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¡Ábrete, sésamo!, visita al almacén histórico de Endesa

Hace 140 años nació sietemesina la primera eléctrica de España, una ocasión ideal para entrar en el depósito donde se atesoran esta y otras chispeantes aventuras

Las chimeneas de la central térmica de Mata, en 1956, humeantes, fruto de la combustión del carbón inglés.

Las chimeneas de la central térmica de Mata, en 1956, humeantes, fruto de la combustión del carbón inglés. / Endesa

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

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Hay en Barcelona unos cuantos y muy poco conocidos depósitos de ‘¡ábrete sésamo!’, vamos, lugares en que tras una fachada aburrida se amontonan grandes tesoros. Uno de ellos, de los más desconocidos, es la nave de la Zona Franca en que Endesa colecciona el literalmente chispeante pasado de este país hasta remontarse, que no es poco, al 30 a abril de 1881, hace 140 años, la fecha en que en Barcelona se fundó la primera empresa eléctrica de España. Por cierto, en una dirección postal que pocos años después sería famosa por otros motivos más bien sicalípticos. Luego les cuento. De momento, ábrete sésamo. Pasen y vean.

Lo de soplar 140 velas para enseñar un almacén es una excusa tan válida como cualquier otra. En Estados Unidos, por ejemplo, podrían conmemorar con esta cifra la elección de James A. Garfield como presidente y su casi inmediata tontísima muerte tras un atentado en que murió no por los disparos de su atacante, sino por la monumental impericia de los médicos que le atendieron. Sin ahondar más en el tema, buscaron la bala dentro de su cuerpo con un detector de metales, con Garfield tumbado sobre un colchón de muelles.

Aquella empresa nació con todo en contra, incluso la autoridad competente, que, a saber por qué, se declaraba devota del gas como fuente de iluminación pública

La vida de la Sociedad Española de Electricidad también fue corta, aunque no tanto. Su interruptor vital se cerró en 1894, en su caso, víctima de la endémica falta de músculo bancario catalán, de la terquedad municipal de entonces, que no le veía ninguna ventaja al alumbrado eléctrico de las calles de Barcelona por encima de las que proporcionaba el gas y, sobre todo, por la ferocidad con la que las empresas de este último ramo, el gasístico, se enfrentaron a la competencia eléctrica, tanto que (qué poco cambian los tiempos) cuando les convino bajaron el precio de su producto, aunque fuera a costa, como si de una droga se tratara, de ‘cortarlo’ con otras sustancias que proporcionaban menos llama.

La sala principal del depósito de piezas históricas de Endesa, oculta tras una anodina fachada de la Zona Franca de Barcelona.

/ Manu Mitru

La SEE, lo dicho, murió en 1894, aunque este sea un sector, como se sabe, de fe budista, en el que las empresas fallecen pero se reencarnan con otro nombre. En aquella ocasión, el primer renacer fue como parte del consorcio alemán Allgemeine Elektrizitäts Gesellschaft (AEG). Según Juan Carlos Alayo, doctor en ingeniería industrial, autor de numerosos trabajos sobre la historia de la electrificación en Catalunya y uno de los guías en esta inmersión en el almacén de Endesa, es injusto concluir que la SEE fue un fiasco. Cree que, simplemente, su parto fue sietemesino. Sus promotores, Tomás Dalmau y Narciso Xifré, se pusieron en marcha demasiado pronto, pero de su mirada audaz queda uno de los más icónicos monumentos industriales de la ciudad, las chimeneas de la avenida del Paral·lel.

Durante casi un siglo, los barceloneses llevaron en sus pulmones un poco de la Gran Bretaña, pero nada bueno, claro está, restos de la combustión de la hulla

La foto principal de este pequeño viaje en el tiempo es precisamente la de esas tres sucias y estilizadas damas. Esa fotografía de la central térmica de Mata (ese fue siempre su verdadero nombre) sale de una de las estancias del almacén de Endesa en las que se conservan a la temperatura adecuada miles de negativos. Merece la pena reparar en un detalle. Lo habrán hecho ya. Humean. Ese es un recuerdo que poco a poco se difumina en la memoria colectiva de los barceloneses, pero durante un siglo en esta ciudad se respiró episódicamente ese cóctel inigualable de óxidos de nitrógeno y de azufre que proporcionaba el carbón inglés. De las minas del Reino Unido a los pulmones de Catalunya. Esta imagen, en concreto, es de 1956, pero en el almacén hay varios posados más de esas chimeneas, que, por cierto, no siempre fueron un trío. La puesta en marcha de la central fue con una única torre. Luego vendrían las otras dos.

Las tres chimeneas, con el castillo de Montjuïc a sus espaldas.

/ Manu Mitru

Lo de abrir las puertas del almacén con motivo del 140 aniversario de la SEE está plenamente justificado si se rememora cómo nació aquella empresa. Contado muy telegráficamente, sería más o menos así.

La rana morta si muove

1786, Luigi Galvani descarga un chispazo en el espinazo de una rana muerta y esta, para asombro del público, mueve las ancas. La electricidad es todo un invento, pero nadie sabe aún para qué.

1796, Alessandro Volta inventa la pila que lleva su nombre y de paso apellida una unidad de medida. Para qué, sigue siendo en aquel momento algo muy nebuloso. En 1816, aunque sea solo por hacer un inciso, Mary Shelley escribe ‘Frankenstein o el moderno Prometeo’, señal inequívoca de que la bombilla no era aún el uso más lógico que se intuía al final de aquel túnel de grandes progresos.

