PASADO Y PRESENTE

Morir en Barcelona

  • En Santa Caterina había necrópolis paleocristinas y el único cementerio musulman medieval encontrado está bajo el Born

  • Un libro repasa la cultura funeraria en Barcelona desde el siglo VI antes de Cristo, fecha de la primera inhumación conocida

’El beso de la muerte’, de Jaume Barba, la escultura más conocida del cementerio de Poblenou.

’El beso de la muerte’, de Jaume Barba, la escultura más conocida del cementerio de Poblenou. / Joan Cortadellas

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La ciudad es un gran cementerio. Tal cual. Pero que nadie se asuste. La sentencia obedece a que desde tiempos remotos el llano de Barcelona ha estado ocupado en mayor o menor medida. Huelga decir que todos los que han muerto o vivido por estos lares han sido enterrados aquí de una manera u otra. Y ahí siguen. Así, pasear por la zona que se abre entre Via Laietana y el paseo del Born es pisar necrópolis paleocristianas. En el subsuelo de la plaza de Antoni Maura, por ejemplo, hay una tumba que se cree podría haber alojado a un obispo por su ornamentación. No es visitable, pero se mantiene. Aunque no todas las zonas pretéritas de descanso eterno han tenido tanta suerte. Algunas han desaparecido bajo los cimientos del progreso: poco queda de lo que fue cementerio judío medieval en Montjuïc, ahora Campo de Tiro y Mirador del Alcalde con pavimento que incluye una estrella de David como memoria. Y otras, han visto solo temporalmente la luz: durante la construcción del párking del Born se encontró una ‘maqbara’, una necrópolis musulmana, con 20 sepulturas mirando a la Meca, pero que fuera la única que se conocía (y conoce) en Barcelona no evitó que se le echara tierra encima. Eran tiempos preolímpicos de poca sensibilidad arqueológica y mucha necesidad urbanística.

De esto y más, de la cultura funeraria en Barcelona, habla ‘Ningú se n’escapa’ (editorial Lloproig), un libro escrito por cuatro historiadores (Pau Vinyes, Gregor Siles, Margarida Salvadó y Alba Vendrell), que recorre el cómo y el dónde de las inhumaciones en Barcelona desde el siglo VI antes de Cristo hasta la actualidad. “Del paleolítico hay rastros de asentamientos, pero no funerarios. Con el neolítico aparecen las primeras poblaciones humanas estables y empieza una relación con el paisaje y eso incluye los entierros”, explica Siles. Y de esa época es la barcelonesa más antigua que se conoce. Una mujer veinteañera de 158 centímetros de altura. La encontraron sentada en una pequeña fosa con las piernas y brazos recogidos sobre el estómago y apoyada en una pared mirando a poniente en la plaza de la Vila de Madrid, donde hay la necrópolis romana mejor conservada de la ciudad, aunque la desconocida nació y murió entre los años 5535 y 5460 antes de Cristo, cuando aún faltaba mucho para la fundación de Barcino.

El multitudinario entierro de José Buenaventura Durruti a su paso por Via Laietana, en noviembre de 1936.

/ El Periódico

Incineración ibera

Imposible saber con certeza cómo fue su inhumación, si hubo fiesta o cualquier otro tipo de ritual. Si fue o no despedida en loor de multitudes. Sí lo fueron Francesc Macià, Buenaventura Durruti, Jacint Verdaguer, Prat de la Riba y Antoni Gaudí. Y así lo cuenta el libro. El del poeta de Folgueroles fue el primer funeral del siglo XX de duelo colectivo con desmayos incluidos, en 1902. No se quedó atrás, en 1936, el líder anarquista cuyo ataúd fue llevado a brazos por sus compañeros y tardó su tiempo en recorrer la Via Laietana. Pero de las inhumaciones más antiguas los detalles a conocer son menores o incluso nulos. Es el caso de los iberos de Barcelona. No se han encontrado vestigios fúnebres. Cierto es que se trataba de una cultura que apostaba por la incineración, pero tampoco se han hallado espacios custodios de las cenizas que colocaban en urnas.

