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¿Rodará la cabeza de Cambó por la Via Laietana?

Bajo el título de 'La Barcelona incómoda', el ayuntamiento organiza un debate sobre los monumentos discutidos o discutibles de la ciudad y dedica la primera jornada al homenaje a nadie de la plaza Cinc d'Oros

¿Rodará la cabeza de Cambó por la Via Laietana?

Joan Cortadellas

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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En la cárcel Modelo, porque a veces el lugar es el mensaje, el Ayuntamiento de Barcelona ha puesto en marcha (sin gran publicidad, todo hay que decirlo) una batería de cinco jornadas de debate sobre qué hacer con aquel arte urbano de la ciudad que, por una u otra razón, puede considerarse incómodo. Dará de qué hablar. ¿Peligra la cabeza de Cambó de Via Laietana ahora que no está Antonio López en el pedestal para eclipsar su infamia profranquista? ¿Renunciará Barcelona a la que durante años fue su postal más enviada, la estatua de Colón? La cita es cada miércoles en la Modelo, salvo el próximo, por razones vacacionales obvias, y de la sesión inaugural, celebrada el 6 de abril, se puede deducir (perdón por insistir) que dará de qué hablar. Se puso sobre la mesa, ahí es nada, una rompedora nueva idea para el obelisco de la plaza Cinc d’Oros, ese monumento nueve veces modificado a lo largo de 100 años, tantas que hoy es un homenaje a… absolutamente nada. No se pierdan la propuesta.

A estas jornadas dedicadas a ese matrimonio mal avenido que forman la memoria y el espacio público le han puesto un título con garra, ‘La Barcelona incómoda’, toda una declaración de intenciones. El 4 de mayo, por ejemplo, el historiador Borja de Riquer reflexionará sobre Francesc Cambó, al que en 1997 le puso Pasqual Maragall una estatua en la Via Laietana a saber por qué. Aquel mismo año, por contextualizar la polémica, De Riquer, la mayor autoridad académica en ese controvertidísimo personaje del catalanismo político, publicó una biografía demoledora en la que puso a Cambó a la altura de las autoridades francesas de Vichy, en su caso por su apego al golpe de Estado de 1936, así que su opinión es fácil de predecir, pero no su diagnóstico. ¿Defenderá que debe rodar su cabeza? ¿Mejor dejarla sobre sus hombros, aunque sea incómoda? No hay hoy debate sobre en la calle sobre esa estatua, cierto, pero lo habrá. ¿Por qué?

Las obras de Via Laietana, recién iniciadas, con Cambó como testigo de un cambio que tal vez le 'gentrifique' de su actual pedestal.

/ JOAN CORTADELLAS

Como se sabe, la Via Laietana es una calle en obras, en un intento de sanar la cicatriz que supuso su apertura hace más de 100 años y lograr ahora, con menos coches, aceras más anchas e incluso algo de verde, recoser las vidas de los barrios de la Ribera y el Gòtic. Que la nueva Via Laietana sea inaugurada dentro de un año sin Cambó sobre su pedestal, no obstante, se paga siete a uno en las apuestas. La mayoría de los partidos del pleno municipal es poco dada a abrir melones. Su excusa es que es tan difícil saber cuándo están maduros...

El 27 de abril la Modelo acogerá otra sesión nitroglicerínica. El historiador Ricard Vinyes repasará cómo fue entre bastidores ese episodio de iconoclastia controlada que supuso la retirada del esclavista Antonio López de las calles de la ciudad, y ello será como preludio de la intervención que en la misma mesa de debate encarará a continuación el siempre ‘sinpelosenlalengua’ Juan José Lahuerta, al que le ha tocado en suerte en esa jornada sugerir si eso mismo, bajar del pedestal, en línea con lo que ya ha sucedido en varias ciudades del otro lado del Atlántico, es posible con la figura de Cristóbal Colón que encabeza la Rambla. ¿Es esa una figura incómoda? Tal vez no para todo el mundo, pero como recordó el concejal de Ciutat Vella en la inauguración de las jornadas, en ese distrito seis de cada 10 residentes han nacido en el extranjero y, como barceloneses que también son, su opinión debe ser tenida en cuenta.

La estatua de Colón es maqueada en 1992, cuando la ciudad tan orgullosa estaba de ella que hasta la casaron, con el artista Antoni Miralda de párroco, con la Estatua de la Libertad de Nueva York.

/ Carles Montañés

Que Colón desaparezca del ‘skyline’ barcelonés en un futuro cercano es algo que los organizadores de las jornadas y algunos de sus ponentes, en conversación de pasillo, ven hoy por hoy inafrontable. La temperatura de la olla no es aún la de la ebullición, pero está en el fuego. En la última edición de ARCO (dicho esto a modo de apunte) el siempre fenomenal Eugenio Merino presentó su colección de postales decoloniales, postales de estética ramblera antigua en la que la silueta de Colón aparecía recortada y en clara caída. 

Con todo, las tribulaciones sobre Colón y Cambó (bueno, sobre sus representaciones escultóricas) no son nada al lado de la sucesión de desatinos que han terminado por dejar plantado, más solo que la una, un obelisco en la confluencia del paseo de Gràcia con la avenida de la Diagonal. Su sombra se proyectó el miércoles sobre la primera jornada de debate de ‘La Barcelona Incómoda’. Es, tras haber sido modificado nueve veces, un monumento a no se sabe qué, dicen sus detractores, aunque, según se mire, tal vez no haya, en toda la trama urbana, una pieza escultórica que represente mejor que esta el alma veleta de Barcelona.

El obelisco que rinde homenaje a nada ni nadie, icono sin igual del alma veleta de la ciudad.

