URBANISMO

La cara B de las supermanzanas

Las calles pacificadas en Sant Antoni demuestran que la mayoría de deficiencias, al margen de un mantenimiento quizás insuficiente, se explican a través del incivismo

Dos vecinas descansan en unas sillas en Tamarit, junto a un coche mal aparcado

Dos vecinas descansan en unas sillas en Tamarit, junto a un coche mal aparcado / Carlos Márquez Daniel

  • Durante toda la mañana, las calles de la 'superilla' albergan a numerosas furgonetas de reparto mal estacionadas

  • Uno de los alcorques situados en una entrada del mercado se ha convertido en un cenicero con más de 100 cigarrillos consumidos

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Todo lo nuevo tiene unas perspectivas. También el urbanismo, que primero se presenta en forma de dibujo virtual, objetivos, participación ciudadana, diseño, y luego, al desplegarse de verdad, choca, o más bien dicho, se enfrenta, con el mundo de la calle. En este caso con la Barcelona real. Es, de hecho, un buen ejercicio para medir hasta qué punto los políticos proyectan con sentido del realismo. O para saber hasta qué punto la ciudadanía transforma las cosas con sus buenos y malos hábitos. La supermanzana de Sant Antoni, por ejemplo, el adalid de la cosa, el núcleo del que bebe el plan de ejes verdes del Eixample. Aquello es un remanso de paz tocado, además, por la gracia de un mercado municipal. Pero no deja de ser vía pública, y eso significa convivencia, compartir el espacio, prisas. De cómo las personas dialogan con el nuevo urbanismo.

Viernes, mediodía. Hay un detalle que lo resume todo. En la entrada a la lonja por la calle de Urgell, la que queda más arriba, hay un alcorque con un estupendo árbol en flor. Un prunus que se ha avanzado a la primavera y que asciende espectacular ante el mercado. Pero el agujero, de algo menos de cuatro metros cuadrados, está repleto de cigarros consumidos. No cuatro, ni diez. Contados uno a uno son 126. Subyacen dos reflexiones. La primera, que somos una pandilla de incívicos. La segunda, que quizás la zona podría limpiarse con algo más de frecuencia, porque salta a la vista que todo eso no se ha fumado en uno o dos días.

Cigarrillos en los alcorques que rodean el mercat de Sant Antoni

/ Álvaro Monge

En los bondadosos 'renders' que muestran cómo serán los ejes verdes, o en los que en el 2017 exhibían la futura supermanzana de Sant Antoni, apenas hay coches. Vaya por delante que no se puede comparar el tráfico en Sepúlveda, Urgell o Floridablanca, con el que transcurre por el interior de las cuadrícula de plataforma única. Pero se mantiene la estructura de acera y calzada, aunque propiamente no hay ni una cosa ni la otra porque el peatón tiene siempre prioridad y la velocidad está limitada a 10 kilómetros por hora. Que visualmente exista la división facilita que durante toda la mañana haya hileras de furgonetas de reparto distribuidas por todo el eje.

Eternos 'warnings'

Y si no son furgonetas, también vehículos privados que se aprovechan de la anchura de la vía (Tamarit, por ejemplo), que permite que pasen uno al lado del otro sin problemas. Basta un buen rato para darse cuenta de que no siempre es una carga y descarga, a no ser que la mercancía se esté entregando a pie hasta Gràcia. En muchos casos, las furgos se mantienen con los' warnings' durante más de media hora, sin control alguno. Lo cierto es que tampoco tienen demasiadas alternativas y esta es una zona repleta de comercios y restaurantes. Las paradas del mercado, en cambio, no tienen problema porque disponen del aparcamiento subterráneo.

Furgoneta mal aparcada en el corazón de la supermanzana de Sant Antoni

/ Álvaro Monge

A Álvaro Monge, fotógrafo del diario, le sucede algo curioso cuando acude a retratar el entorno. Observa un reguero de furgonetas aparcadas y le pregunta a un guardia urbano si pueden estacionar ahí. El agente titubea y no da una respuesta muy clara. Pero a los pocos minutos, por arte de magia, y tras ver que Álvaro cargaba una cámara grande como un violín, no queda ni una furgo en la calle. Vuelve a ser el 'render' sin coches. El de la carga y descarga es uno de los principales retos a resolver en el proyecto de 21 ejes verdes y 21 plazas que el gobierno de Ada Colau tiene entre manos (otro puede ser el de los contenedores, que no maridan demasiado bien con el entorno). Por no hablar de la ciudad de dos velocidades que creará esta transformación. Las agencias inmobiliarias no tardarán en darse cuenta: no será lo mismo vender un piso en Consell de Cent con Bruc, un cruce cualquiera del Eixample, que en Consell de Cent con Girona, donde se creará una estupenda plaza. ¿Cómo piensa el consistorio frenar o gestionar la rentabilidad privada de una reforma pública?

Grafitis y verde a medias

Vecinos y vecinas ocupan buena parte de los bancos y sillas distribuidos por la supermanzana. Hay muchas personas mayores, sobre todo mujeres, con la mano apoyada en el carro de la compra mientras practican ese deporte tan barcelonés de sentarse para ver a la gente pasar. Y de vez en cuando, saludar al conocido, con un leve levantamiento de cabeza y cejas, o al amigo, lo que amplía la liturgia a unos minutos de cháchara para ponerse al día. Parte del mobiliario urbano, de vueltas al incivismo, exhibe grafitis. Pero nada elaborado, simplemente el 'tag', la firma con la que los amigos del esprai marcan el terreno. También han garabateado alguna de las mesas de cemento ideales para un 'Gambito de dama'.

Zonas verdes son basura, en una de las calles de la supermanzana de Sant Antoni

/ Álvaro Monge

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Las zonas verdes, aunque sería injusto adentrarse en el mundo de la conservación vegetal sin ser experto, podrían, cuanto menos, presentar un aspecto más cuidado. Un mantenimiento que, sin embargo, se ve ensombrecido por la presencia de perros desatados que se adentran sin que sus propietarios se despeinen o, directamente, sin que se den cuenta porque están mirando el móvil. En una hora, tres canes, dos de tamaño pequeño y uno grande como un jabalí, se cuelen en los cercados de Borrell. Dos pipís y una caca que se quedan entre las plantas. Y aquí no ha pasado nada.

Limpiar la parcela

Explica Jordi Figueres, uno de los responsables del departamento de gestión operativa de la Dirección de Servicios de Limpieza y Gestión de Residuos, que antes de los años 80, las comunidades de vecinos de Barcelona estaban obligadas a limpiar su trozo de acera. El ayuntamiento, por su parte, se hacía cargo del bordillo y de la calzada. Era una manera de ahorrar efectivos y de repartir el trabajo, pero también servía para que los ciudadanos se hicieran responsables de lo que es de todos y no es de nadie. Ese modelo tiene pinta de no volver. Pero si hay que buscar una palabra que se acerque a ese esquema colaborativo, quizás la más adecuada sería hablar de civismo. Y así, entre un mejor mantenimiento y la colaboración de todos, quizás las calles del siglo XXI se parezcan algo más a los ‘renders’.