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Última tarde con Federico

Ese día de octubre en que Leo Capella (2 años) conoció a Federico Correa (96), el maestro de arquitectos recientemente fallecido

Juli y Leo Capella, retratados con Federico Correa seis días antes del fallecimiento del gran arquitecto.

Juli y Leo Capella, retratados con Federico Correa seis días antes del fallecimiento del gran arquitecto.

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El pequeño Leo Capella mira a la cámara bien amarrado al cochecito mientras su padre, Juli, señala a Federico Correa sentado en un sillón. Están en el domicilio del gran arquitecto barcelonés seis días antes de su fallecimiento, en el penúltimo lunes de octubre.

Los dos adultos sonríen en la pose de la despedida con las ganas de otro encuentro. La mirada curiosa del inquieto Leo queda capturada en busca de una respuesta que seguro obtendrá cuando sea mayor. 'La tarde en que conocí al mejor maestro de mi padre'. Podría ser el pie de foto al retrato de tres generaciones.

Federico (96 años), Juli (60) y Leo (2). El maestro, soltero eterno que abandonó la casa de sus padres cumplidos los 83, «para no dar un disgusto» a su madre. El discípulo, dos veces casado, padre de tres hijos, ha vivido bajo numerosos techos. El chaval irá descubriendo la vida con la misma alegría con la que, esa tarde, comprobaba la ley de la gravedad lanzado cualquier objeto a su alcance en el salón del arquitecto. «Leo lo tiraba todo, jugaba con el timbre de aviso a la asistenta, y Federico se reía, divertido», cuenta Capella entre la pena y la satisfacción. «Cuando le telefonée para visitarlo me dijo que viniese con mi hijo, quería conocerlo: ‘Me encantan los niños, pero cuando crecen ya no los soporto’».

Sonríe el padre de Leo recordando la anécdota que le lleva a encuentros durante varias décadas. Cuando nació su primer hijo, hoy veinteañero, Correa le dio la enhorabuena envuelta en un gran consejo. «Has de tener otro hijo, Juli, pero ya. Porque si solo tienes uno, de todo lo que pueda ser, gordo, antipático, rebelde, consentido, te sentirás culpable. Si tienes dos, con las características que sean, simpático uno, antipático el otro, tú te liberarás de la culpa y sabrás  que no eres responsable de lo sean tus hijos». 

La receta existencial del arquitecto sirve igual para padres de familia numerosa o de un hijo único. Viene, además, de un hombre que se ha ido sin dejar descendientes, con dos amores platónicos en su larga trayectoria. En las paredes del piso del paseo de Gràcia cuelgan los dibujos que les hizo a Pilar Pries y Helena Sartorius, según explicó hace bien poco a Analtxu Zalbabelascoa ('El País').

Capella esboza la relación que tuvo con el arquitecto de la Barcelona Olímpica y los bares de la 'gauche divine'. Desde los tiempos universitarios al inminente tributo que le preparaba la Escuela de Arquitectura, que se celebrará sin la presencia del homenajeado. «No puedo afirmar que fuéramos amigos, pero sí mantuvimos una buena relación. Le tengo mucho cariño», explica después de recordar el pánico y el respeto brutal que le transmitía Correa en las clases. «Impacable e impecable». En realidad, este gigante de Barcelona (medía 1,90) nacido en 1924 en Comillas (Santander), era todo un seductor. Lo certifican las tarjetas escritas de puño y letra con una excelente  caligrafía que remitía a las periodistas que disfrutaron entrevistándole.

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Siempre dibujando

Al recién fallecido Correa lo visualiza Capella armado de sus lapices y pintura. Siempre estaba dibujando. «Conservo enmarcado el dibujo que nos hizo cuando me casé. En vivo y en directo durante la boda». La tarde en que Leo conoció al mejor maestro de su padre, acudieron a la cita dos obsequios. «Traéme caramelos de frambuesa y una gorra grande, que tengo la cabeza muy grande aunque no lo parezca», le dijo. «Le lleve cuatro para que se las probara, dos le iban pequeñas», cuenta Capella, un tío estupendo al que las gorras también le quedan de maravilla.