El punto de inflexión no llegó hasta 1869. Un belga, Zenobe Théophile Gramme, fabrica el primer generador eléctrico. En la Exposición Universal que se celebra en Viena en 1873 causa una gran sensación. El director de la Escuela de Ingenieros Industriales de Barcelona quiere una. Le pide a Tomás Dalmau, conocido hasta entonces por su taller de material óptico, que le traiga una para sus estudiantes. Dalmau viaja a Viena y, durante el trayecto de vuelta, se enamora de aquel ingenio, en lo que bien podría ser un caso de mecanofilia.

La Expo de Viena de 1873 dejó como herencia el Prater, el decano de los parques de atracciones del mundo, pero sobre todo inauguró una nueva era gracias a Zénobe Gramme y su gran invento

A la sociedad barcelonesa se le podrán poner muchos peros. El rentismo de parte de sus familias más acaudaladas, por ejemplo. La miopía hereditaria de su élite política, también. Pero lo incuestionable es el buen oficio de sus ingenieros industriales. En el edificio de la anciana Universitat de Barcelona se gozó de aquel generador Gramme a finales del XIX igual que casi 100 años más tarde se lo pasaron en grande los estudiantes de la UPC con el pequeño reactor nuclear que esa universidad tenía en una de sus aulas de la Diagonal, Argos, se llamaba, y que no se desmanteló hasta pasados los Juegos Olímpicos de 1992.

Viejos contadores y otros instrumentos, sobre una mesa del depósito.

/ Manu Mitru

El caso es que con aquel generador Gramme se familiarizó otro protagonista de esta historia, Narciso Xifra, buen estudiante, que en 1874 comenzó a trabajar para Dalmau. Juntos fundaron la Sociedad Española de Electricidad con un capital inicial de tres millones de pesetas. Fue la sexta compañía eléctrica del mundo creada con el propósito de iluminar las calles y mover los telares y otras máquinas de las fábricas de la industrialización. Solo fueron más rápidas que Barcelona en esa competición Londres, Berlín, San Petersburgo, Chicago y Nueva York.

La entrepierna del Raval

La primera sede de la SEE (avisados estaban desde el primer párrafo) estuvo en el número 10 de la calle del Cid, curiosa elección, pues aquello era entonces la entrepierna del Raval. No en vano, cuando aquella sociedad se trasladó al solar en el que se levantarían las chimeneas, el número 10 de Cid pasó muy pronto a ser la dirección postal de La Criolla, Olimpo sin igual del vicio barcelonés, pero esa es otra historia.

La SEE alumbró parte de la Rambla y algunas tiendas de la ciudad, gustosas de presumir de modernidad, y también suministró gratis luz eléctrica a los concejales en el Saló de Cent, a ver si así veían más claro el verdadero camino hacia el futuro. La empresa, sin embargo, no se sobrepuso a sus dificultades financieras y terminó por entregarse a los brazos de AEG, pero de aquel embrión es heredero, en cierto modo, todo cuanto se atesora hoy en día en el almacén de la Zona Franca.

Endesa nos abre la puerta de su archivo histórico. / FOTO Y VÍDEO: MANU MITRU

En mitad de aquel inmenso espacio sorprende, por su tamaño y su color azul cobalto, nada menos que todo un Pegaso Egipcio, porque así se rebautizó aquel colosal camión del que el Ministerio de Defensa de Egipto encargó 13.000 unidades a España y cuando estaban fabricadas se desdijo. Una partida se la quedó Muamar el Gadafi, así que también le llamaban el Pegaso Gadafi, pero el caso es que la hora de buscarle una segunda vida resultó ser una máquina ideal para trepar fuera de pistas por el Pirineo camino de las centrales hidroeléctricas.

Un Pegaso Egipcio o, si se prefiere, Gadafi, un todoterreno colosal e ideal para acceder a las más inaccesibles centrales hidroeléctricas del Pirineo.

/ Manu Mitru

La electricidad, así es, dejó de producirse en mitad de las ciudades y gracias a que Tesla tenía más razón que Edison, fue posible transportar energía desde grandes distancias. En la llamada Guerra de las Corrientes que se libró entre empresas de Estados Unidos a finales del siglo XIX entre partidarios de la continua, por un lado, y de la alterna, por otra, Edison perdió el pulso científico, pero no el mediático, pues gracias a sus malas artes ha pasado a la historia como el supuesto ganador. Que Edison sea una suerte de santo laico del sector eléctrico es, ¡ay!, materia para otra ocasión. Lo cierto es, no obstante, que las eléctricas transformaron el mundo y fueron además, durante varias décadas, empresas autosuficientes hasta grados insospechados. Todo se fabricaba en casa. Incluso los muebles de las oficinas. Muchísimo de todo aquello está perfectamente ordenado y clasificado en el depósito de la Zona Franca. Excepto las chimeneas, claro, de las que para terminar queda una anécdota que merece no ser olvidada.

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La guarida de un malvado

Con motivo de los Juegos Olímpicos, Fecsa, enésima reencarnación de aquella SEE de 1881, puso de su parte cuanto hizo falta para el éxito de la cita de 1992. Entre otras cosas, acordó con el entonces alcalde Pasqual Maragall la entrega de aquel solar de la riba derecha del Paral·lel. Todo eran alegrías hasta que Javier Mariscal hizo públicas las primeras aventuras de Cobi. La mascota olímpica tenía un hogar, el Observatori Fabra. Tenía también, como corresponde en estos casos, un archienemigo, el doctor Normal, al que el dibujante buscó también una guarida acorde con su maldad. Exacto. Vivía en las chimeneas. No es que aquello fuera un crisis que pusiera algo en peligro, pero parece que hizo falta un acto de contrición ante la cúpula de la empresa. Y es que 140 años de historia dan para mucho