ejemplo, bauhausiana arquitecta injustamente eclipsada por Mies Van der Rohe, se le dedicará una sesión especial de proyección, fuera de concurso, el sábado 14. Pero lo de ‘Monobloc’ es de otra división. El título hace referencia a un objeto conocido por todos, la baratísima silla de plástico de polipropileno que tanto se usa para sentar al público en una carpa al aire libre, en una boda junto a la playa, en el jardín del chalet por 10 euros cada unidad, para que descanse un rato el vendedor de la feria ambulante, etcétera… Se fabrican de una única pieza en pocos segundos con un molde y su diseño, de origen francés, pero no patentado en aquel país, sino en Italia, permite apilarlas una sobre otra más allá de lo imaginable.

Lo que Wendler construye en hora y media es la biografía de una silla de la que se calcula que se han fabricado más de 1.000 millones de unidades y que, eso es lo curioso, es considerada de forma muy distinta según el continente en el que se pregunta por ella. Despreciadas en Europa por ‘cutres’ e imprescindibles en la India como alternativa a la escasa madera, en África hasta han tenido una evolución inesperada: convenientemente tuneadas: se conviertan en económicas sillas de ruedas.

Una silla 'monobloc', mueble sin valor en la Europa rica y, en África, reciclada incluso como económica y eficaz silla de ruedas, parte del relato del documental 'Monobloc'.

/ BARQ

‘Monobloc’ (cada cual tiene sus gustos) cabe en el BARQ, por supuesto, pero el adn del festival, por nacido en Barcelona, tal vez lo representen mejor otras piezas a concurso. Explica Martín que esta cita cultural cinematográfica es hija de lo que comportó la gran crisis de 2008. Antes de aquella fecha, y Barcelona no fue ajena a ello, las ciudades coleccionaban edificios de arquitectos como si sus calles fueran un MoMA del tocho, el hierro, el cristal, el mármol o de lo que estuvieran hechas las obras. Se llamó a aquella afición de los alcaldes por coleccionar cromos de arquitectos el ‘efecto Guggenheim’, en clara referencia a cómo Bilbao se situó en el mapa de ciudades apetitosamente visitables gracias al icónico edificio de titanio y piedra caliza que diseñó el arquitecto Frank Gehry para su museo de arte moderno, pero olvidando, catastróficamente, que por cada euro que la ciudad vasca destinó a aquel edificio invirtió cinco más en recuperar la ría y su entorno. Con ese olvido, el ‘efecto Guggenheim’ se quedó, lo dicho en un simple coleccionismo de cromos.

Barcelona quiso tener su Gehry en la Sagrera, pero se tuvo que conformar, que no es poco, con Jean Nouvel, Dominique Perrault y el dúo Herzog y De Meuron, entre otras figuras. Eso fue antes de 2008. Desde ese año, los arquitectos, un gremio al que la crisis hirió profundamente, son menos divos y sus proyectos se evalúan menos por su estética y más por su repercusión, sea buena o mala.

Merece la pena reparar, entre las películas concurso, en ‘The Bubble’, un viaje cámara en mano emprendido por la directora Valerie Blankenbyl, no sin algunos contratiempos, a The Villages, una ‘ciudad’ de Florida reservada exclusivamente a jubilados de Estados Unidos, una urbanización del tamaño de Barcelona  en la que viven más de 150.000 personas mayores de 60 años, prototípicas todas ellas del grupo social de los antaño llamados ‘wasp’ (white, anglo-saxon and protestant) pero al que habría que añadir una letra más, la ‘t’ de trumpista. The Villages es arquitectónicamente un enjambre de casitas unifamiliares que se expande sin tregua para desespero de la vida autóctona, incapaz de rivalizar económicamente con esa horda de estadounidenses del norte, pensionistas de la franja alta, que huyen de los insufribles inviernos del norte y encuentran todos juntos el calor de Florida. Miren la foto principal. ‘The Bubble’ podría competir en el Festival de Sitges y no debería extrañar.

Un comercio del condado donde se levanta 'The Villages', encantado, por el género que vende, con esa invasión de 'trumpistas' jubilados.

/ BARQ

Explica Martín, y hace bien en subrayarlo, que este es un festival de cine antes que de arquitectura, es decir, que la condición indispensable para ocupar un lugar en la parrilla de la programación es satisfacer lo que con sentido común es exigible en cuestiones de guion, fotografía y montaje a una película, y en ese aspecto despunta sobremanera una joya que podría pasar inadvertida. Sería una lástima que así fuera. Es ‘Building Bastille’, un brillante trabajo de Leif Kaldor que en principio podría parecer inapetente, pues simplemente repasa el proceso de construcción de la parisina Ópera de la Bastilla. Nada más lejos de la realidad. Es un documental vibrante, por momentos desternillante, con un ‘crescendo’ de intrigas y giros de guion deliciosos y, por encima de todo, revelador sobre cómo el poder político y la arquitectura son amantes a escondidas.

“Un proyecto de 500 millones de dólares, un reto arquitectónico monumental, una fecha límite imposible, dos titanes políticos en guerra, un arquitecto sin experiencia que nadie conoce… ¿Qué podía salir mal?”. Con ese cebo se presenta en público ‘Building Bastille’ y hasta se queda corto en carnaza. La historia, sin ‘spoilers’, es la siguiente. En un ataque de purismo e integridad, el ministro de Cultura Jack Lang, animado por François Miterrand, organizó un concurso internacional de ideas para que cara al bicentenario de la Revolución Francesa, o sea, en 1989, París contara con un nuevo y, perdón por la redundancia, revolucionario edificio de la ópera. Se presentaron más de 750 proyectos, todos sin firma , pues esa era una de las condiciones para que fuera limpio, y, para pasmo de Lang, que no sabía si aquello era un apellido o unas enigmáticas siglas cuando abrió el sobre, ganó la carrera el uruguayo afincado en Canadá Carlos Ott, que ni siquiera tenía detrás un equipo como suele ser común en estos casos. Eran solo él y sus lápices. Con ese disparo de salida comienza la carrera de ‘Building Bastille’.

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Mejor no contar más, pero con una programación así el BARQ hace lo que una vez se dijo de Bret Easton Ellis cuando tuvo la ocurrencia de escribir ‘American Psycho’, “el trabajo sucio que alguien tenía que hacer”.  Barcelona es una ciudad que presume de delicado paladar arquitectónico. Esa puesta en escena que se supone que son los edificios en pie de calle es uno de los más poderosos argumentos que deciden a los turistas a visitar esta ciudad. Eso dicen. Lo hacen, a menudo, ignorantes de que el gótico del barrio que lleva ese nombre es una impostura, que las fachadas de muchos edificios del Eixample son solo eso, fachadas, porque lo que hay detrás ha sido patrimonialmente destruido y, ya puesto, ajenos a que cinco años después de que París construyera un coliseo de la ópera extremadamente audaz y se lo encomendara a un arquitecto tan joven como audaz, el Liceu se reconstruyó cursimente tal cuál era antes del incendio de 1994.

Barcelona es sin ningún género de dudas un yacimiento de historias arquitectónicas que contar con más estratos que una Atapuerca, pero, extrañamente, afloran con cuentagotas. Tiene, eso sí, un festival de arquitectura. Un magnífico festival de cine de arquitectura, en los Cinemes Girona y en Filmin.