/ Joan Cortadellas

Lluís Permanyer, mucho más que el decano de los cronistas barceloneses, recordó la zigzagueante trayectoria de aquel lugar, que muy telegráficamente se podría resumir así. No pierdan el hilo, porque es toda una inmersión en la majareta psique de la ciudad.

La idea del monumento nació en 1915. Se pretendía rendir homenaje a Pi i Margall, o sea, oblicuamente, a la Primera República. Las disputas entre republicanos y catalanistas obligaron a posponer el inicio de las obras más allá de una simbólica colocación de la primera piedra aquel mismo año. En 1923, la posterior dictadura de Primo de Rivera, más que posponer, hibernó la idea.

Con la llegada de la Segunda República se retomó el proyecto. Se convocó un concurso de ideas que ganó el artista Josep Viladomat. Tomen nota de que quedó segundo Frederic Marès.

La primera versión del obelisco iba a ser inaugurada en noviembre de 1934, pero un mes antes se desencadena en la ciudad uno de sus episódicos días de fiebre revolucionaria, los ‘Fets d’Octubre’. Un Viladomat enfurecido, eso contó Permanyer, se subió a los andamios y grabó en la piedra el nombre de Azaña. La plaza fue finalmente inaugurada el 12 de abril de 1936, estaba coronada por una estatua de 4,5 metros de altura. Viladomat representó a la república como una mujer desnuda, con gorro frigio y un ramo de laurel en la mano. En la base del obelisco, la cara de Pi i Margall estaba esculpida dentro de una orla.

Menos de tres años más tarde, las tropas franquistas entraban en Barcelona. En las primeras celebraciones de su victoria militar, a las autoridades no les dio tiempo de retirar la estatua. ¿Qué hacer en un caso así? Hay constancia de una misa a los pies del obelisco, en la que, para no ofender, se vistió a la República libertad de Viladomat con una bandera española. Si un golpe de viento dejó en algún momento aquella figura, a lo Delacroix, con una teta al aire, no se sabe. Lástima. El que ya no estaba ahí era Pi i Margall. Su efigie fue sustituida por una inscripción. “A los heroicos soldados de España que la liberaron de la tiranía rojo-separatista. La ciudad agradecida”.

La Victoria, un icono fascista inaugurado en 1940 y fotografiado aquí en 2008, tres años de su retirada.

Albert Bertran

En 1940, la escultura es enviada a un almacén. ¿Qué poner en su lugar? Aquí reaparece Marès. Repesca la escultura que propuso en el concurso como símbolo de la república, le recoloca un brazo para que salude a la romana y caso resuelto, pasa a ser el monumento de la Victoria. Reciclaje ‘avant la lettre’. Si alguien cree que Marès fue con esta acción  un veleta ideológico, que no olvide que, años después, Viladomat aceptó esculpir el Franco a caballo que presidió el castillo de Montjuïc desde 1963 ¡hasta 2008!

Sigamos. En aquel rediseño maresiano de 1940, se coloca en la cima del pedestal un águila, pero no con las alas majestuosamente abiertas, sino recogidas sobre las pechugas. La plaza es inmediatamente rebautizada, con guasa, como la plaza del Loro. El bautizo popular llega a oídos de las autoridades. Solución, fuera loro en 1941. Pero esa no es la única decisión. Las autoridades eclesiásticas protestan. La Victoria va desnuda de cintura hacia arriba. Solución, le esculpen una camiseta.

La Victoria de Marès, pareja de hecho de Antonio López hoy en día en un depósito municipal.

/ Manu Mitru

En 1979, la Barcelona punta de lanza del europeísmo en España y presumida por su curriculum antifranquista se conformó con sacar la placa fascista del obelisco y dejar tal cual la escultura de Marès. Esta era la quinta versión de la plaza. La sexta tiene su qué. Días después del fallido golpe de Estado 1981, el alcalde Narcís Serra decide dedicarle la plaza Juan Carlos I y, también, que el escudo de los Borbones se instala en la base del obelisco, donde un día estuvo Pi i Margall.

En 2015 se retira la Victoria. En 2016, el sello borbónico. Ya van nueve modificaciones. Queda solo el obelisco. Merece aquí la pena abrir un paréntesis y mencionar un detalle delicioso de una preciosa película de Bertrand Tavernier, ‘La vida y nada más’. Tras la Primera Guerra Mundial, un oficial del Ejército francés recibe el peliagudo encargo de encontrar un soldado desconocido adecuado para que sus restos reposen, como resulta obvio, en el monumento al soldado desconocido. Hay una minúscula subtrama en la película que a veces se olvida. Un alcalde de la Francia rural está desesperado porque ningún joven de su pueblo murió en la guerra. Quiere un monumento, como todos, pero no sabe quién dedicárselo. ¿Cómo Barcelona ahora?

La original República de Viladomat, dedicada originalmente a Pi i Margall, en la plaza de la República.

/ Joan Cortadellas

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Al rescate de ese ‘cul de sac’ salió en las jornadas del miércoles el propio Permanyer. Hizo una propuesta. La escultura original de Viladomat, tras ser descubierta olvidada en un almacén municipal, tuvo primero una vida nómada (estuvo, por ejemplo, en la plaza Sòller sin que se le hiciera mucho caso) hasta que, finalmente, fue instalada en 1990 en la antigua plaza de Llucmajor, rebautizada como plaza de la República en 2016. Es una obra de bronce, lo cual permite, en opinión de Permanyer, realizar hasta cinco versiones con el mismo molde sin que por ello en el mundo del arte deje de considerarse que es una obra original. Propone obtener una de esas copias, circuncidar el obelisco e instalarla en lo alto de la columna resultante. Se retornaría así, eso dice, a 1915, al punto de partida.

El debate queda servido. Próximamente, más. Cambó, Colón…