26 sep 2020

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OPINIÓN

Pinturas de guerra

Alejandro Giménez Imirizaldu

Operarios pintan la calle de Rocafort el mes pasado.

Operarios pintan la calle de Rocafort el mes pasado. / JOAN CORTADELLAS

Un temblor sacude las redes a propósito del urbanismo táctico. Las intervenciones cromáticas que arrebatan espacio al coche en las calles de Barcelona agitan estos días los vertederos de emociones digitales con todo tipo de calificativos. Con la cabeza fría es posible hallar reflexiones valiosas entre los improperios. Por lo menos tres:

"Es inútil, donde esté un buen bordillo...". No le falta razón al argumento. Los carriles bici de Madrid Central son la prueba de que sin una voluntad política clara -y la correspondiente acción sancionadora-, la pintura vale poco, la vida de los ciclistas menos, el espacio de los peatones una excusa para aparcar -es sólo un momentito, y la idea de una movilidad saludable o sostenible son los padres. Como diría el maravilloso James Baldwin: "Not everything that is faced can be changed but nothing can be changed until it is faced" (No todo lo que se afronta puede cambiarse pero nada cambia si no se afronta).

"Es confuso y ruidoso". Posiblemente. Una diferencia entre los sistemas legales anglosajones y mediterráneos, simplificando mucho, es que si aquí haces una estupidez es culpa tuya y si la haces allí puedes intentar culpar a otro mientras sea más grande que tú. De ahí la hiperseñalización viaria británica, LOOK LEFT, contra unos espacios públicos más sobrios, menos semánticos, que son propios de nuestras ciudades. La neutralidad de las calles y plazas catalanas contiene un valor añadido: están pensados como plataformas para la expresión de lo colectivo. Contra el paisaje franquista de geranio y estatua ecuestre, los urbanistas de los primeros años de la democracia defienden unos espacios limpios, vacíos y de ejecución técnica perfecta. Lugares que no pertenecen a nadie y, en consecuencia, nos pertenecen a todos. 

“Es urbanismo de chiquipark, o de autoescuela”. En efecto. Primero fueron las bicicletas, que parece que han llegado para quedarse, y luego todo el abanico de ingenios eléctricos que están demostrando su eficacia como modo de transporte urbano, obesidad infantil aparte. La irrupción de estos nuevos sistemas de movilidad obliga a poner orden. El color aquí no es maquillaje. Son pinturas de guerra. Y esos penosos diseños de circuito de autoescuela tienen por objeto enseñar a conducir. Como en las autoescuelas. Cuando se gane la guerra al motor de combustión y aprendamos a convivir con bicis y cachivaches podremos pasar a formalizaciones más limpias y permanentes. En las que sobrará pintura... y seguramente asfalto.

*Alejandro Giménez Imirizaldu es arquitecto por la ETSAB, profesor del Departamento de Urbanismo de la Politécnica e investigador del Laboratori d’Urbanisme de Barcelona.

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