La desmemoria histórica

Barcelona combate la desmemoria por fin de los campos de concentración nazis

Estudiantes de ESO y bachillerato reconstruirán la biografía de nueve barceloneses víctimas de la barbarie hitleriana y, como colofón, colocarán 'stolpersteine' en las aceras en señal de recuerdo

Francesc Masip Arenillas, Vicenç Vidrier, Carme Buatell, Francesc Boix, Lluís Villar y José Alcubierre, seis de los barceloneses que sufrieron o, incluso murieron, en los campos de concentración del nazismo.

Francesc Masip Arenillas, Vicenç Vidrier, Carme Buatell, Francesc Boix, Lluís Villar y José Alcubierre, seis de los barceloneses que sufrieron o, incluso murieron, en los campos de concentración del nazismo. / Amical de Mauthausen y Amical de Ravensbrück

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Tarde, pero con el propósito de hacerlo con una solvencia que sea digna de aplauso, Barcelona abraza por fin la emocionante iniciativa de las ‘stolpersteine’, aquellos adoquines dorados que en 1992 comenzaron a ser colocados en las aceras de Colonia (Alemania) para recordar que en tal o cual dirección postal de la ciudad vivía alguien que fue detenido por los nazis, deportado a un campo de concentración y que, en el peor de los casos, falleció en aquel infierno terrenal. Nueve víctimas que en algún momento de su vida fueron barceloneses, por nacimiento, residencia o refugio, tendrán próximamente su adoquín conmemorativo, con ese telegráfico texto que encanece el alma (simplemente el nombre, la fecha de nacimiento, la de la detención y el lugar al que fueron enviados), pero su colocación estará supeditada a un trabajo previo de investigación y contextualización por parte de alumnos de 4º de ESO y 1º de bachillerato de tres institutos de la ciudad.

Lluís Villar. Florián Ibáñez. Josep Fort Maluenda. Carme Buatell. Francesc Boix. José Alcubierre. Sabatia Morand. Ferran Masip. Vicenç Vidrier. Estos nueve (algunos conocidos, como Boix, el fotógrafo de Mauthausen y testimonio crucial en los juicios de Nuremberg, y otros olvidados, salvo por sus familiares, por supuesto) serán los primeros de los casi 1.000 posibles barceloneses que, estudiado a fondo su caso, podrían ser merecedores en el futuro de una ‘stolperstein’. Detrás del proyecto está la Concejalía de Memoria Democrática del Ayuntamiento de Barcelona que pilota Jordi Rabassa, pero, sobre todo, está el acompañamiento indispensable de la Amical de Mauthausen y de la Amical de Ravensbrück, y, en primera línea, tres institutos de la ciudad, Francisco de Goya, del distrito de Horta-Guinardó, Quatre Cantons (Sant Martí) y XXV Olimpiada (Sants-Montjuïc).

El primero de esos institutos hace ya cinco años que de forma sistemática trata de impedir que la desmemoria se apodere de las nuevas generaciones. Lo ha explicado muy bien, durante la presentación del proyecto, la directora de ese instituto de secundaria, Antònia Vicens. A 4º de la ESO llegan los estudiantes del Francisco de Goya (y cabe suponer que también los del resto de centros educativos) con una hoja mental en blanco sobre lo que fueron los campos de exterminio del nazismo. Se estudian, más que por exigencias curriculares, por responsabilidad ética, y, llegado el caso, algún grupo de estudiantes ha viajado a Mauthausen para, como dice Vicens, tocar la historia con las manos. Hay un antes y un después de ese aprendizaje. Eso no es raro. Lo insólito es que no se haya hecho más a menudo.

Presos de campos de concentración, donde los españoles, considerados apátridas, eran señalados con un triángulo azul cosido en sus ropas.

