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Barcelona pierde los fogones del Senyor Parellada

La pandemia pone fin a los 38 años de historia de un restaurante en cuyas sobremesas se gestó la ciudad de los 80 y los 90 al calor del buen hacer de Ramon Parellada

La sala principal del Senyor Parellada, tal vez el ágora de las más trascendentales sobremesas de Barcelona.

La sala principal del Senyor Parellada, tal vez el ágora de las más trascendentales sobremesas de Barcelona. / SERGIO LAINZ (Sergio Lainz)

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

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El último que apague la luz. Senyor Parellada, la casa de comidas que Ramon Parellada abrió en 1983 en el número 37 de la calle de la Argenteria, era más que un restaurante, más que un referente, más que una institución. Era la demostración palpable (se podría decir incluso que comestible) de que otra Barcelona era posible. Por el tiempo verbal, era, lo habrán deducido ya. Senyor Parellada dice adiós. No volverá a abrir. Una pena.

Ramon regresa a las cocinas en las que casi literalmente nació, las de la Fonda Europa de Granollers. Desde ellas dio el salto a aquella Barcelona de principios de los años de los 80 tan desnortada culinariamente, en la que lo moderno era bañar los guisos con crema de leche, como si eso los hiciera más franceses. La apertura de Senyor Parellada fue, a escala local, el inicio de una nueva era, casi una revolución. No cierra víctima de los alquileres, como tantos otros difuntos comerciales de la ciudad, sino que su despedida está vinculada al sinvivir de la pandemia. Una pésima noticia, sí, pero también un síntoma de que esta ya no era la ciudad en la que conoció sus años de gran fama.

Con el cierre, la calle de Argentería será mucho más sosa, insabora, mucho más como cualquier otra, a lo peor, un ‘fast food’, lo cual, queda claro, no es precisamente un elogio. En 1986, Argenteria se quedó sin la pionera sala Zeleste, que tras 13 años en el Born, entonces un barrio hundido en una profundísima depresión, se mudó a Poblenou. Senyor Parellada, que entonces tenía solo tres años de vida, tomó el relevo, menuda responsabilidad, como seña de identidad de una de las calles más peculiares de Barcelona, que nace en un infierno como es la Via Laietana y termina en un cielo tan luminoso como Santa Maria del Mar. A Argenteria ya no se podía ir desde 1983 a bailar o a conciertos inolvidables, de acuerdo, pero sí a comer una renovada cocina catalana a precios siempre comedidos. Los platos eran tan populares que, en algunos casos, hasta tenían nombre y apellidos. Así sucedió con los ‘macarrons de l’advocat Solé’, bautizados en honor de Josep Solé Barberà, militante del PSUC con mil aventuras en su mochila (fue condenado a muerte por el franquismo, pero se salvó de la ejecución), abogado defensor en el proceso de Burgos, ponente del Estatut, diputado en el Congreso durante dos legislaturas y, lo que viene al caso, entusiasta de esa receta de macarrones, espinacas, bechamel y panceta que siempre tuvo un lugar en la carta.

Ramon Parellada, en el primer piso del restaurante, fruto de una de las primeras ampliaciones de la fonda.

/ MAITE CRUZ

Sin el Senyor Parellada, la calle de Argenteria corre el peligro de sufrir la misma amputación que hace unos años sufrió la de Cardenal Casañas cuando se quedó sin la librería Documenta o el paseo de Gràcia cuando cerró Vinçon. Dicen, y a veces parece verdad, que los dueños de los perros se parecen a sus mascotas. Barcelona se parece cada vez más a sus turistas, lo cual da pie a recordar unas muy bien salpimentadas reflexiones que en día puso sobre la mesa Ramon Parellada, aunque, eso sí, sin que nadie le hiciera caso.

Un 'Josep Pla' con mortero

Sucedió cuando se abrió el grifo de los apartamentos turísticos en la ciudad y alguien descubrió que no había manera de cerrarlo, con las consecuencias por todos conocidas. A Ramon le pidieron que opinara. No era un simple restaurador. De joven, había entablado una estrecha complicidad con Josep Pla, que a lo mejor por osmosis le traspasó su mirada analítica de la realidad. De mayor convirtió el Senyor Parellada en una auténtica fonda, donde no solo era posible comer, sino también pernoctar. Con ese currículum, que no es poco, puso una propuesta sobre la mesa de las autoridades de la ciudad. Dijo que si se pretendían repartir equitativamente las ganancias de que Barcelona fuera un destino turístico tan deseado internacionalmente, lo natural sería poner freno a los apartamentos turísticos, a la hora de la verdad acumulados en pocas manos, y apostar por un modelo lo más cercano posible al ‘bed and brekfast’ inglés que cualquiera que haya viajado a Londres ha podido conocer, en el que quien alquila la habitación cocina por la mañana los huevos con bacon del desayuno porque, claro está, además vive en el mismo piso o casa. Hoteles al margen, un minifundismo turístico repartiría verdaderamente la riqueza. Lo contrario es, por decirlo claro, consiste en convertir Barcelona en una granja de cuervos. Es lo que ha pasado. No le hicieron caso, así que tuerta andaba ya la ciudad antes de la pandemia. Es en ese sentido que se puede afirmar que Senyor Parellada era la demostración tangible de que otra Barcelona era posible. Ya no.

Si los manteles pudieran hablar...

A falta de información, la incógnita es saber qué abrirá en el futuro en el número 37 de la calle de Argenteria. Lo ocurrido con la antigua Documenta y con Vinçon no es un buen presagio. Puede suceder cualquier cosa, entre otras razones porque el restaurante era y es arquitectónicamente una maravilla. Nació primero solo en la planta baja, pero visto el éxito pronto acondicionó el piso principal, que a través de un patio abarandillado ofrecía vistas sobre las mesas del piso inferior. Muy raro era no llegar hasta la mesa asignada sin parar antes un par o tres de ocasiones a saludar a algún conocido si uno era artista, sindicalista, obispo, político, abogado, escritor o, simplemente, habitual de la casa. En las sobremesas de aquella fonda se gestó, como dice Ramon, buena parte de la Barcelona de los años 80 y 90, pues el Senyor Parellada nació casi a la par que los primeros ayuntamientos democráticos o que la política autonómica catalana, es decir, que todo estaba por hacer y qué mejor que decidirlo sobre un mantel.

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Luego llegó la siguiente ampliación, la de las habitaciones para dormir. Banys Orientals se llamó a esa parte del establecimiento. La tradición local cuenta que en el siglo XIX había allí mismo una fonda en la que era posible comprar los billetes para el viaje trasatlántico a América, cenar, dormir y, al día siguiente, embarcar con rumbo a una nueva vida. Difícil será que la nueva etapa del inmueble esté a la altura de las anteriores.

Ramon Parellada, lo dicho, regresa a Granollers, a la Fonda Europa. Como él mismo ha contado en alguna ocasión, en su árbol genealógico le preceden 13 generaciones de fondistas. “’No és boig el que a casa torna’”, dice como despedida en conversación telefónica. Los ‘haikus’ del mundo rural catalán son estupendos para ocasiones como esta. Se va, pero a solo 26 kilómetros de distancia, media hora de viaje que merece la pena por los canelones de la casa, el cordero a la 12 cabezas de ajo y, de postre, el sorbete de anís del mono. Por aconsejar algo.