Más conocidas son las costumbres funerarias de Barcino. Aquí, como en todas las colonias romanas, el recinto urbano, el ‘pomerium’, era sagrado y por lo tanto estaba vetado a la inhumación. Los documentos indican que en la colonia Genetiva Iulia (Osuna, Andalucía), saltarse la ley suponía una multa de 5.000 sestercios, y se supone que en Barcino debía ser lo mismo. De manera que las necrópolis de esa época se ubicaban extramuros y cerca de los caminos. Es el caso de la conservada (y museografiada) en la plaza de la Vila de Madrid: 85 sepulcros que han dado mucha información de la sociedad del momento. “Es muy interesante ver cómo desde el mundo funerario se puede deducir cómo era el mundo en un periodo determinado”, asegura Siles.  

Necrópolis romana de la plaza de la Vila de Madrid.

/ Ricard Cugat

Lápidas sin nombre

Los primeros cristianos mantuvieron ciertas costumbres romanas, como las inhumaciones fuera de la ciudad, aunque a diferencia de sus predecesores no aprovecharon necrópolis antiguas, sino que crearon de nuevas. Tampoco compartían la costumbre pagana de identificar al difunto en una lápida o si lo hacían, lo hacían sobre materiales perecederos que no se han conservado. La excepción es el niño Magnus, la única losa funeraria de este periodo, siglo V, con nombre encontrada en Barcelona. Apareció en Sant Gervasi, tiene simbología cristiana y el siguiente epitafio: “Aquí descansa Magnus, niño fiel, en paz, que vivió tres años”. A partir del siglo VI, los entierros pasaron a realizarse intramuros, primero para las élites y luego para todo el mundo. Y así nacieron los cementerios parroquiales, hoy convertidos en plazas de paseo. Son las que se ubican junto a los templos medievales: como la plaza de Santa Maria (Santa Maria del Mar), la del Pi (Santa Maria del Pi), la de Sant Pere (Sant Pere de les Puel·les) y la de Sant Jaume (donde ahora se levanta el ayuntamiento, antaño se levantaba la iglesia de Sant Jaume).  

Los cementerios parroquiales cerraron, entre 1786 y 1787, por decreto y por higiene, y por obra y gracia de Carlos III.  “Hubo mucha oposición porque estaban muy enraizados en la sociedad. La idea inicial era trasladar los cuerpos pero no se culminó. Posiblemente se vaciaron las zonas más superiores pero no las más profundas”, puntualiza Siles. Cementerios convertidos en plazas y arrabales en cementerios. El primero en inaugurarse fuera de la ciudad fue el de Poblenou, inicialmente utilizado para los pobres y luego reconstruido, entre 1816 y 1819, para todo el mundo. Pese a la oposición ciudadana, en 1821 se vio su utilidad. En ese año la fiebre amarilla que asoló Barcelona mató a más de 6.000 personas que fueron allí enterradas. 

Tumbas aparecidas en la avenida de Francesc Cambó, junto al mercado de Santa Caterina. 

/ Ricard Cugat

Peste negra

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Aunque el cementerio del Poblenou no es el único que acoge víctimas de epidemia. En 2012, debajo de la sacristía de la iglesia de Sant Just i Pastor se localizó una fosa común con muertos de los episodios de peste negra que en el siglo XIV arrasaron Europa. Ciento veinte cuerpos de todas las edades cubiertos por cal viva. Más o menos la misma cantidad que las obras de construcción de la línea del tren de alta velocidad en la Sagrera dejaron al descubierto, en 2008. Un hipogeo, datado entre 2800 y 2600 antes de Cristo, con víctimas del mismo mal. Se cree que murieron a causa de una epidemia porque se enterraron simultáneamente y no presentan heridas. Y porque se han documentado numerosos cadáveres, en diferentes asentamientos europeos con la misma cronología y con la misma bacteria que provocó la llamada plaga de Justiniano, en el siglo VI, y la peste negra en el XIV. 

Son algunos restos que desgrana el libro y pueden verse o pisarse en la ciudad, pero también los hay que simplemente han desaparecido, como el dolmen que se sabe existía en Montjuïc en 1883 y del que ahora no hay ni rastro.