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Por el momento, la participación de estos tres institutos es una suerte de prueba piloto. Las dos ‘amical’ implicadas en el proyecto se han sumergido en sus archivos en busca de deportados que hubieran residido en los distritos en los que están esos centros educativos. Serán los propios estudiantes y sus profesores los que decidan cómo será el acto de colocación de los adoquines y, en teoría, también el lugar, aunque esta segunda cuestión no está muy abierta al debate. Se colocarán tal y como nacieron las originales, frente a la puerta principal de la finca en la que residieron. Cuando el artista Gunter Demnig tuvo la idea en 1990, poco podía imaginar el largo recorrido que tendría y puede que incluso no midiera bien el seísmo emocional que ocasiona en algunos casos ver tres, cuatro o cinco ‘stolpersteine’ juntas, una al lado de la otra, como formando un ramillete, con apellidos idénticos, pues se trata de familias completas, en Alemania, sobre todo, de judíos, que fueron detenidas allí mismo y que terminaron en un campo de concentración, no siempre el mismo.

"...con rigor"

Que Barcelona haya llegado más tarde que otras ciudades a este proyecto tiene media excusa. Todos los barceloneses que serán homenajeados con un adoquín dorado fueron capturados en el exilio. Huyeron de España tras la Guerra Civil porque creyeron que la de Francia, por ejemplo, sería una tierra segura, pero allí les sorprendió la Segunda Guerra Mundial, y las autoridades franquistas se dieron el lamentable gozo de desdeñarles como apátridas. El problema es cómo censar con rigor y sin máculas que algún día fueron barceloneses. Por una parte, esta fue una ciudad de un notable tránsito internacional, de familias que buscaron refugio en ella durante la Primera Guerra Mundial y de otras que lo hicieron a principios de los años 30 cuando el nazismo comenzaba a tensar la vida social en las calles de Alemania. Fue también una ciudad de refugiados cuando la Guerra Civil comenzó a decantarse. Acogió, según algunos cálculos, a unas 318.000 personas procedentes del resto de España, sobre todo de la Catalunya rural.

Stolpersteine en el distrito berlinés de Wilmersdorf dedicados a los judíos alemanes

/ REUTERS/Fabrizio Bensch

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El propósito, según Rabassa, es que esos tres institutos pongan a caminar a Barcelona en este proyecto (‘stolperstein’, precisamente, significa la piedra con la que se tropieza, en este caso con la memoria colectiva) y que en años venideros los hagan los otros siete distritos de la ciudad, con otros tantos o más institutos de secundaria y bachillerato. La máxima ineludible, según el concejal, es hacerlo “con rigor”, una expresión que, según se mire, es una crítica implícita a la única ‘stolperstein’ encajada en el pavimento de la ciudad. Es una cuestión incómoda, casi un tabú que en público parece que prefiere no abordar ninguna de las asociaciones creadas para mantener vivo el recuerdo de las víctimas de los campos de concentración. Es el adoquín dedicado a Lluís Companys.

Lo colocó la Generalitat en la plaza de Sant Jaume, frente a la puerta principal del palacio que es la sede oficial del Govern. ¿Cuál es el resquemor que, por no generar polémica, se expresa en privado? Que ni aquel fue el domicilio del presidente de la Generalitat (cuestión esta secundaria) ni, en especial, que no fue encarcelado en un campo de concentración. Corrió una terrible suerte, cierto, pero no a manos del nazismo, sino del franquismo. No va corto Companys de placas, calles y monumentos que reivindiquen su figura, así que el uso de una ‘stolperstein’ puede ser prescindible, más que nada por no alterar el espíritu de las originales. No hay una ley escrita sobre esta materia. Los adoquines alemanes, lo dicho, fueron una iniciativa de un artista alemán, que tuvo que convencer, con desigual éxito, a las autoridades municipales de cada ciudad. La cuestión es que el impacto conseguido con aquella minúscula pero grandiosa solución cruzó fronteras y hoy hay ‘stolpersteine’ en media Europa. Expandir su uso para personas que no padecieron la sinrazón de los campos de concentración puede inducir a equívocos si no se explica correctamente, sostienen las fuentes consultadas.